Recuerdos en el desierto

Recuerdos en el desierto

Sin poder descansar en el oasis y tampoco en mitad de la arena, solo me queda seguir caminando. Podría rendirme, pero con eso solo conseguiría que los rebeldes ganaran. Tengo que avisar, tengo que llegar como sea. Alguien nos traicionó para poder llevarse al príncipe. Un miembro de la Guardia del Príncipe es de los rebeldes.

Estábamos llevando al príncipe en un viaje de Estado para poder ejercitar su influencia en la provincia del Estelmunque. Íbamos por el camino principal entre las ciudades de Danema y Gobavi después de una semana de visita, cuando los rebeldes realizaron su emboscada.

Un árbol caído cortaba el camino, lo más clásico posible. Quince rebeldes nos cortaban la retirada. Éramos diez soldados a caballo más el carruaje del príncipe, pero teníamos un plan preestablecido. Tres soldados y yo cargamos hacia la retirada mientras que el carro daba media vuelta. En dos grupos de tres soldados desaparecieron por ambos flancos. Nuestra pequeña cuña de cuatro jinetes consigue su objetivo y abre el hueco suficiente para que pueda escapar el carro mientras le cubrimos la retirada.

Somos soldados profesionales, preparados para este tipo de combates en inferioridad contra guerreros no profesionales; podemos dar el tiempo suficiente para que el carro del príncipe tome velocidad antes de caer. A mí me dejan vivir mientras persiguen el carro.

“No sonrías tanto, pronto verás que tus esfuerzos son inútiles porque tendremos a tu príncipe, guardia” dice la última palabra casi escupiéndome como si fuera un insulto.

Pasado doscientos latidos de corazón, resuenan los cascos de los caballos en el suelo, están volviendo. Mi sonrisa es más grande todavía.

La líder salta del caballo antes de que haya parado del todo y me grita enfurecida “¿¿¡¡Dónde está!!?? Maldita guardia de mierda, tu vida no vale más que la suya, dime dónde está y te perdonaré la vida.

“¿¿¡¡Dónde está el príncipe!!??” me pega con el puño “Esto es para que dejes de sonreír”.

Más de dos horas de diversas torturas hasta que se dieron cuenta que el príncipe ya se había escapado. Pero me quedaba un último truco.

“No sé dónde está el príncipe, pero sí le puedo rastrear”

“¿Por qué no lo dijiste antes?”

“Porque no lo preguntaste”

En ese momento empiezo la pantomima de rastrear. Solo tenía que seguir el camino de una de las patrullas y luego ir descubriendo un rastro que me llevaría al desierto, dentro del cual, después de dar varias vueltas bajo el Sol sofocante me reí de ellos en su cara. Cuando me dejaron, pensé que podría morir, había hecho suficiente, hasta que llegó ese pensamiento. ¿Y si… un guardia es rebelde? Entonces lo supe, todavía me quedaba trabajo por hacer.

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Otros relatos de la serie:

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