La Tempestad

La Tempestad

En el año 1648 de la muerte de nuestro señor Jesucristo, en Sábado Santo, volviendo del nuevo mundo con el barco lleno, nos enfrentamos a la mayor tormenta que recordamos cualquiera de los que allí estamos. Las olas son más grandes que tres barcos como el nuestro, vientos que se llevarían varias casas juntas. Solo podemos intentar aguantar sin ninguna vela y rezar para no hundirnos.

Más de tres personas sujetando el timón para no irnos a

 la deriva, pero sin tener mucha idea de qué rumbo estamos llevando, empapados hasta los calzones. El resto de la tripulación está escondida en la bodega atada a los laterales, como la carga para, evitar salir rebotando mientras dura la tormenta.

Llevamos todo el día aguantando la dirección del barco en la tempestad casi agotados cuando creemos que llega el domingo, Domingo de Resurrección. Nuestros rezos son escuchados, no es que desaparezca la tormenta, es que aparece una isla delante del barco, donde podemos encallarlo de la forma más rápida que podemos cogiendo la ola más grande que rompe en la orilla.

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