Motín de Madrid

Estamos en domingo día veintitrés de marzo de mil setecientos setenta y seis del nacimiento de nuestro señor Jesucristo. Acompañamos a dos madrileños que se dirigen hacia la Puerta del Sol. Ambos llevan un sombrero con ala ancha, uno negro y el otro marrón oscuro, con dos grandes capas negras que intentan ocultar dos chalecos de color rojo y azul de donde sobresale una camisa blanca con todos los botones abrochados; en las piernas llevan puestos unos calzones marrón oscuro que rozan ligeramente las rodillas y para evitar el frío de la capital en las pantorrillas complementan la indumentaria con medias blancas de lanas que les llegan hasta la rodilla con zapatos negros y cerrado .

Son dos amigos que comentan con cabreo la situación de España:

– Mira que podemos aguantar casi cualquier cosa pero que, el ministro Esquilache, se preocupe más de las vestiduras que los españoles llevamos de toda la vida, a que tengamos pan todos los días en nuestro plato, es el acabose.

Se refieren al decreto que había impuesto tres días antes por el que obligaba a los españoles a dejar de llevar sombreros de ala ancha y largas capas para evitar que se pudieran embozar y ocultar así su identidad. Se pretendía aumentar la seguridad pública.

– Y más teniendo en cuenta que vino de la mano de nuestro rey Carlos III, del Reino de las Dos Sicilias dónde nació. Entre el Esquilache y Grimaldi, tenemos a dos extranjeros diciendo a españoles como vestir. Que se dejen de monsergas y nos den de comer.

– Hablando de extranjeros ¿Has oído que en Francia hay gente que ha empezado a llevar eso que llaman pantalones?

– ¿Cómo que pantalones?

– Una prenda que no te dejan ver las medias ni necesitas llevarlas. No llevan calzón de ninguna manera. Solo esa prenda, el pantalón.

Sabemos que veintitrés años después, en el año mil setecientos ochenta y nueve, durante la Revolución Francesa, uno de los grupos que apoyaron dicha Revolución se autodenominaron como “sans-culottes” por el uso de pantalones al contrario que la nobleza que usa los calzones y medias.

– Cada vez más esperpéntico. Todos estos extranjeros quieren subvertir el reino de España. Por eso más que nunca debemos hacernos oír en la Plaza Mayor. He oído decir a ciertos nobles que apoyan la causa y, que también vienen, que hasta la propia Iglesia está harta. Los sacerdotes de la Compañía de Jesús con sus hábitos negros han estado criticando las ideas de los ministros de las Dos Sicilias y, desde que salió el decreto de las capas y sombreros, han estado más activos desde los púlpitos.

– Pues en la misa a la que hemos ido esta mañana, mi párroco no ha dicho ni una sola palabra. Ha pedido a Dios que tengamos una buena cosecha este año para solventar los problemas.

Apenas terminan de decir estas palabras, sus pies están pisando la Plaza Mayor de Madrid. Durante toda la mañana, madrileños de todas las partes se están reuniendo y cada vez hay más gritos en contra de Esquilache y a favor del Rey. Los dos se fusionan con los demás reunidos, con los gritos en contra de la proclama del ministro que obligaba dejar de llevar sombreros de ala ancha y largas capas para evitar que se pudiera identificar sin esas prendas. Los ánimos se caldean hasta que alguien grita que deben de dar su clara opinión al ministro en cuestión. Sin dudarlo ni un solo momento, como un solo cuerpo todos se dirigen a la residencia del ministro Esquilache.

Afortunadamente para él, en ese momento se encuentra reunido con el rey Carlos III para tratar de la gran manifestación que se había concentrado en la Plaza Mayor. Al encontrar la residencia vacía deciden tomarse por su mano la justicia y la saquean. A continuación, empiezan a desperdigarse por Madrid como los mismos gritos que en la Plaza Mayor:

– ¡Rebajad el precio del pan!

– ¡Que desparezcan los Mercados de Abastos!

– ¡Fuera Esquilache y Grimaldi! ¡Viva España!

– ¡Viva el sombrero y capa españoles!

Los gritos se acompañaron con la destrucción de todo pasquín que encontraban donde estaba el nombre de los dos odiados: Grimaldi y Esquilache.

A la mañana siguiente cada vez más gente se reúne en la Puerta del Sol con más proclamas contra los ministros extranjeros que tiene el Rey. Cuando se dan cuenta que cada vez son más y con la clara intención de hacerse oír ante su Rey alguien grita:

– ¡Al Palacio Real! ¡Que el Rey nos escuche!

– ¡Muerte a Esquilache! ¡Abajo los extranjeros!

Todos los reunidos se dirigen al Palacio Real sin dudarlo, como el día anterior. Una muchedumbre de todos los estamentos sociales: nobleza, clero y, sobre todo, la gran mayoría del pueblo trabajador de Madrid con grandes problemas de alimento se dirigen hacia allí. Hace mucho que no pueden poner su típica hogaza de pan en el plato de comida por el alto precio. Para ellos, los ministros no están logrando ningún progreso sino empeorando sus condiciones ya precarias de por sí.

Ese día, el veinticuatro de marzo de mil setecientos setenta y seis, el Palacio Real se encuentra custodiado por la guardia walona del Rey Carlos III. Van vestidos de casaca de seda azul, calzón azul, media blanca y sombrero con pluma blanca, lo que les hace reconocibles frente al resto de la Guardia Real. El sombrero que llevan es el conocido como sombrero de tres picos, el sombrero que quiere Esquilache para todos los ciudadanos. El sombrero odiado por los manifestantes. Los primeros en llegar les reconoce como extranjeros y les gritan:

– ¡Más extranjeros en el Reino de España!

El resto de los protestantes respondió con otros gritos:

– ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Viva el Rey! ¡Muerte a Esquilache! ¡Walones a su tierra!

Empiezan los empujones a la guardia del Rey que responden sacando las espadas para defenderse. Unos ánimos ya tensos empiezan a caldearse todavía más cuando todos los ciudadanos comienzan a desenfundar sus espadas. Los primeros cruces de espada se realizan ya en las escaleras del Palacio Real y empiezan los heridos por los dos bandos. Cuando considera que la situación está llegando a punto insostenible el capitán responsable de la Guardia Real ordena el repliegue al interior del Palacio cerrando y atracando las puertas tras sí.

Desde el día anterior, Carlos III había reunido a todos sus ministros. El día de hoy era clave. La situación ha llegado hasta las puertas de su propio Palacio, con gritos pidiendo la cabeza de Esquilache y le acaban de avisar de los enfrentamientos en las puertas con su propia Guardia Real. Buscan la forma de acabar con la revuelta ciudadana, como la han llamado. Ante de todo intentan comprender cuales son las exigencias, por lo que el capitán de la Guardia Real les grita a los manifestantes:

– Su Majestad el rey quiere saber por escrito las exigencias del pueblo de Madrid para poder comprender toda esta revuelta.

Todos se quedan quietos, callados, buscando a alguien que pueda escribir y hacer comprender al Rey todo el padecimiento de su pueblo. Un fraile que está con ellos se ofrece voluntario sin ningún problema. Sin tardar mucho consiguen el papel y la tinta necesaria para poder plasmar sus exigencias.

El fraile, valiente como pocos, pide claramente a las puertas del Palacio que le permitan entrar para poder leer delante del Rey y sus ministros las proclamas de los reunidos. El resto empieza a gritar si el Rey quiere oír al pueblo, que le permita leer al monje. Con el consejo del capitán de su Guardia, el Rey accede que el monje le lea sus reivindicaciones desde la plaza mientras el escucha desde el balcón sin tener problemas con las puertas.

Al salir al balcón le reciben con gritos:

– ¡Viva el Rey! ¡Viva!

Pasa un buen rato hasta que consiguen el silencio necesario para que solo se escuche del fraile:

-Su Majestad, los aquí reunidos con el beneplácito de su Alteza Carlos III, Dios le cuide la vida y el alma, venimos a exponer las siguientes peticiones para mejorar nuestro Reino y nuestra vida:

  • Mantener la tradicional vestidura española.
  • Cese de todo ministro o gobernante extranjero.
  • Rebajar el precio del pan.
  • Supresión de la Junta de Abastos.
  • Retirada del Regimiento de la Guardia Real de Walones a su cuartel.

Tras escuchar las reivindicaciones, Carlos III se retira del balcón para reunirse con sus ministros. La decisión de cómo tratar este asunto no le queda claro por lo que requiere a sus más astutos ministros para saber cómo solventar esta amenaza. Parte de sus consejeros sugiere:

– Majestad, no puede permitir que una rebelión tan clara consiga sus objetivos. Tenemos que ser duros, inflexibles. Llame a los Regimientos cercanos y hagámosles saber que no nos pueden imponer nada a la fuerza.

Aunque otros consejeros apoyan más las palabras de quien dice:

– Majestad, son sus súbditos, tienen hambre y le quieren cambiar su forma de vestir. No considero que sea necesario masacrarlos por sus protestas, será más sencillo aceptarlas y mejorarles la vida.

Con dos bandos claros entre sus consejeros, Carlos III todavía está indeciso sobre cómo afrontar la cuestión así que decide apoyar a los consejeros que prefieren una solución pacífica. Dicho lo cual vuelve a salir al balcón para confirmar que acepta las condiciones de los reunidos. Muchos de ellos vuelven a sus casas, pero otros se quedan cerca para ver cumplir la promesa del rey. El grito unánime es:

– ¡Viva el Rey!

Desde el Palacio Real se observa como la multitud empieza a desperdigarse, pero no cunde la tranquilidad que debería. Carlos III no está tranquilo, las noticias de los dos últimos días le han causado bastante desasosiego. Decide que en Madrid no están seguros sus consejeros Grimaldi ni Esquilache por lo que ordena salir a Aranjuez. Cuando la guardia walona empieza a retirarse hacia su cuartel general como había prometido el Rey, el propio Rey con sus dos ministros ya tiene preparados dos carros para salir rápidamente de la ciudad. A los pocos que quedaban cerca de la catedral observando los movimientos, no le pasa desapercibido que el Rey ha huido con sus ministros. Comienza el miedo a represalias, a mano dura, a la llegada del ejército.

Todos se disgregan en busca de apoyos. Cada vez más madrileños vuelven a salir a la calle para apoyar y empiezan a gritar:

– ¡Viva el Rey, muerte a Esquilache!

Durante toda la noche se organizan guaridas, se organiza Madrid temiendo a su Rey, los gritos acaban siendo:

– ¡Viva España, muerte a los traidores!

Las cuadrillas eran tan numerosas que ningún otro ciudadano se atrevió a salir de su casa. Los dirigentes de los Regimientos cercanos ordenaron el estado máximo de alarma por si el Rey indicaba marchar sobre Madrid. La tensión durante toda la noche fue máxima.

Hasta que el mismo fraile que se encargó de leer las peticiones a su Majestad Carlos III consigue que la mayoría de las patrullas le den el beneplácito de acercarse a Aranjuez para poder dialogar con el Rey antes de que hubiera más muertos.

Esta vez no hay carruaje para el fraile, simplemente se transportan en un caballo que no le hace el viaje nada cómodo. Cuando llega, al no estar tan acostumbrado a viajar a caballo, le duele todo el cuerpo.

Al alcanzar a las puertas de Aranjuez le para un pequeño piquete de la Guardia Real. Tiene la suerte de que el sargento al cargo le reconoce como el fraile que había controlado a la muchedumbre por la mañana y le deja pasar.

– Te advierto que su Majestad ya se ha ido a dormir. No creo que te reciba hasta mañana por la mañana.

– Espero que no.

Es la única contestación del fraile. Sabe que debe intentar hablar con el rey lo antes posible. Muchas vidas dependen de que no haya malentendidos. Su Majestad, con la gracia divina de Dios, debe entender que cuanto antes se llegue a un acuerdo entre sus demandas y lo que quiere la Corona, antes se acabarán las protestas. El pueblo solo quiere comer, que nadie se atreva a indicarle como vestir hasta que no tenga pan de sobra.

Al contrario que la información que manejaba el sargento, Carlos III no se está durmiendo. Sigue dándole vueltas a cómo solucionar el problema del motín de Madrid. No quiere derramamiento de sangre en la propia capital del reino, pero tampoco quiere que haya elementos subversivos que le cueste algo más que unos fieles consejeros.

 El capitán permite entrar al fraile con las prerrogativas ante el Rey. Su Majestad le indica con un simple movimiento de cabeza que está escuchando.

– Majestad, tengo las mismas demandas que esta mañana en el Palacio Real, pero con la condición de que se cumplan.

– Siendo su propio Rey no se fían de mí.

– Alteza, salió a Aranjuez nada más prometerlo. No puedo juzgar a nadie porque eso solo lo puede hacer el Altísimo. Lo que puedo proponer es que firme una carta con el sello real y me comprometo a que se llene todo Madrid con los pasquines reales. Lo leeré en la Plaza Mayor. Calmarán las cosas.

– Indique que volveré mañana a Madrid, pero quién no volverá es Esquilache. Le he declarado el destierro.

– Gracias Alteza y gracias al Altísimo por evitar más derramamiento de sangre en la capital del reino.

Carlos III está más tranquilo y asiente con la cabeza a las palabras del fraile. Este último es acompañado a una habitación para que descanse un poco mientras se prepara la carta prometida con todos los pasquines que pudiera llevar a Madrid.

Ya por la mañana, el fraile se dirige, esta vez en un carruaje real, hacia Madrid. El carruaje está lleno de pasquines con la carta del Rey incluida la orden de destierro del odiado Esquilache. Es la forma que tiene su Majestad de evitar que haya más muertos a parte de los que hubo en las puertas del Palacio Real.

Gracias a viajar en un carruaje real, el fraile se encuentra con que casi todo Madrid le sigue. Los mismos habitantes a los que ponía voz el día anterior. Parándose en el centro de la Plaza Mayor, el fraile se ocupa de leer la carta a todos los madrileños allí reunidos. Además, añade la promesa del propio Rey de volver al Palacio Real sin Esquilache y que ninguno de los amotinados tendrá ningún problema con la justicia. Los gritos resuenan, primero en la Plaza Mayor, y después en todo Madrid:

– ¡Viva el Rey! ¡Viva España!

El Motín de Madrid o como sería conocido posteriormente como el Motín de Esquilache se ha resuelto. La consecuencia directa del motín de Madrid fue que en muchos otros lugares del reino con los mismos problemas del precio de los alimentos, hubo también motines. Zaragoza, Vizcaya, Guipúzcoa, Valencia o Elche fueron otras de las muchas ciudades donde se desatan motines en contra de los problemas de abastecimiento y, en algunos casos, motivos sociales. Estos motines fueron reprimidos con más violencia y sangre que el motín de Madrid.

Podéis ayudar estos relato en el patreon:

https://patreon.com/tierradeficcion?utm_medium=unknown&utm_source=join_link&utm_campaign=creatorshare_creator&utm_content=copyLink

Por Francisco José Díez Devesa

Amante de la escritura desde pequeño. Espero que disfrute de mis relatos e historias.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *