Estilicón 2

Estilicón 2

Con el invierno empezado, con el emperador asustado en Mediolanum, pero con la frontera ya suficientemente controlado, puedo hacerme cargo de los visigodos. Tiempo suficiente para reunirme en la Galia con las cuatro legiones que ordené que llegarán allí cuando me enteré de su avance hacia la península romana. Además, han llegado todos los federados1* que había convocado, incluido los alanos del Pequeño Saúl. Seguro que tendrá ganas de limpiar las acusaciones de cobardía después de la batalla del río Frígido.

Gracias a las calzadas, nos ponemos en movimiento hacia Mediolanum rápidamente. Llegamos antes de que Alarico reciba información de nuestra llegada. Con la caballería a la cabeza atacó directamente el bloqueo que tiene sometido Mediolanum. La primera parte ha salido bien. Alarico debe elegir: o luchar o huir dejando toda posibilidad de tomar al emperador. Con la posibilidad de encontrarse entre dos frentes, mi ejército y las murallas de la ciudad, decide huir. También lo tenía previsto.

Te conozco más de lo que crees, Alarico, luchamos juntos y ya te he vencido más de una vez. Ahora solo queda saber dónde quieres enfrentarte a mí en tu última batalla.

Cuando se ve rodeado, sin posibilidad de huir a las Galias, consigue llegar a lo alto de una cima para enfrentarse a su más que posible final.

1* Pueblo que vivían en territorio romano a cambio de proteger las fronteras

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Estilicón 1

Estilicón 1

En el año 402 desde que Dios envió a Jesucristo seguimos con problemas. Se nota que los godos han aprovechado su momento. Cuando más amenazada tenemos la frontera del Danubio con intentos de invasión de los germanos, ellos han entrado en la península romana. Aquilea tomada, el emperador asustado en Mediolanum1*. Y yo, Flavio Estilicón, magister militum2* estoy luchando para que la frontera del río Danubio siga siendo una frontera romana.

El miedo de los consejeros a los llamados visigodos y su rey es patente. Han solicitado reubicar la corte en la Galia para evitar caer en sus manos. Una chorrada. Mediolanum es una ciudad perfectamente defendible; he ordenado a las tropas que se resguarden y me esperen. Otros enviados estarán reuniendo las tropas que quiero: la VI Victrix de Eburacum3*, Leio III de Castra Regina4*, I Minervia de Bonna5* y la XII Primigenia de Mogontiacum6*. Las mejores tropas que no están en la frontera y me permitirán realizar el ataque con éxito.

Después de verles combatir a nuestro lado en la batalla del río Frígido y derrotarlos en la zona de Tracia cuando rompieron nuestro acuerdo, sé, perfectamente, que los puedo vencer. También llamaré a los alanos, que el rey Saúl les tiene bastante odio.

Mediolanum aguantará. Los visigodos no conseguirán tomar a la corte y al emperador. Estarán perdiendo el tiempo que necesito para poder llegar para plantarles batalla. El emperador nos espera. Alarico, el rey de los visigodos también.

1*Actual Milán

2* Jefe militar de todos los ejércitos.

3* York.

4* Ratisbona.

5* Bon.

6* Maguncia.

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La Tempestad

Tempestad

La Tempestad

En el año 1648 de la muerte de nuestro señor Jesucristo, en Sábado Santo, volviendo del nuevo mundo con el barco lleno, nos enfrentamos a la mayor tormenta que recordamos cualquiera de los que allí estamos. Las olas son más grandes que tres barcos como el nuestro, vientos que se llevarían varias casas juntas. Solo podemos intentar aguantar sin ninguna vela y rezar para no hundirnos.

Más de tres personas sujetando el timón para no irnos a

 la deriva, pero sin tener mucha idea de qué rumbo estamos llevando, empapados hasta los calzones. El resto de la tripulación está escondida en la bodega atada a los laterales, como la carga para, evitar salir rebotando mientras dura la tormenta.

Llevamos todo el día aguantando la dirección del barco en la tempestad casi agotados cuando creemos que llega el domingo, Domingo de Resurrección. Nuestros rezos son escuchados, no es que desaparezca la tormenta, es que aparece una isla delante del barco, donde podemos encallarlo de la forma más rápida que podemos cogiendo la ola más grande que rompe en la orilla.

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La batalla de Bicoca

La batalla de Bicoca

Veintisiete de abril del año 1522 del nacimiento de nuestro señor Jesucristo, a la fueras de la ciudad de Milán en una zona conocida como Bicoca. Dirigidos por el general Próspero Colona, mis hermanos y yo sumamos más de cuatro mil arcabuceros* del emperador dispuestos a parar los pies al infame general francés Lautrec y, sobre todo, a los mercenarios suizos.

Estamos situados en lo alto de una loma con un bosque como resguardo de donde vendrán nuestros enemigos, tanto los franceses como los mercenarios suizos. Llevamos varios días preparándolo todo para dificultar su marcha: hemos clavado estacas en todos los lugares propicios para una caballería, hemos hundido una carretera que está cerca de nuestra posición para que nuestra loma sea todavía más alta, y, además, hemos provocado todo tipo de desniveles para subir a la loma.

Hoy es el día. Hoy vendrán a por nosotros bajo la presión de los suizos de volver a sus tierras si no reciben más dineros o consiguen una victoria pronto. ¡Y se hacen llamar soldados unos vulgares estafadores que no luchan por ninguna bandera! Hoy conocerán el plomo español.

Los cañones comienzan a disparar nada más ver al enemigo, con más ganas que tino, todo sea dicho. Ellos están despejando todas las estacas que hemos ubicado para evitar que la caballería tome buenas situaciones. Les toma un tiempo limpiarlo todo. Más que por la caballería lo hacen para que los dos cuadros suizos no rompan la formación. Ambos cuadros toman distancia entre sí y comienzan a acercarse lentamente.

Colocamos las cargas de pólvora a continuación colocamos la bala e introducimos la baqueta para aprisionar todo. Estamos preparados para nuestro primero disparo. Nos hemos situamos en escuadrones de cuatro arcabuceros de fila y diez de fondo más dos de separación entre los escuadrones. Es el sistema ideado para poder mantener un fuego de balas constante.

Los dos cuadros de piqueros suizos llegan a los pies de la loma donde les esperamos. La primera fila de arcabuceros dispara con más ganas que tino, como los cañones, y se retiran por los espacios creados a recargar. La primera salva provoca que los cuadros suizos se unan todavía más en busca del apoyo de sus compañeros. Nuestra segunda fila de arcabuceros toma la posición y dispara. Como los suizos están más unidos, disparan a bulto sin tener que apuntar y provocamos las primeras bajas.

Los suizos siguen intentando subir a lo alto de la loma, bajo nuestro constante fuego, con grandes pérdidas. Los cuadros, con cada paso de subida, tienen menos soldados y menos confianza en llegar, aunque, lo consiguen. Nada más alcanzar el alto de la loma, reciben una última descarga de arcabucería a bocajarro. Su moral no puede más y emprenden la retira. Les es más fácil correr hacia abajo que toda la subida.

El general Próspero Coloma ordena la no persecución de suizos convocando el final de la batalla. Los cuadros suizos se han estrellado con la arcabucería española.

* Arma de fuego predilecta de los soldados españoles en el siglo XVI ya que se adapta a la altura y envergadura de ese momento (una mediad alrededor de ciento sesenta centímetros). Tiene menos alcance que los mosquetes, pero más fácil de cargar.

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La Batalla de Alia 3

Alia

La Batalla de Alia 3

Tras largas semanas del asedio estancadas parece que empieza a haber muestras de flaqueza por parte de los galos de Brenno. Todos los días hacen pruebas para comprobar que seguimos defendiendo, pero cada vez con menos soldados. Pequeñas fuerzas hacen intentonas de entrar por diversos puntos y siempre son rechazados enérgicamente por nuestra parte.

Los galos deciden no recoger a todos sus caídos en la zona media. Parece ser que no tienen ningún problema con no enterrarlos. Nosotros, en cambio, ya sea por causa de los galos o de muerte natural, todo ciudadano, persona libre o esclavo, dependiendo de su condición es enterrado en la colina para evitar cualquier mal por parte de sus espíritus.

Gracias a un descuido de los galos que permite a un pequeño niño entrar en la muralla llegan noticias: Marco Furio Camilo, dictador, está de camino, aguantad, Roma volverá a ser libre.

El Senado estima conveniente evitar más derramamiento de sangre dentro de Roma y decide dar comienzo las negociaciones con Brenno. Los primeros acercamientos hacen referencia a casi dos mil libras de oro, algo exagerado viendo que no habían vencido del todo, seguíamos en pie. Después de varias semanas más de negociación se acuerda la liberación de Roma y la salida de los galos de Brenno más allá del río Alia a cambio de mil libras de oro. Mil de libras de oro por Roma. Todo lo que necesitamos.

Todo el Senado sale para cerrar el trato con los líderes de los galos con Brenno a la cabeza. Se les ve bastante demacrados, no se esperaban que aguantáramos tanto tiempo, hemos comido nosotros mejor que ellos. Puede que el trato les haya venido mejor ellos que a nosotros. Las mil libras de oro son transportadas para ser pesadas por los galos. Y es donde empiezan los problemas.

Los galos utilizan pesos trucados para que sean pesen menos de lo que es y pedir más oro en respuesta. Los nobles patricios romanos entran en cólera nadie les engaña así en su cara. Brenno les contesta “Vae Victis!*1” Se desvainan las espadas galas como respuesta a la frase de Brenno parece que tiene las de ganar hasta que se escucha a sus espaldas “Non auro, sed ferro, recuperanda est patria*2dicho por el dictador de Roma. Había aprovechado que los galos rebajaron las defensas exteriores para que el ejército de ayuda llegará sin oposición.

Sin necesidad de más palabras ambos frentes romanos nos lanzamos a la lucha contra los galos. Esta vez sí hacemos honor a la madre adoptiva de nuestros fundadores, luchamos como lobos, como manada, ningún galo sale vivo para contarlo. Tocará reconstruir Roma, y esta vez, con mejores murallas.

*1 ¡Ay de los vencidos!

*2 Es con el hierro, no con el oro, como se libera la patria.

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La Batalla de Alia 2

Alia

La Batalla de Alia 2

La batalla salió todo lo mal que puede salir. Miles de ciudadanos romanos murieron luchando contra los galos; varias legiones no volvieron a Roma. Todos los soldados de infantería pesada fueron masacrados en el propio campo de batalla; muchos de los de la infantería ligera murieron en la persecución siguiente. Solo pudimos hacer una cosa: correr sin aliento hacia Roma.

Y en Roma no había gente para mantener las murallas. Seguimos corriendo hacia la colina más protegida, la colina Capitolina, dejando abiertas las puertas de la ciudad, lo cual lo aprovecharon los hombres de Brenno. Todo el mundo que puede correr nos sigue porque los galos nos vienen pisando los talones y en la ciudadela que protege la colina tendremos la oportunidad de defendernos.

Nada más entrar, los galos no definen ninguna estrategia más y cargan hacia la ciudadela, como hicieron en Alia. La diferencia es que ahora estamos más preparados, protegidos por las murallas, y, desde una posición elevada,  nuestras flechas destrozan su carga; incluso antes de llegar a las puertas, se dan la vuelta. La carga es disuelta mientras lanzamos los primeros gritos de alegría en esta jornada tan aciaga para Roma.

Poco tiempo después, los galos han recuperado el aliento y lanzan una nueva carga directamente hacia la colina y nuestras defensas. Igual que en la primera carga una lluvia de flechas y diversos proyectiles entran entre los huecos de sus escudos y multitud de galos cayendo como consecuencia de esa carga ciega. Y otra vez, antes de llegar nuestras defensas, pierden su fuerza y se retiran con las filas mucho más ligeras. Ahora, al comprobar que hemos vuelto a infringir un serio correctivo al enemigo, los gritos de victoria son más fuertes. Le hemos dicho alto y claro: os costará tomar esta colina.

Miles de los galos han quedado tendidos entre sus posiciones y nuestras defensas en los dos intentos de toma de la colina. Hemos perdido a mucha gente en la batalla del río Alia, pero ellos acaban de perder a muchos soldados intentado tomar la Capitolina. Muchas muertes este día que no acaba de terminar. Esa misma noche recibimos la visita de un mensajero de Veyes dónde se encuentra otro de nuestros ejércitos al mando de Marco Furio Camilo que pide ser investido como dictador y general único para combatir a Brenno. Esa misma noche sale el mensajero con la aprobación por el mismo sitio que entró, un acantilado que no vigilan los galos.

A la mañana siguiente, toda Roma es pasto de saqueos, incendios y asesinatos de todo aquel que no llegó a tiempo a la Capitolina y, es así durante ese triste y maldito día para la historia de Roma.

Llega la noche con los nervios a flor de piel. Un ganso nos salva de lo que era un ataque sigiloso de los hombres de Brenno por el acantilado del mensajero. Su canto en mitad de la noche hace sospechar a la patrulla de Marco Manlio Capitolino que puede rechazarles causándoles muchas bajas que vuelven a ser abandonadas en mitad de tierra de nadie. Los rayos del sol anuncian un nuevo día. Un día más resistiendo, esperando a que nuestros hermanos de Veyes lleguen para ponerle las cosas difíciles a los galos de Brenno.

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La Batalla de Alia

Alia

La Batalla de Alia

A lo largo del río Alia, el día dieciocho del mes de julio del año trescientos sesenta de la creación de Roma*1, nos desplegamos las seis legiones de ciudadanos para defender Roma. Más de cuarenta mil soldados, todos los romanos que podemos empuñar un arma estamos preparados para combatir a los bárbaros galos. La tribu de Brenno, los senones, quieren venganza tras el enfrentamiento entre un líder galo y Quinto Fabio que acabó en la muerte del primero.

En primer lugar, están los ciudadanos con menor armadura, nuestra infantería ligera, ciudadanos que no se pueden pagar o no tienen, como es mi caso, una armadura completa. Detrás de la infantería ligera nos encontramos los que tenemos escudo, espada, dos pilums*2, coraza completa y un casco, somos la infantería pesada. Los galos cruzan el río para enfrentarse con nosotros. Agarramos fuertemente los escudos y empezamos a liberar los pilums de sus guardas para poder lanzarlas.

Los galos no necesitan mucho tiempo, ni ninguna estrategia avanzada. Una vez que han cruzado todos, cargan como demonios de Plutón hacia nuestra infantería ligera que no aguantan el choque y salen huyendo. Nosotros, la infantería pesada, cargamos lanzado nuestros dos pilums ocasionando bajas para evitar el colapso total del ejército y pudiendo parar algo el empuje de los galos. El problema es que toda la infantería ligera entra en pánico y nos deja los flancos descubiertos. Los centuriones nos gritan que aguantemos, ya no para ganar la batalla, para dar tiempo a la mayoría de los soldados a que lleguen a Roma y defenderla. En estos momentos sí que luchamos por Roma, para no sea conquistada. Y toda la infantería pesada dejamos hasta la última gota de nuestra sangre para que Roma tenga defensa.

*118 de julio de 390 antes de Cristo, pero historiografía moderna estima que la fecha más plausible sería el año 387 antes de Cristo.

*2Jabalinas usadas por los soldados romanos de origen etrusco.

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La batalla de Munda

La Batalla de Munda

Después de la victoria de Ulia1*, salvando la población de las huestes de los rebeldes aún nos queda la batalla que decidirá el destino de Roma, del mundo.

Por fin hemos conseguido que las tropas del Cneo Pompeyo, el hijo del gran amigo de nuestro imperator, tengan que enfrentarse a nosotros. El pequeño Pompeyo, seguramente por sugerencia de Labieno, se ha dedicado a quemar y matar toda población que no ha querido ayudarles además de hacernos correr tras ellos. Pero César les devolvió la trampa; queréis correr, corred; sabed que me situaré en un sitio por el cuál querréis pasar. Ya lo hicimos en Alesia con Vercigentorix y en Farsalia con tu padre. Esta vez nos pondremos entre vosotros y Corduba2*.

Deciden que quieren esperarnos en lo alto de la colina. Esta vez en tierras hispanas. Pero cada vez más se parece a Farsalia, en la cual derrotamos a su padre. La mejor legión, nuestra legión, la Décima Legión de Roma, nos encontramos en el lado derecho de toda la batalla.

Si entonces no nos importó cargar cuesta arriba para ganar, hoy tampoco nos importará. Pero esta vez, Julio César nos ordena esperar. Mientras los rebeldes nos insultan, nosotros esperamos. El imperator3* se pasea entre nosotros, nos da ánimos, nos llama por nuestro nombre. Esperamos. Esperamos a su carga. Que, por sus propios nervios, no tarda de llegar.

Lanzamos nuestros pilum4* mientras recibimos los suyos. Después cargamos, ellos cuesta abajo, nosotros cuesta arriba. Al fin y al cabo, somos dos ejércitos romanos, nuestras formaciones, nuestras respuestas son prácticamente idénticas. Lo único que nos diferencia son los dirigentes. Nosotros tenemos al mejor, al imperator, a Julio César. Ellos tienen a Cneo Pompeyo y, a la sombra, como toda su vida, Labieno.

Tras la carga no podemos hacer mucho más. Tenemos dos legiones completas contra nosotros. Somos la mejor legión, algo que no sea dos contra uno lo consideramos incluso un insulto. Esta vez no podemos ganar terreno y nos llegan malas noticias del otro flanco, ha tenido que intervenir Julio César en persona.

Tras evitar que el flanco izquierdo cayera, Julio César se dirige a nosotros. A su legión decisiva. Y nos pide lo que parece un imposible. Presionar más. Ganar terreno hasta el final. Nombre a nombre, batalla a batalla, anécdota tras anécdota, nos recuerda que somos algo más que legionarios de Roma, somos legionarios del glorioso Julio César. Nuestros centuriones no opinan, solo van a seguir las órdenes, nuestro trabajo. Si César quiere que el flanco izquierdo de los rebeldes decaiga por nuestros gladios, ya puede asumir que ese flanco dejará de existir.

Poco a poco, paso a paso, sangre a sangre, ganamos el terreno que quiere César. Dos legiones son poco para la Décima Legión. Y, de repente, gritos en el otro flanco. Miedo en su cara. Su flanco está perdido pero el otro ha sido destruido. Se dan la vuelta y empiezan a correr. No necesitamos ninguna orden. Es el momento de la matanza y no dejaremos ningún rebelde con vida. Julio César ha ganado, por lo que, Roma ha ganado y es el fin de la Guerra Civil. Volvemos a casa.

La batalla de Ulai1*

Corduba2* Actual Córdoba

Imperator3* Denominación de las tropas al legado como gran general.

Pilum4* Jabalina que lanzaba las legiones romanas antes del enfrentamiento. Su propósito más que matar era inutilizar los escudos contrarios.

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Ulia

Ulia

Tras casi doce años a las órdenes del mejor comandante de Roma. Tras derrotar en las Galias a los bárbaros, en los montes griegos de Farsalia a los propios romanos de Pompeyo, vengar al mismo Pompeyo en Egipto, pacificar Mauritania de más romanos que quieren quitar la paz…, estamos aquí, en Hispania, para acabar esta guerra.

Nuestra primera meta es rescatar a las dos legiones leales que están siendo asediadas en la ciudad de Ulia. Julio César nos llama; siempre que necesita que alguien le haga el trabajo sucio, nos llama. Somos la legión que destrozó el flanco derecho pompeyano en los montes de Farsalia. La Legión X* de Roma. De nuestras diez cohortes* llama a solo seis para una trampa de las suyas. Sin nuestras segundas pieles, como las sentimos después de tantos años llevándolas, sin nuestras cotas de mallas que se quedan en el campamento. Nosotros, los elegidos, nos subimos en las grupas de nuestros compañeros, como ya hicimos en las Galias. El objetivo es cruzar la distancia que nos separa de Ulia durante la segunda vigilia, atravesando a los asediantes. Entrar en Ulia y atacar por sorpresa para liberar a nuestros hermanos de armas. Misión difícil, sí; porque si no ¿por qué nos lo ha ordenado a la Legión X César? Si fuera sencillo no sería nuestra tarea.

Esta misma noche, los dioses quieren ayudar a los valientes, y dejan caer una leve llovizna que, sin perjudicar el movimiento rápido de caballería, no permite la rápida identificación; al fin y al cabo, es una lucha entre romanos. Gracias a esa lluvia cruzamos sin ningún problema todo el terreno cercano a la ciudad. El único obstáculo que tenemos es cerca del campamento enemigo; un antiguo centurión, más perspicaz, nos detiene para preguntarnos:

– ¿A dónde vais?

En este caso lo mejor es esperar que la diosa de la Fortuna este contigo y contestar lo más cabreado que puedas:

– ¿A dónde vamos a ir centurión? A tomar Ulia de una vez por todas.

Dicho esto, el centurión nos deja pasar. Sin más incidentes, llegamos a Ulia donde nos abre las puertas. El legado elegido por César para esta misión es Lucio Vibio Pacieco. No espera ni un solo momento para ordenarnos que nos preparemos. Nos ponemos otras cotas de mallas que tienen las legiones de Ulia y dejamos de sentirnos desnudos, nos ajustamos las grebas. Los asediantes, sorprendidos por nuestro ataque desde el interior de la ciudad con más de tres mil ochocientos legionarios con los que no contaban, salen huyendo. Esta guerra entre romanos, entre hermanos, se decidirá en una última batalla. En una batalla en tierras hispanas.

Legión X* : Décima Legión de Roma.

Cohortes: Unidad militar de los ejércitos romanos. Una legión romana estaba compuesta por diez cohortes. Cada cohorte estaba formada por seis centurias. Cada centuria tenía ochenta legionarios.

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La Toma de Steenwijk

La Toma de Steenwijk

– Señor, ¿cuánto nos costará tomar Steenwijk? Los hombres quieren recuperar a toda costa las casullas, las cruces y, sobre todo, la imagen de San Juan y la imagen de la Santísima Virgen. Estamos dispuestos a lo que sea, señor.

Francisco Verdugo, nuestro capitán general, me mira calmado, como casi siempre.

– No se preocupe Teniente Coronel. Nos costará justo lo que tengo aquí- Abre la mano enseñando cuarenta táleros de oro. Mi cara de sorpresa la recibe con una sonrisa. El Capitán General de Frisia nombrado por nuestro emperador Felipe II es especialmente bueno.

Antes del mediodía; tan solo él y yo miramos desde lejos Steenwijk, en manos de los rebeldes. Anoche parte de la guarnición de dicha ciudad había profanado varias iglesias que estaban a mi mando provocando mi rabia al no haber sido precavido robando lo anteriormente mencionado. Mientras estamos reunidos, una buena señora se reúne con nosotros, sin sombrero.

– Capitán general Verdugo, la altura del foso de Steenwijk, lo puede ver en mis piernas, no llega a mis rodillas. El sombrero no lo he podido recoger. Además, he oído decir a la guarnición que dejaban las imágenes católicas para proteger el portillo y que ellos se iban a coger una buena borrachera.

– Muchas gracias buena mujer por la información. Espero que estos dineros le permitan comprar un nuevo sombrero y pague nuestros agradecimientos a usted y a su marido.

Verdugo le entrega los cuarenta táleros de oro mientras que la señora asiente y se marcha alegre. Se fija en mí y me ordena.

– Teniente Coronel Taxis, coja los hombres necesarios y tome Steenwijk en nombre de nuestro emperador. Devolvamos a la Santísima Virgen al lugar de dónde nunca debió salir.

– Sí señor, cuente conmigo.

Los hombres ya están casi preparados para poder llegar. Anochece cuando nos dirigimos a cumplir nuestras órdenes. Las últimas lluvias han anegado todos los caminos; aún así, todos los hombres van felices a cumplir sus órdenes. Saber que esas imágenes están en manos de los herejes les quitan todos los males de encima, incluso con el agua a la altura de la cintura. Solo saben que esta misma noche pueden devolver a su origen a las imágenes o morir en el intento. Solo necesitan eso para pasar por caminos embarrados y zonas anegadas en plena noche con el equipamiento de una encamisada. Sin picas, espada en mano y mosquete preparado, pero sin tener nada encendido. Ni una luz. Dios nos provee la luz necesaria con la Luna y las estrellas que juraría yo que hoy iluminan más que ninguna otra noche sabiendo de nuestra misión.

Al llegar a Steenwijk, cruzamos rápidamente el foso que lo circunda, que,  como dijo la buena mujer, no llega a más de la rodilla. Situamos las escalas, subiendo a toda velocidad. Al llegar arriba de la muralla, comprobamos que no hay ni un solo defensor. La guarnición se tomó en serio en que las sagradas imágenes guardarían la muralla y, seguramente, ellos estén borrachos perdidos. Mejor para nosotros.

Doy la orden de tomar rápidamente todas las zonas de control que habíamos estudiado antes de llegar. Steenwijk lo tomamos en la noche de 17 de noviembre del año 1582 desde el nacimiento de nuestro señor Jesús Cristo sin tener que lamentar ni una sola pérdida católica en nombre de nuestro emperador español Felipe II

Al amanecer del día siguiente pudimos realizar una procesión con nuestra banderas en todos lo alto y nuestra mejores vestimentas para que todo lo robado por los herejes fuera devuelto a sus lugares sagrados.

* Una encamisada es un golpe de mano o golpe rápido dado por la noche para objetivos concretos. Los Tercios Españoles, y, sobre todo, los españoles que luchaban en ellos se convirtieron en unos expertos en las encamisadas. El nombre se da por la camisa blanca que se ponía encima de las armaduras para ser diferenciados de los enemigos.

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