Felipe II. Quinto relato.
Una vez bautizado su primogénito, el emperador Carlos V logra quedarse con su mujer y su hijo todo el tiempo que le permiten sus obligaciones con los diferentes reinos. Al cumplir un año, en mayo de 1528, las Cortes de Castilla declaran al príncipe Felipe heredero de los reinos de España.
Pasados unos días y con un heredero declarado, el rey de Castilla deja a su mujer y a su hijo en Madrid y él se dirige a Valencia como rey de Aragón. No volverá a Madrid hasta el 3 de agosto. Con la expansión del luteranismo entre sus reinos y la expansión el imperio turco cerca de Viena, no será el último viaje que hará el emperador en solitario por lo que la Emperatriz Isabel de Portugal se encargaría personalmente de la educación del primogénito hasta que su alejado padre crea un cuadro de profesores para su heredero. Por muchos deberes que tenga el emperador Carlos V en ningún momento descuida la educación de su hijo.
A los cuatro años Felipe es un niño robusto y sano muy querido por su ayo, don Pedro González de Mendoza, hijo del duque del Infantado y obispo de Salamanca. Además, ya sabe montar a caballo con soltura como lo demuestra entrando en Toledo a caballo. Con esa misma edad, el heredero del emperador es aficionado al deporte de las velas encendidas y le encanta practicarlo con niños de su edad. Dicho deporte consiste en apagar las velas de los demás mientras se mantiene la propia encendida en la mano. Como todo niño, es bastante travieso y se enoja con facilidad cuando es derrotado.
El resto de relato de la saga de Felipe II. Quinto relato:
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