Estilicón 4

Conforme veo la carga cuesta arriba, casi suicida, de los alanos de Saúl, empiezo a dar órdenes. El suelo retumba bajo sus cascos.

– ¡A formar! ¡Línea recta! ¡En la base de la colina!

No podemos intentar ningún tipo de ayuda a esa carga. Veo como se estrella ante el muro de escudos que había conseguido formar latidos antes, pero sin la fuerza necesaria parar resistir la carga. Consiguen entrar en las filas de los visigodos y ahora Alarico tiene un problema. Mientras tanto mis tropas se forman en una línea perfecta.

Justo a tiempo, porque los alanos dan media vuelta a sus grupas y, al galope, salen de las filas más compactas de los visigodos. Saúl no aparece por ningún lado, habrá caído.

– ¡Abrid filas!

Con un orden exquisito se abren huecos en la línea defensiva para que los alanos puedan escapar. Los visigodos gritan desde la cima, entusiasmados con el destrozo que han hecho en los alanos.

– ¡Golpead los escudos!

El ruido ensordecer de mis soldados golpean los escudos como respuesta. Los visigodos ven que están cuesta abajo y con los ánimos por lo alto, cargan. Justo lo que quería.

– ¡Venados!

Casi no tengo que gritar la orden. Los centuriones han reconocido la distancia perfectamente y tienen a los legionarios preparados con los venados en la mano. Los venados ligeros salen volando con gran parábola y luego caen con gran fuerza sobre los enemigos que bajan sin orden alguno y sin posibilidad de defenderse; la lluvia de venados hace mucho daño en las filas de los visigodos. Llegan desordenadamente al choque con mis legiones, pero aun así su fuerza es enorme. Con las lanzas y a fuerza de empujar conseguimos mantener una línea contra ellos. Nos falta caballería por los laterales, nos faltan los alanos.

Me dirijo hacia ellos, que están desmoralizados por la pérdida de su querido rey Saúl. Los miró.

– ¿No queríais quitaros vuestras acusaciones de cobardía? ¿No ha dado la vida vuestro rey por vosotros? ¿Por vuestro honor? ¿Queréis la cabeza de Alarico?

Me miran con odio. Justo donde los quería.

– Flanco izquierdo. Cargad como antes.

No dicen nada. No lo necesito. Se suben rápidamente a los caballos.

Me vuelvo a ver la batalla. Siguen enfrentándose las vanguardias. Mis soldados ya han soltado las lanzas de choque y están con las spathas. Justo en ese momento el flanco izquierdo se hunde por la carga de los alanos.

¡Por fin! ¡Alarico ha sido vencido!

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Otros relatos de la serie:

Por Francisco José Díez Devesa

Amante de la escritura desde pequeño. Espero que disfrute de mis relatos e historias.

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