Provincia del Sur 6

En la capital de la Provincia del Sur se está preparando un gran ejército a las órdenes del príncipe Dalmoner. Miles de soldados se están reuniendo en las llanuras exteriores para dirigirse a la ayuda de Caruoligio. Se han requisado todos los carros disponibles para llevar avituallamiento para los soldados.

El palacio del gobernador está lleno de movimiento. Todos los mandos subalternos llegan y se van con las diferentes órdenes para sus tropas. La mayoría vienen con sus propias peticiones para más armamento, más alimentos o, incluso, para ambas cosas. Todo soldado del Norte de la Provincia ha sido llamado a filas por el príncipe Dalmoner para entrar en su ejército. El gobernador tiene miedo, las guerras del Desierto han sido muy sangrientas, por eso llama a todo soldado del que puede disponer.

En el comedor, ahora centro del ejército, el príncipe Dalmoner pregunta por la situación a sus altos mandos, todos con nombres de maestros:

-¿Cuántos soldados han llegado a mi llamada?

-En el último recuento realizado esta mañana, señor gobernador, son treinta mil soldados. Quince mil soldados de infantería, entre piqueros y escuderos, cuatro mil quinientos arqueros, cinco mil de caballería ligera y quinientos de pesada -contesta el maestro de ejércitos

-Señor gobernador, el problema va a ser poder tener abastecidos a todos ellos en el camino de Caruoligio. No tenemos fuentes fiables del pequeño desierto para estar seguros de cómo proceder con la recua de carros de abastecimiento -indica sus temores el maestro de alimentos del gobernador.

-En eso no hay problema. – responde tranquilo el príncipe Dalmoner – ¡Aregio!: indica todo lo que sea necesario para que a mi maestro de alimentos no le dé un síncope con manejar un ejército.

-Lo que usted mande, Excelencia.  Ahora mismo le indicó el camino que llevaremos y dónde están los oasis donde abastecernos de agua potable. Aregio se encontraba cerca del gobernador; éste le ha intentado nombrar maestro de rutas, pero aquel se ha negado argumentando que, al ser huérfano, desconocía su parentesco y no tendría una gran reputación ante el príncipe en la Corte de su hermano.

-E indica al maestro de ejército cuál es la mejor disposición para evitar emboscadas de las tribus que rodean Caruoligio.

-Le daré mis más sinceros consejos, señor gobernador. Solo soy su más fiel sirviente.

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Por Francisco José Díez Devesa

Amante de la escritura desde pequeño. Espero que disfrute de mis relatos e historias.

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