Partido de Rugby

Partido de Rugby

El partido comienza a las cuatro de la tarde y durante toda la mañana no ha parado de llover. Una lluvia fina, lo justo para que llenará de barro el campo de rugby, pero permitiendo jugar a la hora convenida. A las cuatro de la tarde y tres minutos, el árbitro indica a nuestro capitán de la patada inicial.

Los primeros minutos, los delanteros no tenemos mucho trabajo, correr de un lado a otro. Las órdenes iniciales de ambos equipos es probar a los zagueros y alas a base de patadas por si hay fallos con tanta lluvia. Durante estos primeros minutos nos limitamos más que a correr, a trotar, siguiendo las patadas, pero sin mucho ánimo al no haber ningún fallo.

Dicho lo cual uno de los zagueros se cansa, recepciona perfectamente la patada y comienza un contraataque a la carrera, seguido por sus dos alas. Es placado, limpiado por alas y empezamos a jugar de verdad. A jugar en el barro, a carreras cortas, limpieza de rucks y algún que otro juego de tres cuartos. Después de diez fases seguidas conseguimos acercarnos a su línea de veintidós metros. Un fallo en el pase nos condena a una melé. El hábitat de los delanteros.

Colocarnos, esperar, empujar y que nuestro talonador robe el balón, ese es el plan. El problema es que mi compañero en la posición de pilier hunde varias veces la melé con golpe de castigo en contra. Patean el balón a fuera, aprovechando que sacan ellos, para recuperar balón y terreno. El principio básico del rugby ganar terreno para estar más cerca de anotar.

Primera touch o saque de banda en contra, dos torres bien puestas, como hemos practicado. Nos sorprenden con un saque rápido a la primera torre, salida a juego de manos a sus tres cuartos que consiguen posar en el otro extremo del campo sin poder hacer nada por nuestra parte; solo mirar y aplaudir. La consiguiente transformación no pasa por los palos lo que nos beneficia.

No deja de llover cuando volvemos a una patada inicial. Perdiendo cinco a cero, pero nos sentimos bien, atacamos fuerte. Otra patada larga. Esta vez ellos quieren jugar cerca, buscándonos las cosquillas con juego de pases. Al primero que veo que puedo placar es un tío de metro noventa y unos cien kilos de peso. Demasiado para tirarle con el placaje, me quedo enganchado a las piernas y dejo que su peso haga el resto. Después de que el muchacho se levante, me levanto yo y veo que mis compañeros lo están celebrando. No sé el qué.

– ¡Tío! Gracias a tu buen placaje, ha perdido el balón y en la contra hemos anotado bajo palos. Se le resbaló entre las manos. Buen placaje.

La posterior transformación entra, ya que está justo bajo palos y tenemos un buen pateador. Nos ponemos por delante: cinco a siete.

Nos preparamos para recibir el balón por primera vez en este partido. Nuestro capitán pregunta al árbitro cuanto tiempo llevamos de partido; le contesta que quedan quince minutos para el descanso. Estamos bien frescos.

El balón vuela hacia la otra zona de donde cubro yo, y corro para apoyar. Pateamos para alejar el oval de nuestra zona de ensayo. El otro equipo tampoco quiere volver a tener un error como en el primer ensayo así que estamos un rato con patadas de un lado y otro sin permitir que el balón llegue a ser jugado por ningún equipo. No queremos errores. Sólo cuando recibimos el balón fuera de nuestra línea de veintidós metros, nuestro ala decide correr para formar un ataque posicional. Los delanteros formados en pequeñas puntas de flechas a petición de nuestro medio-mele, uno para recibir, otros dos para limpiar el ruck. Avanzamos metros poco a poco, sin que puedan placar fácilmente. Con esfuerzo, con el trabajo de nosotros, los delanteros, conseguimos llegar a su línea de veintidós metros justo cuando un defensor placa delante de mí a uno de mis compañeros por encima del cuello. El árbitro lo ve, pita el golpe de castigo a nuestro favor y llama a los capitanes con el número 3 suyo.

Explicación mediante, considera el placaje alto que conlleva una amarilla en rugby, es decir, diez minutos con uno menos a partir de ahora. Preguntamos por el tiempo, el árbitro dice que está cumplido. Pedimos palos para que se luzca nuestro pateador. Golpe de castigo convertido, tres puntos más (cinco a diez) y a los vestuarios tranquilamente sabiendo que lo estamos haciendo bien. Poco a poco sale como en los entrenamientos. Al final me va a gustar la lluvia y todo.

Una confesión que puede cambiar el mundo

Una confesión que puede cambiar el mundo

-No he llevado una vida lo que se dice de ser humano normal; bueno, a decir verdad, no estoy seguro de que mi vida se pueda denominar vida de ser humano, ni siquiera vida.

He utilizado a toda la gente que he conocido y a la que me ha caído mal, directamente, la he hecho desaparecer.

Al principio me metí en una banda de delincuentes para poder dar de comer a todos mis hermanos ya que mis padres no se preocupaban de eso sino de encontrar la forma en que la policía no los encontrara a ellos. Y le cogí el “gustillo”.  Y conseguí ser el jefe de mi propia banda, con lo cual me distancié de mis hermanos…

-¿Y por qué me cuenta esto a mí, y sobre todo ahora? ¿Quiere que le confiese? Puedo abrir…

-No padre, ahora no quiero que me confiese, no podré contar mi historia dos veces.

– Hijo, ¿a qué te refieres con lo de ahora no?

-Padre, le importaría acompañarme. Ya que en mi vida he visto como las cosas pasaban y no he hecho nada por lo menos quiero elegir por qué morir.

-Hijo, un paseo no me vendrá nada mal a estas alturas de mi vida.

-Padre, usted no está tan mal.

El sacerdote esbozo una sonrisa mientras intentaba cerrar la puerta. El señor trajeado que le había empezado a hablar se limitó a empujar la pesada puerta para que el sacerdote pudiera poner la llave en la cerradura. Cuando consiguieron entre ambos cerrar el portón de la iglesia empezaron a caminar mientras el hombre del traje va indicando el lugar por donde ir.

-¿A dónde vamos, hijo? Si se puede preguntar, claro.

-Claro que puede preguntar, otra cosa es que le conteste. No, padre, es broma, a estas alturas de mi vida lo único que me queda de ser humano es el humor y no se puede decir que sea bueno. Vamos a la comisaría central, creo que se alegran de que aparezca por allí y además al comisario le interesará mucho mi confesión.

-Pero hijo, con el principio que me has contado y como dices que ha sido tu vida… ¿eso no puede ser bastante peligroso para tu propia existencia?

-Por eso le he dicho, padre, que lo único que voy a elegir es el porqué de mi muerte. Quiero que me maten por lo que voy a contarle a usted, padre, y al comisario que nos atienda.

-Hijo, ¿quieres la absolución?

-Puede que sea tarde para mí absolución padre pero no pierdo nada por intentarlo.

-Hijo, el Señor siempre te absolverá si lo pides con el corazón.

– Bueno padre, ya hemos llegado.

En una calle peatonal está situada la comisaría. Antes de entrar en ella les sale una policía que les pregunta:

-¿Qué quieren ustedes? ¿Presentar una denuncia?

-No, hombre, no. Dile a tu comisario que le ha venido a visitarle al que conocéis por el nombre de “La Sombra”.

-Sí, hombre sí, voy a molestar al comisario por un hombre que se hace llamar “La Sombra”.

-Tal vez te interese saber que se quién dirige la mafia napolitana en España, la triada china…

-¿Y qué más buen hombre? ¿Tal vez el asesino del delito que acaba de suceder?

-Hijo, eres muy descortés con este hombre que está intentado ayudar a resolver asuntos muy serios.

-Déjelo padre. Lo único que le interesa saber a este caballero es que tengo muchas formas de inmovilizarlo y pasar si sigue en su trece de impedirme entrar; y que lo mantendré así hasta que alguien me diga amablemente donde se encuentra el despacho del comisario.

-Quédense aquí; ahora mismo voy a ver qué puedo hacer por ustedes.

-Ah, por cierto, cuando hable con su superior o con el comisario, dígale que el de la foto que tiene en mi expediente, dada por la Interpol, no soy yo sino un jefe de la mafia a quién quería fastidiar; yo fui quién hizo la foto. Y, por cierto, los dos cabezones que le siguen, si se fija bien, tienen dos tatuajes iguales en la muñeca derecha. Los tatuajes son de un sapo. Póngale un poco de zoom para verlo con claridad que a simple vista no está muy claro.

Diez minutos después llega el mismo policía con cara de susto diciendo:

-Si hacen el favor de acompañarme, el comisario le está esperando a usted, señor “Sombra”, el sacerdote puede esperar en estas sillas.

-El padre se viene conmigo, gracias.

-Siempre que él quiera…

-Tranquilo hijo este hombre lleva más de media hora en mi compañía y si hubiese querido hacerme algo, habría tenido tiempo de sobra para hacerlo.

Acompañaron al policía por un pasillo en el que todos los despachos tienen las puertas abiertas, por las se asoman todos sus ocupantes observando a ese extraño grupo que acaba su trayecto una sala en el fondo, también con la puerta abierta. Nada más entrar “Sombra” y el sacerdote en ella, el policía que les acompañaban cierra la puerta por fuera y les deja dentro con un hombre sentado en un lado de la mesa que tiene un puro en la boca y con la camisa arremangada hasta los codos.

-Señor comisario, sabía que iba acabar reunido con usted en una sala de interrogatorios.

-No se preocupe no está detenido.

-Eso no me preocupa. Lo que me preocupa es que no estés grabando esta conversación porque posiblemente sea una de las últimas que haga.

-¿Por qué ahora? ¿Por qué con un sacerdote?

-Tranquilo señor comisario se lo explicaré poco a poco. Empezaré por el principio.

Comencé a realizar delitos debido a que éramos una familia numerosa y mis padres no ayudaban para nada. Eso solo fue el principio de todo. Continúe ayudando a la mafia rusa, a las tríadas y a todo el que tenga usted conozca y que ha hecho algo de mal en el mundo; con ellos he estado yo al menos una vez en mi vida. Lo único que me ha cambiado es conocer que tengo una hija; no sé quién es su madre, pero gracias a una prueba de paternidad sé que yo soy su padre. No podré cambiar nada de lo que he hecho, pero ya que voy a morir y, lo más seguro es que me mate alguien, prefiero que mi hija sepa que su padre murió intentando cambiar el sentido de su vida.

Usted, señor comisario, también ha preguntado porqué con un sacerdote. Porque también espero que Dios confié en que quiero cambiar y a la vez, si toda mi confesión sirve para que muchos de los imputados lleguen a la cárcel, mejor que mejor.

-¿Sabes,  “Sombra” que todo lo que diga en este interrogatorio puede ser utilizado en su contra? ¿Sabe que tiene la obligación de que esté su abogado presente aunque sea de oficio?
-¿Sabe que cuando mis antiguos jefes y compañeros se enteren que estoy aquí harán todo lo posible para que no vea el amanecer de mañana? ¿Sabe que un abogado no serviría para nada solo para gastar un tiempo que no tenemos ni usted, ni el señor sacerdote que me ha acompañado tan amablemente, ni yo podemos gastar?

-¿Como sabe que sus compañeros y sus antiguos jefes sabrán que usted ha estado aquí? Le podemos poner como testigo protegido.

-Señor, con el debido respeto, nunca conseguirán protegerme.

-Creo que ya sé porque nunca te hemos cogido ni nunca te hubiéramos cogido si no te hubieras entregado. Usted no se fía ni de su propia sombra.

-No tranquilo, mi sombra hace que tiempo me dejo por otra persona mejor que yo. Una persona que tiene perjuicios para matar a un hombre con tres hijas, una hipoteca de doscientos mil euros y un preciosa mujer de cuarenta y cinco años. Por eso quiero cambiar, porque si consigo mantenerme con vida, pueda ser una persona a la que admire mi hija.

-Sombra, hijo, sé que aunque no lo consigas en esta vida conseguirás poner una piedra para que el Reino de los Cielos llegue a la tierra.

-No espero tanto padre, con un granito para hacer esa piedra me vale. Uno solo no hace nada, pero si mi hija ve que su padre no es tan malo como su leyenda a lo mejor poco a poco se cambiaría el mundo.

 “Sombra” empezó a hablar sobre su vida de gánster; y estuvo durante varias horas hablando con el comisario, con el sacerdote y a la vez consigo mismo. Después de acabar de hablar el sacerdote le dijo:

-Ego te absovo en nombre del Padre, del Hijo y del Espirítu Santo.

-Comisario les recomiendo que, con el tiempo que he pasado desde que estoy con el padre desalojen la comisaría y me dejen a mí solo, y sobre todo, espero que la grabación de la cinta no sea la única.

-Sombra, la grabación está conectada mediante una red inalámbrica a mis superiores y a un conjunto de memorias que tienen un sistema único contra el hackeo.

-Eso espero comisario. Y ahora quiero que me dejen solo en esta comisaria que no sé lo que va a pasar, pero estoy seguro de que nada bueno.

-Adiós, Sombra.

Momentos después toda la comisaría había sido desalojada por orden del comisario y también, al mismo tiempo, los edificios del al lado. Diez minutos después de que se llevará a cabo el desalojo entero la comisaría explotó. La única víctima fue Sombra que se había quedado en la misma sala de interrogatorios.

En los periódicos de los días siguientes aparecieron varios asesinatos que nunca fueron resueltos. El primero de ellos fue el de un sacerdote asesinado por la espalda cuando estaba cerrando la iglesia por la noche, pero por mucho que buscó la policía nunca encontraron a su asesino, aunque el caso tuvo mucha repercusión en el vecindario ya que era una persona muy querida. Por otra parte, aún más gran repercusión tuvo el tiroteo en una comisaría recién inaugurada donde murió un comisario, fueron heridos cuatro agentes y cinco de los asaltantes no pudieron escapar debido a sus heridas. Dichos asaltantes nunca pudieron recuperarse debido a una enfermedad todavía desconocida.

En este caso la policía detuvo a sus asesinos, aunque nunca encontraron quién fue el ideólogo del asalto a esa comisaría concreta y ningún de ellos dijo nada al morir de la misma enfermedad que sus compañeros.

A pesar de los rumores nunca se ha confirmado que la red de la policía tuvo un asalto a su base de datos de la cual pudieron extraer un solo archivo antes de que la policía consiguiera rechazarles el ataque. Este hecho está relacionado con que nunca se supo que había pasado una confesión de un tal “Sombra”.

Por eso durante mucho tiempo todas las agencias de todos los gobiernos han buscado a un delincuente llamado “Sombra”. De este delincuente no sabían nada porque la foto que tenían era de un jefe de una banda criminal posteriormente desarticulada.

Sin embargo, hace unos veinte años la policía dejo de buscar a “Sombra” para empezar a buscar a una mujer con el mismo nombre, famosa por no dejar pistas en sus delitos. Era tanta su fama de cruel que las madres dejaron de usar al hombre del saco para asustar a sus niños y lo sustituyeron por “Sombra” para así conseguir que sus hijos se tomaran lo que ellas querían.

Una filtración de última hora confirma que la policía, por fin, ha encontrado a esta delincuente que lo único que pidió para su confesión era que estuviera presente un sacerdote para que le pudiera dar la absolución ya que sabría que no iba a sobrevivir en la cárcel mucho tiempo.

Ulia

Ulia

Tras casi doce años a las órdenes del mejor comandante de Roma. Tras derrotar en las Galias a los bárbaros, en los montes griegos de Farsalia a los propios romanos de Pompeyo, vengar al mismo Pompeyo en Egipto, pacificar Mauritania de más romanos que quieren quitar la paz…, estamos aquí, en Hispania, para acabar esta guerra.

Nuestra primera meta es rescatar a las dos legiones leales que están siendo asediadas en la ciudad de Ulia. Julio César nos llama; siempre que necesita que alguien le haga el trabajo sucio, nos llama. Somos la legión que destrozó el flanco derecho pompeyano en los montes de Farsalia. La Legión X* de Roma. De nuestras diez cohortes* llama a solo seis para una trampa de las suyas. Sin nuestras segundas pieles, como las sentimos después de tantos años llevándolas, sin nuestras cotas de mallas que se quedan en el campamento. Nosotros, los elegidos, nos subimos en las grupas de nuestros compañeros, como ya hicimos en las Galias. El objetivo es cruzar la distancia que nos separa de Ulia durante la segunda vigilia, atravesando a los asediantes. Entrar en Ulia y atacar por sorpresa para liberar a nuestros hermanos de armas. Misión difícil, sí; porque si no ¿por qué nos lo ha ordenado a la Legión X César? Si fuera sencillo no sería nuestra tarea.

Esta misma noche, los dioses quieren ayudar a los valientes, y dejan caer una leve llovizna que, sin perjudicar el movimiento rápido de caballería, no permite la rápida identificación; al fin y al cabo, es una lucha entre romanos. Gracias a esa lluvia cruzamos sin ningún problema todo el terreno cercano a la ciudad. El único obstáculo que tenemos es cerca del campamento enemigo; un antiguo centurión, más perspicaz, nos detiene para preguntarnos:

– ¿A dónde vais?

En este caso lo mejor es esperar que la diosa de la Fortuna este contigo y contestar lo más cabreado que puedas:

– ¿A dónde vamos a ir centurión? A tomar Ulia de una vez por todas.

Dicho esto, el centurión nos deja pasar. Sin más incidentes, llegamos a Ulia donde nos abre las puertas. El legado elegido por César para esta misión es Lucio Vibio Pacieco. No espera ni un solo momento para ordenarnos que nos preparemos. Nos ponemos otras cotas de mallas que tienen las legiones de Ulia y dejamos de sentirnos desnudos, nos ajustamos las grebas. Los asediantes, sorprendidos por nuestro ataque desde el interior de la ciudad con más de tres mil ochocientos legionarios con los que no contaban, salen huyendo. Esta guerra entre romanos, entre hermanos, se decidirá en una última batalla. En una batalla en tierras hispanas.

Legión X* : Décima Legión de Roma.

Cohortes: Unidad militar de los ejércitos romanos. Una legión romana estaba compuesta por diez cohortes. Cada cohorte estaba formada por seis centurias. Cada centuria tenía ochenta legionarios.

La Toma de Steenwijk

La Toma de Steenwijk

– Señor, ¿cuánto nos costará tomar Steenwijk? Los hombres quieren recuperar a toda costa las casullas, las cruces y, sobre todo, la imagen de San Juan y la imagen de la Santísima Virgen. Estamos dispuestos a lo que sea, señor.

Francisco Verdugo, nuestro capitán general, me mira calmado, como casi siempre.

– No se preocupe Teniente Coronel. Nos costará justo lo que tengo aquí- Abre la mano enseñando cuarenta táleros de oro. Mi cara de sorpresa la recibe con una sonrisa. El Capitán General de Frisia nombrado por nuestro emperador Felipe II es especialmente bueno.

Antes del mediodía; tan solo él y yo miramos desde lejos Steenwijk, en manos de los rebeldes. Anoche parte de la guarnición de dicha ciudad había profanado varias iglesias que estaban a mi mando provocando mi rabia al no haber sido precavido robando lo anteriormente mencionado. Mientras estamos reunidos, una buena señora se reúne con nosotros, sin sombrero.

– Capitán general Verdugo, la altura del foso de Steenwijk, lo puede ver en mis piernas, no llega a mis rodillas. El sombrero no lo he podido recoger. Además, he oído decir a la guarnición que dejaban las imágenes católicas para proteger el portillo y que ellos se iban a coger una buena borrachera.

– Muchas gracias buena mujer por la información. Espero que estos dineros le permitan comprar un nuevo sombrero y pague nuestros agradecimientos a usted y a su marido.

Verdugo le entrega los cuarenta táleros de oro mientras que la señora asiente y se marcha alegre. Se fija en mí y me ordena.

– Teniente Coronel Taxis, coja los hombres necesarios y tome Steenwijk en nombre de nuestro emperador. Devolvamos a la Santísima Virgen al lugar de dónde nunca debió salir.

– Sí señor, cuente conmigo.

Los hombres ya están casi preparados para poder llegar. Anochece cuando nos dirigimos a cumplir nuestras órdenes. Las últimas lluvias han anegado todos los caminos; aún así, todos los hombres van felices a cumplir sus órdenes. Saber que esas imágenes están en manos de los herejes les quitan todos los males de encima, incluso con el agua a la altura de la cintura. Solo saben que esta misma noche pueden devolver a su origen a las imágenes o morir en el intento. Solo necesitan eso para pasar por caminos embarrados y zonas anegadas en plena noche con el equipamiento de una encamisada. Sin picas, espada en mano y mosquete preparado, pero sin tener nada encendido. Ni una luz. Dios nos provee la luz necesaria con la Luna y las estrellas que juraría yo que hoy iluminan más que ninguna otra noche sabiendo de nuestra misión.

Al llegar a Steenwijk, cruzamos rápidamente el foso que lo circunda, que,  como dijo la buena mujer, no llega a más de la rodilla. Situamos las escalas, subiendo a toda velocidad. Al llegar arriba de la muralla, comprobamos que no hay ni un solo defensor. La guarnición se tomó en serio en que las sagradas imágenes guardarían la muralla y, seguramente, ellos estén borrachos perdidos. Mejor para nosotros.

Doy la orden de tomar rápidamente todas las zonas de control que habíamos estudiado antes de llegar. Steenwijk lo tomamos en la noche de 17 de noviembre del año 1582 desde el nacimiento de nuestro señor Jesús Cristo sin tener que lamentar ni una sola pérdida católica en nombre de nuestro emperador español Felipe II

Al amanecer del día siguiente pudimos realizar una procesión con nuestra banderas en todos lo alto y nuestra mejores vestimentas para que todo lo robado por los herejes fuera devuelto a sus lugares sagrados.

* Una encamisada es un golpe de mano o golpe rápido dado por la noche para objetivos concretos. Los Tercios Españoles, y, sobre todo, los españoles que luchaban en ellos se convirtieron en unos expertos en las encamisadas. El nombre se da por la camisa blanca que se ponía encima de las armaduras para ser diferenciados de los enemigos.

El Emperador del Sol

Desde lo alto de la loma se puede observar perfectamente la cantidad de soldados que ha traído el emperador. No es que sean ni dos por cada uno de los nuestros; tendremos suerte si el balance está en diez soldados por cada uno de los nuestros. Pero, nos favorece la altura; el que no se consuela es porque no quiere.

Mil quinientos piqueros están formados como lo hacían las antiguas falanges griegas. Líneas de picas en diferentes alturas convirtiéndose en un erizo. Justo delante, quinientos arqueros, los mejores de todos. Y ya están todos los soldados. Todos los soldados profesionales que hemos podido reunir para evitar que el Paso de los Elefantes caiga en manos del emperador del Sol.

Enfrente miles y miles de soldados entregados a la causa. A llevar su religión a los sitios más recónditos del continente, incluso a nuestro pequeño reino. Llevarlo con armas, fuego y sangre.

Al mediodía se ponen en movimiento hacia nuestra posición. Los arqueros empiezan tirando hacia el cielo para que las flechas lleguen más lejos mientras, que según se acercan, no tienen que tirar en perpendicular; solo tienen que tirar al bulto. Hay tantos soldados mal equipados que cada flecha lanzada es un enemigo caído. Pero no es suficiente, no sirve ni para que les entre el miedo. Siguen avanzando, son una ola imparable.

Los arqueros se retiran corriendo entre las filas de la falange. Al llegar a la parte de atrás sigue disparando sin parar. Hemos traído flechas de sobra. La falange cierra filas, aseguran los pies, se preparan para el choque que no se hace esperar. Las primeras filas de la marabunta son pinchadas y mueren en el lugar donde se encuentran. Empezamos a caminar hacia delante, empujando las últimas filas a las primeras para expulsar el poco espacio que habían conseguido ganar de la loma.

El resto de tarde intentamos mantener el terreno de la loma; la fuerza empieza a fallar cuando queda un cuarto de día. Los arqueros han conseguido situarse por encima de nosotros y disparar más a gusto hasta que su capitán grita:

– ¡¡LOBOS!! ¡¡Lobos de poniente!! ¡¡Los refuerzos han llegado!!

— ¡¡Falange adelante!! – gritó como puedo. Como un solo cuerpo, mi falange hace caso a su general.

Recuperamos toda la loma perdida hasta situarnos en el borde. Esta vez no vuelven a presionarnos inmediatamente. Vemos porque a su espalda, en la loma dónde construyeron su campamento, aparece una gran columna de humo de la que surgen miles de soldados montados sobre lobos.

– ¡¡Falange!! ¡¡HACHAS!!

Todos soltamos nuestras picas ensangrentadas para recoger las hachas que tenemos en la espalda. Me situó en la primera fila. El lobo del general se eleva en dos patas, a la vez que el general me saluda con su propia espada. Elevó mi hacha devolviendo el saludo. Es hora de acabar esta batalla. A nuestros pies los soldados del Emperador del Sol, que ahora no tienen a dónde huir.

Agustina

Por toda la ciudad se escuchan las explosiones de los cañones franceses. Pocos civiles nos atrevemos a salir de las casas para ayudar tanto al ejército como a la milicia que defiende Zaragoza. En la puerta más cercana a mi casa hay un cañón propio. Aunque las explosiones me mantienen en tensión, les llevo agua para que puedan calmar su sed y algo de comer, mientras mantienen a los franceses fuera. Voy cargada con un cubo en cada mano.

Al llegar me doy cuenta de que algo falla, en la puerta no suena el cañón. Dejo los cubos en el suelo y subo corriendo las escaleras. Toda la dotación del cañón está en el suelo, muerta o herida. Me entra el pánico. ¿Quién defenderá la puerta? Empiezo a gritar para que venga algún tipo de refuerzo mientras me asomó por la muralla mirando hacia fuera. Los franceses se acercan a la carrera para tomar la Puerta. Los cabrones deben saber lo que ha pasado; se me pasa todo el pánico y empiezo a llenarme de ira. Algo me sujeta la manga. Es uno de los artilleros con toda la camisa ensangrentada.

– Toma, tenemos cargado el cañón, sabes lo que tienes que hacer. Mata a esos malditos por mí.

Me entrega la mecha del cañón. Si quieren tomar esta puerta primero deberán aguantar un cañonazo. Pongo el cañón orientado hacia los franceses que vienen corriendo, preparó la mecha y cuando los tengo en lo que yo creo que es a tiro, la quemo. Me tapo los oídos cuando se acaba la mecha y sale disparada la bala. Se estrella cerca del grupo que corría incluso hiriendo a alguno de ellos. No quieren otro porque se dan la vuelta de nuevo a sus filas.

Un grito de alegría sale de lo más hondo de mi cuerpo mientras que un cabo llega a la carrera. Los refuerzos ya están aquí.

Relato de Navidad

25 de diciembre de 1914

Estimada madre,

Después de todas las cartas que le he mandado sobre esta guerra, increíblemente, madre, hemos tenido una situación de fraternidad con los alemanes. En la mañana de ayer, empezaron a cantar algo en alemán. Aunque no entendíamos la letra, la melodía claramente era la “Campanas de Belén”. Nosotros también empezamos a cantar en inglés. En ese momento, recordé cuando lo celebrábamos en casa, cuando oíamos a un vecino, nos uníamos a sus cantos.

Nuestro capitán llegó escuchando nuestro cántico. Se contagió del espíritu navideño. No tiene otra explicación ya que salió a campo abierto hacia la trinchera alemana. A la vez, el capitán alemán le imitaba desde el otro lado. Acordaron enterrar a los soldados caídos conjuntamente y celebrar un partido de fútbol por Navidad.

Hoy nos hemos vestido con nuestras mejores galas. Por fin, hemos podido a enterrar a todos nuestros compañeros que se quedaron entre ambas trincheras. Según acabe de escribir esta carta, iré a jugar el partido; soy el portero, como de pequeño.

Te seguiré escribiendo madre.

Espero que en casa esté todo bien.

Feliz Navidad a padre y a usted.