Teutoburgo 4

Todos los centuriones se fueron a descansar con sus respectivas centurias mientras que Casio Querea y yo nos quedamos cerca de la tienda de mando.

– Tengo una misión para ti, tribuno. Es la más importante que se puede dar en este bosque. Necesito que huyas tribuno; tienes que huir con algunos de mis hombres, para que te cubran las espaldas. El emperador Augusto reformó el ejército para que hubiera veintiocho legiones. De esas veintiocho, tres están en este bosque. Augusto necesita saberlo lo antes posible. Y diez hombres podrán escapar por dónde tres legiones no pueden. El emperador debe saber lo que ha pasado aquí.

– Ni lo sueñes centurión. Yo me quedo con vosotros. Os lo debo. Soy el tribuno de la legión. Debo morir con vosotros.

– Tribuno Casio Querea, eres al único al que permitirán vivir sin matarlo por desertar. Tienes que ser tú y tiene que ser esta noche. Mañana nosotros lucharemos una última vez.

Se queda callado, pensativo. Se da cuenta que tengo razón. Que nadie más puede avisar a tiempo al emperador.

– Centurión Marco Lentelio Centelo, le prometo que llegaré a decirle al emperador la valentía que se ha dado aquí.

– Una última cosa, los legionarios que muramos mañana, no damos nuestra vida por el emperador. Los emperadores son simplemente humanos con más poder de los demás. Ya has oído por lo que luchamos. Roma. Roma está por encima de cualquier emperador. Está por encima de nuestras vidas. De nuestras almas. Del Augusto. No lo olvides nunca.

El tribuno me mira, ahora sí, a los ojos. Esas palabras en cualquiera otra circunstancia son motivo del delito de rebelión y muerte por lo mismo. Aquí y ahora, simplemente significan que no nos olvide nunca. Casio se cuadra ante mí.

– Ave César, el tribuno Casio Quera promete recordar vuestra lucha hasta el final. Ante los dioses como testigos, juro que llegaré a Roma y contaré vuestro sacrificio.

– Ave César, morituri te salutam.

Los diez hombres que he seleccionado de mi propia centuria para acompañar al tribuno está preparados cuando anochece. El tribuno Casio Querea está con ellos. No hace falta más despedida. Salen ocultos por la noche. El resto de los centuriones se reúnen conmigo para verlos salir. No hay tiempo para despedidas. Sabían que era la mejor opción para que Roma se preparará a la rebelión de Germania. A nosotros nos queda luchar para darles tiempo.

Esa misma noche los germanos solo consiguen quemar gran parte de nuestra empalizada. La parte que no habían destruido en el ataque continuado. Mañana lucharemos sin nada.

El sol sale entre las copas de los árboles. Las tres legiones nos situamos en línea recta. Ya no nos preocupa que nos rodeen. Sabemos que los estamos. Lucharemos hasta el final. El centro de nuestra formación, lo más importante de la batalla, lo ocupa mi legión, la XIX, mientras que la XVII y XVIII se encargan de los flancos. Frente a nosotros, entre los árboles, podemos divisar un número incalculable de germanos gritando, retándonos. Todas las tribus germanas se han reunidos para matarnos.  Hasta que aparece, con una cabeza de lobo como casco, Arminio, el jefe de nuestras tropas de avanzadilla. El jefe de los queruscos. El artificie de la emboscada. Llega con dos lanzas coronadas con dos cabezas cada una.

– ¡¡Legionarios de Roma!! Aquí están el gobernador Varo, líder de esta expedición, y el jefe de vuestra caballería. No tenéis ninguna opción de salir de este bosque con vida. Deponed las armas y dadnos vuestras águilas. Armin, líder de los queruscos os da su solemne palabra de perdonar vuestras vidas. ¡¡Solo queremos las águilas!!

Menos mal que avise a todos de lo que iba a pasar. Me encargué de que todo legionario tuviera un óvolo. Mi consejo es que se lo intentarán tragar. Para poder pagar al barquero. Para poder llegar al reino de Plutón con honores. Nadie retrocede. Somos legionarios sabemos que podía pasar. Ahora me toca a mí.

– Arminius – uso su nombre en latín para cabrearle – ¡¡Arminius!! Si quiere nuestras águilas ¡¡Ven tú mismo a por ellas!! – a mi orden los aquilifer de cada legión levanta lo más alto que pueden las águiles – ¡¡POR ROMA!!

Como una sola voz. Como una sola garganta. Los hombres que quedan de tres legiones. Gritan lo mismo.

– ¡¡POR ROMA!!

Y cargamos. No pienso esperar. Las órdenes que di fueron sencillas. Levantad las águilas y cargad. Por Roma.

Los germanos gritan de orgullo. Seguramente no hayan entendido nada de nuestra conversación, pero solo saben que vamos a luchar. Luchar hasta la muerte. Eso sí lo entienden.

El primer golpe con su línea es perfecto. Cayo Mario estaría orgulloso de verlo. Las legiones que él ideó cargando y destrozando. Los pocos pilums que manteníamos fueron lanzados por las segundas líneas mientras que la primera línea destroza. El problema es que combatimos en un bosque. En poco tiempo nuestra mayor ventaja táctica se disuelve. No podemos mantener la cohesión. Aunque intentamos cambiar las filas para mantener frescos a los legionarios, no podemos. Se convierte en una lucha personal.

El primer germano que me encuentro levanta su espada con las dos manos, pero no le da tiempo a más. Le clavo el gladius en el corazón y muere. El siguiente es más precavido. Espera cubierto con su escudo mientras mantiene el hacha en alto. Lo que no se da cuenta es que mi escudo es mucho más grande. Le cargo con él. Y vuelvo a pinchar con el gladio. En ningún sitio importante pero aun así se descuida. Pierde el hacha. Intenta recuperarla, no se lo permito. Le doy fuerte escudo con escudo. Se cae de espaldas y es atravesado por uno de los pilums del suelo.

Algo cae encima de mí. Un germano que se ha tirado de las ramas. Intento girarme, pero no puedo. Clavo, clavo, clavo y vuelo a clavar el galium. El germano pierde su fuerza. Consigo quitármelo de encima. Y lo veo. Un círculo de cinco germanos me rodea. Es el fin. Un último grito antes de una lucha sin posibilidades.

-¡¡Roma!!

Publicado por

Francisco José Díez Devesa

Doble grado de Derecho y Economía en la universidad Carlos III. Grado elemental en clarinete.

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