Agustina

Por toda la ciudad se escuchan las explosiones de los cañones franceses. Pocos civiles nos atrevemos a salir de las casas para ayudar tanto al ejército como a la milicia que defiende Zaragoza. En la puerta más cercana a mi casa hay un cañón propio. Aunque las explosiones me mantienen en tensión, les llevo agua para que puedan calmar su sed y algo de comer, mientras mantienen a los franceses fuera. Voy cargada con un cubo en cada mano.

Al llegar me doy cuenta de que algo falla, en la puerta no suena el cañón. Dejo los cubos en el suelo y subo corriendo las escaleras. Toda la dotación del cañón está en el suelo, muerta o herida. Me entra el pánico. ¿Quién defenderá la puerta? Empiezo a gritar para que venga algún tipo de refuerzo mientras me asomó por la muralla mirando hacia fuera. Los franceses se acercan a la carrera para tomar la Puerta. Los cabrones deben saber lo que ha pasado; se me pasa todo el pánico y empiezo a llenarme de ira. Algo me sujeta la manga. Es uno de los artilleros con toda la camisa ensangrentada.

– Toma, tenemos cargado el cañón, sabes lo que tienes que hacer. Mata a esos malditos por mí.

Me entrega la mecha del cañón. Si quieren tomar esta puerta primero deberán aguantar un cañonazo. Pongo el cañón orientado hacia los franceses que vienen corriendo, preparó la mecha y cuando los tengo en lo que yo creo que es a tiro, la quemo. Me tapo los oídos cuando se acaba la mecha y sale disparada la bala. Se estrella cerca del grupo que corría incluso hiriendo a alguno de ellos. No quieren otro porque se dan la vuelta de nuevo a sus filas.

Un grito de alegría sale de lo más hondo de mi cuerpo mientras que un cabo llega a la carrera. Los refuerzos ya están aquí.