Traición 4: El Misterio

Traición 4: El Misterio

Un rato después de haber ocultado los cadáveres tanto de soldados como de caballos y atar a los tres caballos sanos al carro, se disponen a escuchar al herido. La familia le deja solo con él.

– Como averiguasteis no somos una patrulla normal. Somos del Ejército de Mercenarios del Sur de X contratados por vuestro actual rey. Estábamos volviendo del ataque a la Secta del Gran Sol cuando emboscamos a una patrulla. No dejamos ningún superviviente.

Lo que no se sabe es que tras el desfiladero de Rocker, capturamos viva a vuestra general, y la llevábamos hacia la capital. Nuestro general necesitaba un chivo expiatorio para que lo pudiéramos colgar. Esa es la carreta que tenemos escondida quinientos metros más atrás recuperándose de sus heridas.

La última pregunta ¿tú quién eres?

– Solo un soldado que quiere venganza. Estuve antes del desfiladero, fui el último en salir pero me disteis por muerto.

– No puede ser…. Tú eres el que mataste a quince de los nuestro y heriste como a diez mientras les dejabas huir.

– No me quede para contarlos.

– ¿Qué vas a hacer conmigo?

– Te prometí que no te mataría y cumpliré esa promesa. Tienes dos opciones, ir al norte solo o quedarte aquí.

– Dadme un caballo y no me volverás a ver. Nadie tiene que saber que sobreviví a esto. Si saben lo que te he contado soy hombre muerto.

– Chico listo, te entablillaré la pierna y podrás irte.

 

Traición 3 El combate

Traición 3: El Combate

– Vosotros seguid, yo les intentaré retrasar.

– Ni lo sueñes. Nosotros te apoyamos. Dayo, para.

Y así es como se preparan para la batalla. Él salta del carro justo nada más pararlo en mitad del camino mientras que la patrulla falsa para la carrera. Dejan descansar a los caballos a unos treinta metros del carro. Mientras tanto la familia saca sus arcos y el padre saca una lanza.

– No bajes, sois más de utilidad arriba.

– Pero…. Solo tenemos tres arcos.

– Quédese arriba con la lanza y al que se acerque le ensarta. Dejeme a mí el resto.

Y simplemente estudia. En el camino solo caben tres caballos de golpe por culpa de los árboles que circunda el camino. No les podía rodear de ninguna manera. Con el bajobosque seco que hay por los lados, tardarían mucho y los oirían llegar antes de ser sorpresa.  Por tanto, el ataque será frontal. El camino está totalmente despejado y llano. Una buena carga de caballería. Eran en total nueve soldados, más que cualquier patrulla normal y menos que una de ataque.

– Disparad a los caballos. Si es posible no lo mateís solo heridlos.

Si es posible que la carga sea lo más lenta posible. Y de pronto, ya están preparados. La carga empieza sin gritos ni amenazas. Solo quieren acabar pronto. Mejor. Una sonrisa se dibuja en la cara. Saca la espada de su tahalí y saluda al Sol.

Tres flechas salen disparadas hacia la carga. Solo dos impacta en los caballos, justo en las patas, mientras una se queda clavada en el árbol de al lado. Pero no importa ya que, en el dolor, el caballo derriba al caballo que se había librado. Dos de los jinetes salen disparados hacia delante mientras que otro jinete queda atrapado en su montura por una de sus piernas.

Los otros tres jinetes saltan por encima de los caballos heridos sin ver a sus compañeros caídos y los aplastan.

Las tres flechas aciertan pero esta vez sus jinetes están preparados y saltan antes de que los caballos caigan.

– Disparad ahora a los jinetes- grita mientras se prepara para los jinetes que se levantan. Tres contra uno. Vuelve a sonreír.

Son listos se abren para que tenga más que estar pendiente pero no se esperan que él fuera el primero. Carga contra el de más de la derecha, finta un tajo derecho a la altura de las piernas que se convierte en una profunda estocada en el corazón. Lo atraviesa, pero no lo hunde profundamente para sacar rápidamente el arma mientras se cae el cuerpo sin vida.

Los otros intentan atacar, pero no son lo suficientemente rápidos para él. No quiere ni intentar defenderse, vuelve al ataque a las rodillas del oponente central, el más cercano a él. Cae con la espada atascada en la rodilla derecha desapareciendo su capacidad para el ataque.

Sin espada, se tira al suelo con patada a la espinilla del último contrincante. Cae con el hacha delante suya. Se la clava.

Se pone de pie, destraba la espada de la rodilla del agresor y le corta rápidamente el cuello. Mira a su alrededor. Dos de los jinetes que faltan han caído, uno con una flecha en el cuello, otro con otra en el pecho y con el cuello roto por la caída. El tercero acababa de ser ensartado por la lanza del padre. Bien hecho.

Solo falta una cosa por hacer. El herido debajo de su caballo. Se acerca a él.

– ¿Quién eres y qué quieres?

– Si no me matas te lo digo todo además de dónde está la carreta.

– ¿Qué carreta?

– Eres un creyente de la secta Gran Sol ¿no? Te interesa saber la carreta pero antes necesito que me quites a mi caballo de encima.

Traición 2: Primeras impresiones

Traición 2: Primeras impresiones

Según comen los conejos que había cazado, empiezan a contar cada uno su historia.

Él solo cuenta lo relativo a su apariencia. Soldado retirado, perseguido por una banda de bandoleros, tuvo que huir por el río, cayó por la cascada.

Ellos, una familia de comerciantes en busca de la capital del reino para poder vender sus pieles. Están armadas por el peligro actual, no se fían de lo que dicen los reyes sobre la seguridad de los caminos ya que varios de su gremio ya han muerto.

Quedaron en que juntarían sus caminos hasta llegar a la capital. Él se situó detrás del carro cuidando de las espaldas andando.

Nunca le ha importado andar, andaba mucho como rastreador y ya retirado del ejército siguió dando largos paseos. Seguir el ritmo de un carro cargado no iba a ser ningún problema la semana que les quedan hasta la capital.

Su historia era cierta pero no completa. Es verdad que es un rastreador retirado, que le persiguen una banda de maleantes, pero … la banda de maleantes atacaron una comunidad de soldados retirados que seguían una nueva religión. Eran familias enteras que seguían un sendero pacifista.

Tuvo que apoyar en la huida con los pocos que tuvieron las espadas en la mano de todas las familias. Cuando les ganaron el tiempo posible, empezaron a correr la retaguardia él se quedó el último y se tiró al río para poder huir.

El río está en aguas bravas y le llevaron a una catara. Milagrosamente, sobrevivió a todos eso. Ahora quería algo más. Quería venganza. Han quemado su casa y su única posibilidad de ser feliz. Ahora le toca saber qué es lo que ha pasado. Y primero es averiguar lo que pueda en la capital.

Mira un solo momento para atrás:

-¡¡Caballería detrás!! Coged las armas.

La hija que le estaba observando pregunta:

-Parecen que son soldados del rey. Una patrulla.

-¿Desde cuándo las patrullas llevan carros?

Traición 1: Cansancio

Traición 1: Cansancio

Sale despacio, muy despacio, de las apacibles aguas del lago, casi arrastrándose para llegar a la orilla. El cansancio se le nota en las grandes ojeras que resaltan en su rostro.

Deja de moverse cuando toca tierra seca; ya no hay agua que le pueda arrastrar. Acaba de amanecer.

Le despierta el hambre. El sol está a punto de ponerse por la montaña de la cascada que riega el lago. Se incorpora lentamente y lo primero que hace es buscar fruta entre los árboles. Encuentra un puñado de pequeñas piezas rojas comestibles. Nada más comerlas comienza a oscurecer. Sin luz llegará el frío por lo que resulta urgente encontrar leña seca para poder realizar un buen fuego.

Casi una hora después está sentado junto a un fuego con más fruta mientras seca la ropa para poder dormir algo más. Ese es su deseo, descansar y calmar sus doloridos músculos.

Nada más amanecer, se levanta más animado y lleno de energía; se ejercita con la espada, la única posesión que mantuvo en toda su huida, durante una hora. Después de estirar los músculos, vuelve a buscar más comida. Quiere algo más que fruta. Busca caza. Donde hay fruta, hay animales que la comen.

Experto en rastreo, le resulta es demasiado fácil cazar un conejo. Por eso siempre iba en las vanguardias de los ejércitos porque era el mejor rastreador.

Cuando el sol ya está en el centro del cielo y él cocinando su conejo un carro se acercó hacia él.

Mientras un niño pequeño, de unos seis años, llevaba las riendas, la madre le apuntaba con un arco. Cuando el crío para el carro, el padre y la hija mayor, de unos quince años, salen de la parte de detrás con ambas lanzas apuntándole.

La operación está muy bien ejecutada. Muy rápida.

Se levanta despacio y lanza su espada, que está junto a su mano, lejos de su alcance.

– ¿Quieren conejo? Creo que he hecho para todos.