Teutoburgo 5

Teutoburgo 5

Me levanto. Estoy solo con una túnica. Me quito el polvo que se ha posado, voy recordando. Soy Marco Lentelio Centelo, centurión de la XIX legión de Roma. Veo que un hombre con una toga de patricio me mira con una sonrisa. Una sonrisa de padre orgulloso. No entiendo quién es, pero está orgulloso. No puede ser. Fuimos derrotados. Nadie puede estar orgulloso de perder las tres águilas y las tres legiones. Me mira tranquilamente esperando. Esperando mi pregunta. Una pregunta poco concisa, pero lo significa todo.

– ¿Qué ha pasado?

– Las legiones XVII, XVIII y XIX han muerto en el bosque Teutoburgo al mando del gobernador Varo. Tú has muerto con ellas.

– Si estoy muerto ¿Por qué me siento tan vivo?

– Tus legionarios se encargaron de pagar al barquero para que todos llegarais a mi reino. Bienvenido al Infierno, centurión Centelo – dice el hombre. Por lo tanto, tiene que ser Plutón. Espera lo justo para que me calen sus palabras y después continua – Tengo una propuesta que haceros, centurión. Quiero que seáis guardianes de mi reino. Sé lo que piensas, no es Roma. Como recompensa una vez al año podréis volver a verla de nuevo.

Perder las legiones. Ser derrotados. Perder las águilas. Aún así una nueva oportunidad. Ser los guardianes del Infierno. Ver Roma de nuevo. No hay que pensar nada más.

– Señor, yo no puedo hablar por mis soldados. Yo solo puedo decir que si puedo ver Roma de nuevo cuente conmigo.

– Sus legionarios ya han aceptado. Por favor, tome las armas que tiene delante centurión.

Miro mis pertenencias. En perfecto estado. Me coloco la coraza con destreza. La vaina del gladio a la derecha, como los centuriones. El casco de bronce con plumas en mi cabeza. Los pilums los agarro con una pequeña liana en la espalda. Cojo el escudo. Estiro un poco el cuello, como he hecho siempre después de colocarme todo. Me siento vivo.

– Señor, ¿Y mis hombres?

– Has tardado en despertarte algo menos de lo que esperaba. Tardarán poco en llegar – señala con su dedo detrás de mí. Empieza a aparecer una legión en movimiento.

Estás en una pequeña colina. En los pies de la misma empieza a formar las diez cohortes perfectamente en orden. Los centuriones gritan para hacerse oír por sus legionarios. Los tribunos, a caballo, circulan en toda la legión. Falta algo, más bien alguien. Dos puestos importantes. Falta un legado. Falta un primus pilus.

Un tribuno a caballo se acerca a mí. Veo que es Casio Querea.

– ¡¡Casio!! ¿No saliste del bosque?

– ¡¡Centelo!! Si, salí del bosque y llevé las noticias al emperador. Cumplí mi palabra. Escucha un momento– se lleva un dedo a labios indicando silencio. Justo en ese momento un pequeño sonido resuena por el valle en el que están «Quintilio Varo, Quintilio Varo, devuélveme mis legiones » – Te das cuenta, desde aquí se puede escuchar el tormento de Varo.

– Y durante toda la eternidad se podrá oír – apoya Plutón al lado nuestra.

– ¿Y entonces?

– Llevas dormido más tiempo del normal. Aunque aquí el tiempo es diferente. Treinta y dos años después, siendo pretoriano seguí tus palabras. Roma es más importante que cualquier emperador. El emperador de ese momento, Calígula, estaba destrozando Roma. No podía permitir que vuestras muertes fueran en balde. Maté al emperador. El siguiente me condenó por traición. – dice Casio Querea. Mantuvo su palabra.

– Es hora de que tome su lugar, centurión – dice con paciencia Plutón. La legión sigue formada a los pies de la colina

– Ahora mismo, señor – estoy a punto de dirigirme a la derecha, a las últimas cohortes, hacia el final de la legión cuando Plutón me para.

– No centurión, se está confundiendo. Su centuria es la primera centuria de la primera cohorte.

– Señor, no puede ser.

– Centurión, es mi reino. Puedo hacer lo que quiera. Usted será el centurión de más alto rango. Ya no existe más política, ni habrá más legado. No hace falta. El mejor primus pilus dirigirá la legión.

Corro hacia la izquierda. A la cohorte más amplia. La primera cohorte. En la primera centuria a la izquierda del todo veo un rostro conocido. El optio Regulo.

– Regulo, muchacho, me alegro de verte. ¿No podías ascender?

– Me lo ofreció señor, pero prefiero luchar con usted.

– Entonces muchacho prepárate para dirigir una centuria durante un tiempo. No tenemos legado, tendré que gobernar esta legión.

Miró hacia atrás. Todos los legionarios esperando a una orden. La mía.

– ¡¡PRIMERA LEGIÓN DEL INFRAMUNDO!! ¡¡AVANZAD!! ¡¡POR PLUTÓN!! ¡¡POR ROMA!!

Teutoburgo 4

Todos los centuriones se fueron a descansar con sus respectivas centurias mientras que Casio Querea y yo nos quedamos cerca de la tienda de mando.

– Tengo una misión para ti, tribuno. Es la más importante que se puede dar en este bosque. Necesito que huyas tribuno; tienes que huir con algunos de mis hombres, para que te cubran las espaldas. El emperador Augusto reformó el ejército para que hubiera veintiocho legiones. De esas veintiocho, tres están en este bosque. Augusto necesita saberlo lo antes posible. Y diez hombres podrán escapar por dónde tres legiones no pueden. El emperador debe saber lo que ha pasado aquí.

– Ni lo sueñes centurión. Yo me quedo con vosotros. Os lo debo. Soy el tribuno de la legión. Debo morir con vosotros.

– Tribuno Casio Querea, eres al único al que permitirán vivir sin matarlo por desertar. Tienes que ser tú y tiene que ser esta noche. Mañana nosotros lucharemos una última vez.

Se queda callado, pensativo. Se da cuenta que tengo razón. Que nadie más puede avisar a tiempo al emperador.

– Centurión Marco Lentelio Centelo, le prometo que llegaré a decirle al emperador la valentía que se ha dado aquí.

– Una última cosa, los legionarios que muramos mañana, no damos nuestra vida por el emperador. Los emperadores son simplemente humanos con más poder de los demás. Ya has oído por lo que luchamos. Roma. Roma está por encima de cualquier emperador. Está por encima de nuestras vidas. De nuestras almas. Del Augusto. No lo olvides nunca.

El tribuno me mira, ahora sí, a los ojos. Esas palabras en cualquiera otra circunstancia son motivo del delito de rebelión y muerte por lo mismo. Aquí y ahora, simplemente significan que no nos olvide nunca. Casio se cuadra ante mí.

– Ave César, el tribuno Casio Quera promete recordar vuestra lucha hasta el final. Ante los dioses como testigos, juro que llegaré a Roma y contaré vuestro sacrificio.

– Ave César, morituri te salutam.

Los diez hombres que he seleccionado de mi propia centuria para acompañar al tribuno está preparados cuando anochece. El tribuno Casio Querea está con ellos. No hace falta más despedida. Salen ocultos por la noche. El resto de los centuriones se reúnen conmigo para verlos salir. No hay tiempo para despedidas. Sabían que era la mejor opción para que Roma se preparará a la rebelión de Germania. A nosotros nos queda luchar para darles tiempo.

Esa misma noche los germanos solo consiguen quemar gran parte de nuestra empalizada. La parte que no habían destruido en el ataque continuado. Mañana lucharemos sin nada.

El sol sale entre las copas de los árboles. Las tres legiones nos situamos en línea recta. Ya no nos preocupa que nos rodeen. Sabemos que los estamos. Lucharemos hasta el final. El centro de nuestra formación, lo más importante de la batalla, lo ocupa mi legión, la XIX, mientras que la XVII y XVIII se encargan de los flancos. Frente a nosotros, entre los árboles, podemos divisar un número incalculable de germanos gritando, retándonos. Todas las tribus germanas se han reunidos para matarnos.  Hasta que aparece, con una cabeza de lobo como casco, Arminio, el jefe de nuestras tropas de avanzadilla. El jefe de los queruscos. El artificie de la emboscada. Llega con dos lanzas coronadas con dos cabezas cada una.

– ¡¡Legionarios de Roma!! Aquí están el gobernador Varo, líder de esta expedición, y el jefe de vuestra caballería. No tenéis ninguna opción de salir de este bosque con vida. Deponed las armas y dadnos vuestras águilas. Armin, líder de los queruscos os da su solemne palabra de perdonar vuestras vidas. ¡¡Solo queremos las águilas!!

Menos mal que avise a todos de lo que iba a pasar. Me encargué de que todo legionario tuviera un óvolo. Mi consejo es que se lo intentarán tragar. Para poder pagar al barquero. Para poder llegar al reino de Plutón con honores. Nadie retrocede. Somos legionarios sabemos que podía pasar. Ahora me toca a mí.

– Arminius – uso su nombre en latín para cabrearle – ¡¡Arminius!! Si quiere nuestras águilas ¡¡Ven tú mismo a por ellas!! – a mi orden los aquilifer de cada legión levanta lo más alto que pueden las águiles – ¡¡POR ROMA!!

Como una sola voz. Como una sola garganta. Los hombres que quedan de tres legiones. Gritan lo mismo.

– ¡¡POR ROMA!!

Y cargamos. No pienso esperar. Las órdenes que di fueron sencillas. Levantad las águilas y cargad. Por Roma.

Los germanos gritan de orgullo. Seguramente no hayan entendido nada de nuestra conversación, pero solo saben que vamos a luchar. Luchar hasta la muerte. Eso sí lo entienden.

El primer golpe con su línea es perfecto. Cayo Mario estaría orgulloso de verlo. Las legiones que él ideó cargando y destrozando. Los pocos pilums que manteníamos fueron lanzados por las segundas líneas mientras que la primera línea destroza. El problema es que combatimos en un bosque. En poco tiempo nuestra mayor ventaja táctica se disuelve. No podemos mantener la cohesión. Aunque intentamos cambiar las filas para mantener frescos a los legionarios, no podemos. Se convierte en una lucha personal.

El primer germano que me encuentro levanta su espada con las dos manos, pero no le da tiempo a más. Le clavo el gladius en el corazón y muere. El siguiente es más precavido. Espera cubierto con su escudo mientras mantiene el hacha en alto. Lo que no se da cuenta es que mi escudo es mucho más grande. Le cargo con él. Y vuelvo a pinchar con el gladio. En ningún sitio importante pero aun así se descuida. Pierde el hacha. Intenta recuperarla, no se lo permito. Le doy fuerte escudo con escudo. Se cae de espaldas y es atravesado por uno de los pilums del suelo.

Algo cae encima de mí. Un germano que se ha tirado de las ramas. Intento girarme, pero no puedo. Clavo, clavo, clavo y vuelo a clavar el galium. El germano pierde su fuerza. Consigo quitármelo de encima. Y lo veo. Un círculo de cinco germanos me rodea. Es el fin. Un último grito antes de una lucha sin posibilidades.

-¡¡Roma!!

Teutoburgo 3

Teutoburgo 3

Después de estar toda la noche partiendo y limpiando el camino a la luz de las antorchas conseguimos seguir avanzando. Cuando, de entre las copas de los árboles, empiezan a vislumbrarse las luces de un nuevo día nos encontramos con la primera patrulla de la XVIII. Suspiramos aliviados. Por fin hemos vuelto a unirnos con las otras dos legiones.

Su campamento está mejor desarrollado que el nuestro. pero, aún así, se nota que fueron diseñados para campo abierto. El foso es de metro y medio de profundidad, no de cuatro metros con estacas afiladas, ni tampoco están las torres de vigilancia. Pero, por todo lo demás, es un campamento de campaña. Las murallas están formadas, las calles perfectamente claras e, incluso, las tiendas de mando están habilitadas en el centro del campamento.

Nuestra legión se sitúa en uno de los cuadrantes al norte. La XVII y la XVIII ocupan cuadrante y medio cada una. Somos la legión que, de lejos, más hemos sufrido.

Cuando nos situamos me encuentro con un centurión que conozco de la XVIII y me cuenta como está la situación.

– El gobernador Varo con la primera cohorte de las dos legiones junto a todos los altos mandos dijo de seguir empujando. Nos hemos encontrado con árboles cortados que los han dejado incomunicados de todos.

Justo al acabar de terminar contar lo que está pasando, las tubas de combate resuenan en todo el campamento. Todo legionario se pone rápidamente de pie para defender la parte de la muralla que tiene asignada. Sin despedirnos, los dos salimos corriendo hacia nuestras respectivas centurias. En este momento es más importante la velocidad que la educación.

En cuanto llego a mi centuria, oigo a los dos optios gritando para poner de pie a todos los soldados. Observo que están bastante cansados como consecuencia de haber estado toda la noche trabajando, pero, ante todo, son legionarios de Roma. Hasta con los ojos cerrados lucharán.

– Optio Cornelio, sus hombres los primeros en la muralla. Optio Regulo, los suyos se encargarán de relevarlos a mi orden. Señores, la muralla es la única que nos separa de la barbarie. La defenderemos hasta el fin. Todo el mundo con los pilums en mano, que nadie los lance. Usadlos para evitar que tomen las murallas.

La muralla está construida con multitud de ramas afiladas que cubren el perímetro del campamento. Por el lado exterior tendría que haber un foso profundo, pero debido a las dificultades del terreno no es posible. Por el lado interior se ha se construido un terraplén, lo que nos permite a los defensores estar por encima de los atacantes. Los pilums mantendrán esa ventaja.

Mantenemos a raya del campamento a los germanos en lo que nos parece una eternidad, mientras que al mirar al cielo solo parece que acabamos de pasar mediodía. Resuenan cuernos germanos, ellos se retiran de las murallas. Nosotros nos retiramos como podemos del terraplén. Aún así, dejo al optio Regulo con tres de sus hombres vigilando. De Cornelio tres hombres han sido heridos mientas que de los de Regulo lo han sido cuatro.

Antes de poder llegar a mi tienda a descansar algo me encuentro al tribuno Casio Querea.

– Centurión Centelo, reunión urgente.

– ¿Qué es lo que pasa ahora, tribuno?

– Las turmae de caballería han decidido dejarnos. Dicen que se van a buscar ayuda ya que no son útiles en la defensa del campamento.

– ¿Cómo? Indíqueme rápido. – el tribuno sale corriendo y yo le sigo como puedo. El cansancio empieza a hacer mella en mis fuerzas. Corremos por la calle principal mientras legionarios, agotados, nos dejan pasar como pueden. Pasamos la tienda principal vacía y lo vemos. Una larga marcha de caballería está saliendo por la puerta. Ya no podré convencer a los decuriones que necesitamos hasta el último soldado para salir de este maldito bosque.

– Lo siento centurión, hice todo lo que puede para convencerles de que se quedaran, pero no me hicieron caso.

– No es culpa suya tribuno. Lo único que están haciendo esos soldados es hacer lo que creen lo propio para nuestro bien. Lo que pasa es que, aunque avisen al resto del fuerte y consigan refuerzos, al volver solo encontrarán nuestros cadáveres. No tenemos ninguna oportunidad de salir de este bosque.

Más y más centuriones se unen a nosotros para ver salir a la caballería. Nadie dice nada, no hay fuerzas. Miran disgustados como, los que consideraban sus hermanos de armas, les abandonan en lo profundo del bosque.

Los miró a todos. Están anonadados. Llevan luchando más de medio día. Todos los altos mandos les han abandonado. Varo les ha metido en una trampa. Y ahora sus hermanos también se van. Solo se me ocurre una cosa. Que mi bocaza sirva para algo de una vez.

– ¡¡Centuriones de Roma!! – rujo con todas las fuerzas que tengo – Lo más seguro es que muramos en este bosque. Que no volvamos a ver a nuestra amada Roma, pero sí podemos hacer algo. Estos germanos nunca olvidarán lo que es un legionario romano. Luchad hasta el fin. Y para eso tenemos que descansar. Dejad patrullas, pero descansad todo lo que podáis. La próxima batalla será nuestra última batalla. Hagámosla memorable.

Un grito surgido de todas las gargantas de los centuriones se convierte en único. Roma. Tengo la sensación de que acabo de ser ascendido a dirigir las tres legiones.

Cada uno se dirige a su centuria. No necesitan más instrucciones. Miró al tribuno Casio Querea y le indicó que se quede conmigo.

– Tribuno Casio Querea, para ti tengo una misión especial.

Teutoburgo 2

Teutoburgo 2

El sistema de la legión es siempre el mismo: tres cohortes al principio, tras ellas lo que no es militar, que se protegen por los costados con dos cohortes a cada lado y al final de todo, las últimas cohortes. Cada cohorte está formada por seis centurias, nosotros nos encargamos de estar al final del todo pudiendo ver a toda la legión, pero la maldita ballista tenía otra idea.

Por eso estamos en el lío que estamos, por la culpa de la maldita ballista.. Tenemos que buscar a las demás cohortes de nuestra legión. Me conformo con empezar con una centuria antes de una hora.

Comenzamos a andar a buen ritmo. En menos de doscientos pasos nos encontramos con veinticuatro hombres. Están destrozados, cansados.

– Ave César, centurión Centelo de la sexta centuria. ¿Quién está al mando?

– Ave César, optio Regulo. Señor, yo no puedo estar al mando. Aunque como optio debo suplir la muerte de mi centurión, no puedo. Acabo de ascender a optio, no sé mis funciones actuales, no puedo liderar.

– Optio, ¿alguna discrepancia en formar una sola centuria con mis hombres?

La mirada de agradecimiento del pobre muchacho lo dice todo. Veintiséis hombres míos más veinticuatro suyos. Somos dos centurias y no llegamos a completar una normal, no llegamos a los ochenta…. Está peor de lo que pensaba.

– Optio Regulo mantendrá la dirección de sus hombres. Optio Cornelio, mantenga los nuestros.¡¡ En marcha!! sigamos nuestra progresión. Cada uno de su contubernio que tenga una antorcha.

Los hombres de Regulo recogen sus mochilas, escudos y todos los pilums que pueden. Nos siguen al mismo ritmo. Nada más empezar a andar, un caballo sale de la vegetación que tenemos ante de nosotros. Lo monta un decurión de la turmae de nuestra legión.

– Ave, decurión Tuberión. ¿Qué centurias soís?

– Ave, centurión Centelio al mando de la quinta y sexta centuria de la décima cohorte.

– Salve a Júpiter, ¡¡por fin!! Creí que nunca os encontraría. Rápido, estamos formando el campamento de la XIX legión a unos mil pasos de aquí. Reuníos allí. Iré delante para avisar que os esperen.

– Un momento decurión. ¿Por qué nos tienen que esperar? – pregunto agarrando del bocado al caballo para que no salga corriendo.

– ¿No lo sabéis? Los malditos germanos liderados por Arminio nos han separado de las otras dos legiones. Estamos solos. Nuestro legado se encuentra con Varo. Ahora mismo los únicos que están poniendo algo de orden son los tribunos y los centuriones. Al llegar tus centurias, tendrás que ir a una reunión conjunta.

– ¿Y el primus pilus?

– Señor, tengo prisa, por favor – suelto el bocado del caballo y se da vuelta; pero justo antes de entrar de nuevo en la espesura me grita – El primus pilus ha muerto.

Ahora sí que estamos jodidos de verdad.

Los dos optios han escuchado toda la conversación, pero solo Cornelio que tiene confianza es capaz de hablarme.

– Señor, ¿en dónde diablos nos ha metido Varo?

– En las profundidades del Inframundo, Cornelio, en el mismísimo reino de Plutón nos ha mandado Varo.

Doy la orden de seguir el camino del decurión. El ritmo es el de marcha normal, ya que no quiero que lleguen reventados al campamento del XIX. Si es de verdad nos han dejado aislados de las otras dos legiones necesitaremos toda la fuerza que tengamos. Los árboles siguen cerrándonos el camino. El viento sopla fuertemente. Nosotros no queremos estar, el bosque no quiere que estemos.

A los mil pasos nos encontramos con la primera guardia. Al lado de ellos se encuentra el decurión que ha llegado más rápido gracias a su caballo. Sin más dilación, empieza a hablar:

– Rápido centurión le están esperando para empezar la reunión. Este legionario que tengo al lado le indicará el lugar donde situarse. Usted tiene que seguirme hacia la reunión.

No es el típico campamento romano de noche. No tenemos las murallas estables habituales, nadie ha cavado el foso necesario. Se han limitado a poner las tiendas cada contubernio, dejar las dos grandes calles necesarias, pero poco más. En el centro del campamento, donde se junta las dos calles principales estaría la tienda del legado. En cambio, se encuentran los treinta centuriones que quedan vivos de la XIX junto a un tribuno. El único tribuno que se mantenía con la legión, en vez de, con Varo. El único que se merece respeto. Casio Querea.

– Centurión Centelo, le esperabamos – el centurión de la segunda centuria de la primera cohorte, sin contarse, rapidez y organización, lo que necesitamos. Lo más cercano que tenemos ahora mismo a una institución de mando, aparte de, claramente, Casio Querea.

– He perdido a más de la mitad de mis hombres. Me he encontrado con la quinta centuria que había perdido a su centurión y se han unido a la mía. Aun así, no formo una centuria entera.

– Ahora mismo nadie tiene una centuria entera. El problema es el siguiente Centelo, nadie quiere decidir qué hacer. El paisaje de delante está inhabilitado porque los malditos germanos han cortado los árboles. Centelo, tú tienes más experiencia dinos qué opinas.

– Viendo el campamento que tenemos, solo podemos hacer una cosa. Salir esta noche, talar los árboles y unirnos a las otras dos legiones. Si esperamos a por la mañana los germanos nos matarán como a perros. No tenemos otra opción.

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Referencias históricas:

Ballista: Máquina de guerra que utilizaban y transportaban las legiones romanas para las batallas a campo abierto y para los asedios. Lanzaban grandes dardos que dañaban a multitud de enemigos.

Decurión: Mando intermedio dentro de la caballería romana. Se encarga de dirigir a una turmae o escuadra de caballería.

Primus Pilus: Centurión de la primera cohorte, primera centuria. Dirige la legión a falta de legado o comandante de la misma.

Teutoburgo

Teutoburgo

Es el año 762 de la creación de Roma. Soy el legionario Marco Lentelio Centelo, centurión de la sexta centuria de la décima cohorte de la legión XIX de Oppidum Ubiorum a las órdenes del legado Publio Quintilio Varo. El centurión más bajo posible porque no fueron capaces de rebajarme a legionario. Mi bocaza, algún día de estos, va a hacerme perder algo más que el rango.

Tres días dentro de un bosque germano rodeados de árboles, como en un bosque espeso. En una senda que se supone es un camino. El camino no tiene ganas de que lo pisen las sandalias romanas. Las copas de los árboles parecen que nos acechan. El propio bosque no nos quiere. Mi centuria, y yo mismo tampoco queremos estar aquí después de tanto tiempo, solo queremos volver a campo abierto. Es en este momento cuando recuerdo el resumen de las palabras que nos dijo Varo para animarnos a seguir:

–  Solo es un paseo. Demostramos nuestras fuerzas, nos dan un tributo, y volvemos a los cuarteles de invierno antes de que se den cuentan con las bolsas llenas. Demostramos que Roma es muy fuerte sin tener que luchar y pasaremos un invierno tranquilo.

¿Y quién no quiere tener dinero para pasar bien el invierno? Tres días en este bosque; cada vez veo más claro que el invierno llegará antes de que salgamos de aquí.

Miró hacia atrás y observo la ballista que acaban de abandonar porque una de las ruedas reventó al amanecer. Media centuria nos hemos llenado de barro intentado cambiar la rueda hasta que me he dado cuenta de que era mejor dejarla. Si Varo la quiere que venga él aquí a cogerla. Reventamos la otra rueda. Si no podíamos llevarla nosotros nadie la movería. Barro, hojas y frío. Lo mejor que te puede dar Germania nos lo regala en este maldito bosque. Además, parece el lugar donde vive Boréas. El viento frío es insoportable.

Lo que nos da más dentera es el silencio. Por mucho que sople el viento en este maldito bosque, hay un silencio inquietante. Desde que hoy nos pusimos en pie no hemos oído ningún ruido típico del bosque. Ni un pájaro cantando, ni un lobo aullando, nada. Todos tenemos los nervios a flor de piel. Algo va a suceder, pronto. El bosque lo sabe, nosotros también.

Por eso, he ordenado que abandonásemos la ballista. La legión se está alargando mucho. Al llegar al bosque podíamos ver perfectamente a nuestra águila; incluso de la dos siguientes se podían ver sus destellos. Ahora mismo no somos capaces de ver a dos cohortes más allá de nuestra propia de la legión.

A lo lejos, en dónde debe estar la cabeza de todas las legiones suena un cuerno de caza. No. De caza no. Los cuernos de caza germanos no suenan así. ¡¡Es un cuerno de guerra!! El resto de los cuernos, a lo largo de toda la columna, resuenan sin parar.

– ¡¡En cuadro!! -grito. Está claro. Nos hemos metido en el fango. En una emboscada. Gracias Varo. – ¡¡A las armas!!¡¡Dejad las mochilas y prepararos para luchar!!

El legionario que está a mi lado no tiene tiempo para más. Cuatro flechas enemigas lo abaten, todas en su pecho. Entonces mi centuria se empieza a colocar en cuadrado. Veo que mi optio grita para que la parte de atrás lo haga más rápido. Intentó ver a la siguiente centuria para podernos juntar. No la veo. Estamos solos. Miró a mi optio.

– Chaval, un segundo cuadrado dentro de este, te encargas tú.

El doble cuadrado lo hacemos justo antes de que salgan salvajes por todos lados. Me encuentro en el centro de unos de los laterales del cuadrado exterior. No llegaremos a juntarnos con la centuria, pero veo la ballista que acabamos de abandonar y se me ocurre una idea.

-¡¡A la ballista!!

Gritó a pleno pulmón. El optio me imita con el grito; todos arrastramos los pies hacia allí. No está demasiado lejos de donde nos encontramos, pero hay un problema. Un gran problema llamado germamos buscando sangre. Sólo nos queda protegernos con los grandes escudos de las enormes hachas y espadas mientras pinchamos con nuestros gladios. Poco a poco, a veces a patadas, otras veces empujando los cadáveres de los germanos, conseguimos situarnos encima de la ballista.

– Segunda fila, ¡¡Adelante!!

Como hemos hecho siempre, la fuerzas que dirijo nos protegemos con los enormes escudos mientras que las fuerzas del optio dan un paso adelante. Nos situamos detrás de ellos; la segunda fila empieza a luchar.

Desde la altura que nos permite la catapulta somos capaces de mantener a distancia a los germanos. Sobre todo, a las largas espadas y hachas. Los germanos aprovechan cualquier descuido para meter sus hachas entre los escudos. Luego tiran al legionario en cuestión y lo matan. Aguantamos como podemos con cambios cada cinco minutos. Nuestro doble cuadrado cada vez es más pequeño, pero aguantamos hasta la noche.  El resonar de unos cuernos en la lejanía obligan a los germanos a retirarse.

Es el momento de preguntarse lo esencial:

-Por las barbas de Plutón, ¿En qué mierda nos ha metido Varo? -pregunta el optio. A mi orden queda la mitad de la centuria, cuarenta hombres. Curenta jóvenes soldados han dejado la vida durante el día.

-Esa no es la pregunta. ¿Cómo diablos salimos de aquí? -dice otro legionario Todos me miran a mí. Soy el centurión, están a mi cargo. Mi cerebro empieza a pensar cualquier idea y hablo en voz alta.

-Lo ideal sería agruparnos con la legión. Vi a la quinta centuria un poco más adelante. Quiero que cojáis todos los pilumm tanto ligeros como pesados, que podáis. No podemos permitirnos hacer nada por nuestros muertos ahora mismo. Dejadlos como están. Primero los vivos y luego los muertos. Recoged vuestras mochilas. Tenemos prisa.

Comienzan a seguir mis órdenes. Yo mismo el primero. Conozco a todos los caídos. Los he entrenado, los he soportado, he ido de juerga con ellos. Tengo que escribir muchas cartas a las familias por su lucha. Si es posible que salgamos de este bosque. Esa es la pregunta que nos hacemos todos. ¿Cómo podemos sobrevivir por el bosque lleno de germanos que nos quieren matar y llegar a alguno de nuestros puestos avanzados? Si nos encontramos con nuestra legión, puede que tengamos alguna oportunidad.

Referencias históricas:

Centurión: Mando intermedio dentro de la legión romana que mantenía a sus órdenes a ochenta legionarios.

Pilums: Arma arrojadiza usada por los legionarios romanos. Una especie de jabalina que se lanzaba antes del combate para hacer daño e inutilizar los escudos enemigos.

Ballista: Máquina de guerra que utilizaban y transportaban las legiones romanas para las batallas a campo abierto y para los asedios. Lanzaban grandes dardos que dañaban a multitud de enemigos.

Agusto: Julio César Octaviano Augusto, primer emperador de Roma. Julio César le eligió su heredero por testamento. Ganó la Tercera Guerra Civil frente a Marco Antonio.