Ulia

Ulia

Tras casi doce años a las órdenes del mejor comandante de Roma. Tras derrotar en las Galias a los bárbaros, en los montes griegos de Farsalia a los propios romanos de Pompeyo, vengar al mismo Pompeyo en Egipto, pacificar Mauritania de más romanos que quieren quitar la paz…, estamos aquí, en Hispania, para acabar esta guerra.

Nuestra primera meta es rescatar a las dos legiones leales que están siendo asediadas en la ciudad de Ulia. Julio César nos llama; siempre que necesita que alguien le haga el trabajo sucio, nos llama. Somos la legión que destrozó el flanco derecho pompeyano en los montes de Farsalia. La Legión X* de Roma. De nuestras diez cohortes* llama a solo seis para una trampa de las suyas. Sin nuestras segundas pieles, como las sentimos después de tantos años llevándolas, sin nuestras cotas de mallas que se quedan en el campamento. Nosotros, los elegidos, nos subimos en las grupas de nuestros compañeros, como ya hicimos en las Galias. El objetivo es cruzar la distancia que nos separa de Ulia durante la segunda vigilia, atravesando a los asediantes. Entrar en Ulia y atacar por sorpresa para liberar a nuestros hermanos de armas. Misión difícil, sí; porque si no ¿por qué nos lo ha ordenado a la Legión X César? Si fuera sencillo no sería nuestra tarea.

Esta misma noche, los dioses quieren ayudar a los valientes, y dejan caer una leve llovizna que, sin perjudicar el movimiento rápido de caballería, no permite la rápida identificación; al fin y al cabo, es una lucha entre romanos. Gracias a esa lluvia cruzamos sin ningún problema todo el terreno cercano a la ciudad. El único obstáculo que tenemos es cerca del campamento enemigo; un antiguo centurión, más perspicaz, nos detiene para preguntarnos:

– ¿A dónde vais?

En este caso lo mejor es esperar que la diosa de la Fortuna este contigo y contestar lo más cabreado que puedas:

– ¿A dónde vamos a ir centurión? A tomar Ulia de una vez por todas.

Dicho esto, el centurión nos deja pasar. Sin más incidentes, llegamos a Ulia donde nos abre las puertas. El legado elegido por César para esta misión es Lucio Vibio Pacieco. No espera ni un solo momento para ordenarnos que nos preparemos. Nos ponemos otras cotas de mallas que tienen las legiones de Ulia y dejamos de sentirnos desnudos, nos ajustamos las grebas. Los asediantes, sorprendidos por nuestro ataque desde el interior de la ciudad con más de tres mil ochocientos legionarios con los que no contaban, salen huyendo. Esta guerra entre romanos, entre hermanos, se decidirá en una última batalla. En una batalla en tierras hispanas.

Legión X* : Décima Legión de Roma.

Cohortes: Unidad militar de los ejércitos romanos. Una legión romana estaba compuesta por diez cohortes. Cada cohorte estaba formada por seis centurias. Cada centuria tenía ochenta legionarios.

La Toma de Steenwijk

La Toma de Steenwijk

– Señor, ¿cuánto nos costará tomar Steenwijk? Los hombres quieren recuperar a toda costa las casullas, las cruces y, sobre todo, la imagen de San Juan y la imagen de la Santísima Virgen. Estamos dispuestos a lo que sea, señor.

Francisco Verdugo, nuestro capitán general, me mira calmado, como casi siempre.

– No se preocupe Teniente Coronel. Nos costará justo lo que tengo aquí- Abre la mano enseñando cuarenta táleros de oro. Mi cara de sorpresa la recibe con una sonrisa. El Capitán General de Frisia nombrado por nuestro emperador Felipe II es especialmente bueno.

Antes del mediodía; tan solo él y yo miramos desde lejos Steenwijk, en manos de los rebeldes. Anoche parte de la guarnición de dicha ciudad había profanado varias iglesias que estaban a mi mando provocando mi rabia al no haber sido precavido robando lo anteriormente mencionado. Mientras estamos reunidos, una buena señora se reúne con nosotros, sin sombrero.

– Capitán general Verdugo, la altura del foso de Steenwijk, lo puede ver en mis piernas, no llega a mis rodillas. El sombrero no lo he podido recoger. Además, he oído decir a la guarnición que dejaban las imágenes católicas para proteger el portillo y que ellos se iban a coger una buena borrachera.

– Muchas gracias buena mujer por la información. Espero que estos dineros le permitan comprar un nuevo sombrero y pague nuestros agradecimientos a usted y a su marido.

Verdugo le entrega los cuarenta táleros de oro mientras que la señora asiente y se marcha alegre. Se fija en mí y me ordena.

– Teniente Coronel Taxis, coja los hombres necesarios y tome Steenwijk en nombre de nuestro emperador. Devolvamos a la Santísima Virgen al lugar de dónde nunca debió salir.

– Sí señor, cuente conmigo.

Los hombres ya están casi preparados para poder llegar. Anochece cuando nos dirigimos a cumplir nuestras órdenes. Las últimas lluvias han anegado todos los caminos; aún así, todos los hombres van felices a cumplir sus órdenes. Saber que esas imágenes están en manos de los herejes les quitan todos los males de encima, incluso con el agua a la altura de la cintura. Solo saben que esta misma noche pueden devolver a su origen a las imágenes o morir en el intento. Solo necesitan eso para pasar por caminos embarrados y zonas anegadas en plena noche con el equipamiento de una encamisada. Sin picas, espada en mano y mosquete preparado, pero sin tener nada encendido. Ni una luz. Dios nos provee la luz necesaria con la Luna y las estrellas que juraría yo que hoy iluminan más que ninguna otra noche sabiendo de nuestra misión.

Al llegar a Steenwijk, cruzamos rápidamente el foso que lo circunda, que,  como dijo la buena mujer, no llega a más de la rodilla. Situamos las escalas, subiendo a toda velocidad. Al llegar arriba de la muralla, comprobamos que no hay ni un solo defensor. La guarnición se tomó en serio en que las sagradas imágenes guardarían la muralla y, seguramente, ellos estén borrachos perdidos. Mejor para nosotros.

Doy la orden de tomar rápidamente todas las zonas de control que habíamos estudiado antes de llegar. Steenwijk lo tomamos en la noche de 17 de noviembre del año 1582 desde el nacimiento de nuestro señor Jesús Cristo sin tener que lamentar ni una sola pérdida católica en nombre de nuestro emperador español Felipe II

Al amanecer del día siguiente pudimos realizar una procesión con nuestra banderas en todos lo alto y nuestra mejores vestimentas para que todo lo robado por los herejes fuera devuelto a sus lugares sagrados.

* Una encamisada es un golpe de mano o golpe rápido dado por la noche para objetivos concretos. Los Tercios Españoles, y, sobre todo, los españoles que luchaban en ellos se convirtieron en unos expertos en las encamisadas. El nombre se da por la camisa blanca que se ponía encima de las armaduras para ser diferenciados de los enemigos.

El Socorro de Goes

El Socorro de Goes.

Es el 20 de octubre en el año 1572 del nacimiento de nuestro Señor Jesús Cristo, siendo el sexto año de guerra entre los rebeldes y las tropas de Su Majestad el emperador Felipe II.

Estando los soldados leales a Su Majestad, nuestros hermanos, defendiendo la ciudad de Goes al mando de don Isidro Pacheco, llega a nuestro conocimiento, a nosotros, las tropas del duque de Alba, que no aguantarán. No dejaremos solos a nuestros hermanos.

Don Fernando Álvarez de Toledo llama a nuestro mando, Sancho Dávila, para que acudamos prestos al auxilio de don Isidro Pacheco. Goes es una ciudad casi completamente rodeada por el mar, prácticamente una isla. Debido a que los herejes tienen controlados los puertos y el mar que podríamos ayudar, tendremos que utilizar alguna imaginativa operación para poder socorrerlos.

En buena hora llega el capitán Plomaert, flamenco pero leal al Emperador, con un plan. Cruzar uno de los ríos a pie, aprovechando que la mar se retira, con todo lo necesario para atender a la guarnición. Nuestros señores, tanto Sancho Dávila como Cristóbal de Mondragón, lo vieron viable con tres mil de entre mis hermanos. Los valones* y alemanes nos juntamos para poder llevarlo a buen término.

Fueron repartidos entre todos panes de munición de un kilo y la pólvora para nuestros compañeros de Goes que guardamos en una bolsa. Algunos de nosotros también guardamos nuestros antiguos doce apóstoles, es decir, nuestra bandolera con los frascos de pólvora y balas para doce disparos.

Una noche de verano con bastantes luces en el cielo. Nuestro Dios nos ayuda para cruzar el río. Cuando el mar se retira, situamos la bolsa en una pica que sujetamos con los dos brazos por encima de nuestras cabezas junto a nuestros arcabuces. Todo sea para que nada se moje. Sin ninguna armadura más, nos adentramos en el río. El agua nos llega hasta el pecho. El fondo lodoso dificulta el andar; el oleaje también nos golpea llevando el agua a la altura de nuestras barbillas. El agua sigue estando  fría. Tendremos que darnos prisa, antes de que la mar vuelva o se haga de día. Cualquiera de las dos cosas es nuestro final. Tanto el de Mondragón, Dávila y un tal Francisco Verdugo se dedicaron durante la noche a animarnos para seguir adelante mientras que los leales flamencos comprueban el camino por el que ir.

Cuando los primeros rayos de Sol empiezan aparecer en el horizonte, llegamos a la otra orilla. Aunque estamos cansados sabemos que no podemos esperar, Goes nos necesita y todavía nos encontramos lejos. Don Cristóbal de Mondragón y Sancho Dávila nos ordenan como un escuadrón, los españoles en la vanguardia, alemanes y valones detrás de nosotros. Así reactivaremos nuestros cuerpos entumecidos por el paso por el río. Marchando hacia el enemigo. Arcabuces cargados, las picas están listas.

Los rebeldes no nos esperan, cuando nos ven llegar solo hacen una cosa, correr. Correr a sus barcos. No necesitamos órdenes. El sufrimiento de nuestros compañeros de Goes y los muertos cruzando el río son vengados esta misma mañana. Muchos de los rebeldes no llegan a sus barcos. El resto tienen que huir. Goes sigue siendo de Su Majestad.

*habitantes de una de las tres regiones que componen Bélgica.

El Emperador del Sol

Desde lo alto de la loma se puede observar perfectamente la cantidad de soldados que ha traído el emperador. No es que sean ni dos por cada uno de los nuestros; tendremos suerte si el balance está en diez soldados por cada uno de los nuestros. Pero, nos favorece la altura; el que no se consuela es porque no quiere.

Mil quinientos piqueros están formados como lo hacían las antiguas falanges griegas. Líneas de picas en diferentes alturas convirtiéndose en un erizo. Justo delante, quinientos arqueros, los mejores de todos. Y ya están todos los soldados. Todos los soldados profesionales que hemos podido reunir para evitar que el Paso de los Elefantes caiga en manos del emperador del Sol.

Enfrente miles y miles de soldados entregados a la causa. A llevar su religión a los sitios más recónditos del continente, incluso a nuestro pequeño reino. Llevarlo con armas, fuego y sangre.

Al mediodía se ponen en movimiento hacia nuestra posición. Los arqueros empiezan tirando hacia el cielo para que las flechas lleguen más lejos mientras, que según se acercan, no tienen que tirar en perpendicular; solo tienen que tirar al bulto. Hay tantos soldados mal equipados que cada flecha lanzada es un enemigo caído. Pero no es suficiente, no sirve ni para que les entre el miedo. Siguen avanzando, son una ola imparable.

Los arqueros se retiran corriendo entre las filas de la falange. Al llegar a la parte de atrás sigue disparando sin parar. Hemos traído flechas de sobra. La falange cierra filas, aseguran los pies, se preparan para el choque que no se hace esperar. Las primeras filas de la marabunta son pinchadas y mueren en el lugar donde se encuentran. Empezamos a caminar hacia delante, empujando las últimas filas a las primeras para expulsar el poco espacio que habían conseguido ganar de la loma.

El resto de tarde intentamos mantener el terreno de la loma; la fuerza empieza a fallar cuando queda un cuarto de día. Los arqueros han conseguido situarse por encima de nosotros y disparar más a gusto hasta que su capitán grita:

– ¡¡LOBOS!! ¡¡Lobos de poniente!! ¡¡Los refuerzos han llegado!!

— ¡¡Falange adelante!! – gritó como puedo. Como un solo cuerpo, mi falange hace caso a su general.

Recuperamos toda la loma perdida hasta situarnos en el borde. Esta vez no vuelven a presionarnos inmediatamente. Vemos porque a su espalda, en la loma dónde construyeron su campamento, aparece una gran columna de humo de la que surgen miles de soldados montados sobre lobos.

– ¡¡Falange!! ¡¡HACHAS!!

Todos soltamos nuestras picas ensangrentadas para recoger las hachas que tenemos en la espalda. Me situó en la primera fila. El lobo del general se eleva en dos patas, a la vez que el general me saluda con su propia espada. Elevó mi hacha devolviendo el saludo. Es hora de acabar esta batalla. A nuestros pies los soldados del Emperador del Sol, que ahora no tienen a dónde huir.

Informe de Batalla

INFORME DE BATALLA

Soy la comandante Nikana Enitaplap, líder del escuadrón Omega de la Nodriza Cuarta. Quiero redactar este informe para alabar y ensalzar las muertes de mis compañeros en el cuarto vuelo de reconocimiento dentro del Sistema Solar Nori 39308.

La nave principal  llamada Nodriza -una gran bola en medio del espacio que no tiene defensas- está diseñada para la vida fuera de los planetas. Su función es mantener a todos los científicos haciendo su trabajo. Por eso salimos nosotros, los escuadrones de defensa. El escuadrón Omega tenía programada su salida para el viaje entre el cuarto y quinto planeta del Sistema Solar Nori 39308.

Durante el resto de las patrullas en este Sistema Solar no ha habido ningún problema, nada sospechoso. Parecía un buen Sistema Solar para instalar una esfera de Dyson y empezar la terraformación. Salimos rodeando la Nodriza preparados para cualquier imprevisto. Estamos todos tranquilos, alguna broma entre naves, nada por el radar. Tranquilidad.

Justo cuando ya llevábamos más de la mitad de camino al quinto planeta, aparecen de la nada. Más de cuarenta aeronaves ocupan todo el espacio posible del camino trazado. El radar, en ningún solo momento, mostró nada. Empezaron los juramentos, la tensión. Pasan rápido, son los pilotos más profesionales posibles.

¡Toda aeronave que pueda volar que salga ahora mismo de Nodriza; nosotros ganaremos tiempo! Mis pilotos entienden que hay que lograrlo como sea, lo que incluye dar su propia vida. Nadie dice nada más. Nos lanzamos en dirección de todas las naves enemigas como si no hubiera nada más en este mundo. Es nuestro deber y lo cumplimos sin miedo.

Cuento como cuarenta rayos saliendo de los enemigos en dirección a la Nodriza. Son rayos sostenidos y nuestra nave principal no aguantará mucho.  Mis pilotos se lanzan como perros salvajes hacia sus objetivos. No puedo seguir. Hicieron todo lo que era necesario. Ninguna de las naves atacantes logró sobrevivir. Por nuestra parte, el escuadrón Omega fue destruido casi hasta la última nave. El escuadrón Omega, mis pilotos, dieron la vida por los demás.

Ahora me llaman heroína. Puede que lo sea, pero mis pilotos también lo son. Solo yo sobreviví, pero ellos se merecen los mismos honores o inclusos mayores que yo.

Agustina

Por toda la ciudad se escuchan las explosiones de los cañones franceses. Pocos civiles nos atrevemos a salir de las casas para ayudar tanto al ejército como a la milicia que defiende Zaragoza. En la puerta más cercana a mi casa hay un cañón propio. Aunque las explosiones me mantienen en tensión, les llevo agua para que puedan calmar su sed y algo de comer, mientras mantienen a los franceses fuera. Voy cargada con un cubo en cada mano.

Al llegar me doy cuenta de que algo falla, en la puerta no suena el cañón. Dejo los cubos en el suelo y subo corriendo las escaleras. Toda la dotación del cañón está en el suelo, muerta o herida. Me entra el pánico. ¿Quién defenderá la puerta? Empiezo a gritar para que venga algún tipo de refuerzo mientras me asomó por la muralla mirando hacia fuera. Los franceses se acercan a la carrera para tomar la Puerta. Los cabrones deben saber lo que ha pasado; se me pasa todo el pánico y empiezo a llenarme de ira. Algo me sujeta la manga. Es uno de los artilleros con toda la camisa ensangrentada.

– Toma, tenemos cargado el cañón, sabes lo que tienes que hacer. Mata a esos malditos por mí.

Me entrega la mecha del cañón. Si quieren tomar esta puerta primero deberán aguantar un cañonazo. Pongo el cañón orientado hacia los franceses que vienen corriendo, preparó la mecha y cuando los tengo en lo que yo creo que es a tiro, la quemo. Me tapo los oídos cuando se acaba la mecha y sale disparada la bala. Se estrella cerca del grupo que corría incluso hiriendo a alguno de ellos. No quieren otro porque se dan la vuelta de nuevo a sus filas.

Un grito de alegría sale de lo más hondo de mi cuerpo mientras que un cabo llega a la carrera. Los refuerzos ya están aquí.

Fantasma

Relato de Fantasma

Las luces se van, me quedo totalmente a oscuras. La televisión se apaga. Gruño. Por decimosexta vez se han ido los plomos. Conforme me acercó por el pasillo a la entrada de la casa, veo una pequeña luminosidad. Está al lado de cuadro de luces. Una luz propia.

– ¿No querrás darme miedo apagándome las luces y, simplemente, haciéndote fluorescente?

– Esa era la idea sí. Además, que había dejado bastantes mensajes para que llegaras con miedo.

– ¿Qué mensajes?

Por mucho fantasma que se ponga, vuelvo a encender las luces y me dirijo de nuevo al salón.

– Yo no he visto ningún mensaje.

– ¿Cómo que no has visto ningún mensaje? ¿El vaho en el espejo mientras te duchabas?

– Es que salgo sin gafas y no veo. Limpio el vaho con la toalla.

– ¿Las cartas que te mandé con las letras cortadas de diversas revistas?

– ¡Ah! ¿Eran tuyas? Como ahora solo recibo cartas de publicidad, las tiré directamente a la basura.

– Las interferencias en la televisión ¿tampoco las viste?

– Pensé que estaba mal conectado.

Me había seguido hasta el salón donde me he sentado cara a la televisión. Se queda levitando a mi lado, enfadado.

– De verdad, es que a esta población de ahora no consigo darle ni un pequeño susto.

Entonces se me ocurre.

– Si quieres, voy a ver una película de miedo de Netflix. Quédate y podrás aprender de lo que da miedo ahora.

Se pone todo lo pensativo que puede ponerse un fantasma.

Relato de Navidad

25 de diciembre de 1914

Estimada madre,

Después de todas las cartas que le he mandado sobre esta guerra, increíblemente, madre, hemos tenido una situación de fraternidad con los alemanes. En la mañana de ayer, empezaron a cantar algo en alemán. Aunque no entendíamos la letra, la melodía claramente era la “Campanas de Belén”. Nosotros también empezamos a cantar en inglés. En ese momento, recordé cuando lo celebrábamos en casa, cuando oíamos a un vecino, nos uníamos a sus cantos.

Nuestro capitán llegó escuchando nuestro cántico. Se contagió del espíritu navideño. No tiene otra explicación ya que salió a campo abierto hacia la trinchera alemana. A la vez, el capitán alemán le imitaba desde el otro lado. Acordaron enterrar a los soldados caídos conjuntamente y celebrar un partido de fútbol por Navidad.

Hoy nos hemos vestido con nuestras mejores galas. Por fin, hemos podido a enterrar a todos nuestros compañeros que se quedaron entre ambas trincheras. Según acabe de escribir esta carta, iré a jugar el partido; soy el portero, como de pequeño.

Te seguiré escribiendo madre.

Espero que en casa esté todo bien.

Feliz Navidad a padre y a usted.

Cartagena de Indias

CARTAGENA DE INDIAS

Año mil setecientos cuarenta y uno de nuestro Señor. El calor persiste sin esperanza de lluvia. Un mes há que estamos bajo los cañones de los malditos ingleses. Defendemos como podemos Cartagena de Indias, aunque, a estas alturas, poco queda en pie.

Después del saqueo de Portobelo sabíamos que podíamos ser los siguientes. Los piratas nunca se sacian, por lo tanto, querrán cualquier posición de la Corona Española. Los españoles no les daremos esa satisfacción. Cartagena de Indias no caerá, aunque tengamos que dejarnos toda la sangre que tenemos defendiéndola.

Todo comenzó el trece de marzo cuando avistamos las velas del inglés. Los barcos cubrían el horizonte. Los esperados y deseados refuerzos no llegarán por mucho que les esperemos. Don Blas de Lezo, almirante destinado en Cartagena de India y experto en ganar partidas a los infieles se prestó para la defensa.

Al principio de todo, las fortalezas costeras sufrieron los malditos cañones. Poco quedan de ellos y de los valientes hermanos que intentaron aguantar a Vernon. Sé que le valieron la gran cantidad de velas que traían. Para que no entraran como Pedro por su casa, hundimos nuestros barcos en los dos accesos, Bocagrande y Bocachica. Más aun así los ingleses han conseguido pasar. Entonces, nos refugiamos en San Felipe que es arena de otro costal para el inglés.

La fortaleza de San Felipe de Barajas no consiguen tomarla. Los cañones no nos afectan tanto como en las otras fortalezas. Nosotros lo sabemos y ellos también. Después de un mes de que la primera vela inglesa apareciera por el horizonte seguimos aguantando. Cada vez se les ve más impacientes. Seguro que intentarán algo pronto.

Estamos esperando con guardias dobles en toda la fortaleza mientras siguen sonando los cañones. Al final, te acostumbras. Si durante un mes no te han dado, se convierten en sonido de fondo. Simplemente vigilas las esquirlas y los trozos que salen volando por todos lados para no quedar como el almirante Lezo. Le falta un ojo, un brazo y una pierna, atrás dejadas al servicio de la Corona, pago justo por un poco más de gloria. Cualquier otro se hubiera retirado para vivir tranquilamente en la Península, pero él no. La marina es su vida. En el Mediohombre, como le llamamos, no corre sangre en su cuerpo, sino agua salada. Necesita tanto el mar como la marina española le necesita a él.

Cuando parecía que todo se iba a convertir en mera monotonía, los perros ingleses salen del bosque por nuestra retaguardia. Eran muchos, como si hubieran desembarcado varios barcos a la vez. El bosque que teníamos en esa zona no nos ha permitido ver el desembarco. Los gritos del almirante Lezo se oyeron hasta en sus mismos barcos mientras nos organiza con tranquilidad. No necesitamos mucho para estar preparados. Las órdenes son sencillas: los que no estábamos de guardia en las almenaras que fuéramos a mantener la puerta, pero sin armas de fuego. Espadas y dagas. Cualquiera que se ha enfrentado a nuestra infantería, temerá al acero español. Nombra los viejos Tercios en Flandes y verás cómo los rebeldes se esconden.

Es el momento que los ingleses descubren nuestra pequeña sorpresa. Nos hemos pasado bastantes días cavando al lado de nuestros muros. De hecho, todavía tengo tierra en casi todo el cuerpo. Estaba intentando quitarla de las uñas, que molesta bastante, antes de que llegaran. Sus escalas no han servido para nada, se han quedado cortos al hacerlas. Nuestros mosquetes han abierto sus bocas escupiendo fuego con gran acierto. Muchos ingleses están descubriendo la buena puntería de los españoles. Aunque los arqueros indios no se andan a la zaga. Cada bala o cada flecha que salía de nuestra fortaleza tenía recepción en un cuerpo de los asaltantes.

Por tanto, solo queda el camino diseñado por el Mediohombre. Nuestras espadas y nuestras dagas. Basta con mirar la cara de estos desdichados que nacieron donde no debieron, lo sabes. No están preparados para esta lucha. Nosotros solo sabemos hacer una cosa. Pinchar, cortar, fintar y siguiente inglés. Mi espada entra en su entraña, dos tercios de acero y otro inquilino para el diablo. Los muertos se acumulan mientras que los piratas lo entienden. Por aquí no van a entrar.

La retirada comienza a entrar en su mente hasta que dejan de oír los gritos de sus altos mandos y empieza a correr en dirección contraria. El buen acero español cumple su labor.

Justo es el momento que espera el teniente para que el resto calaran sus bayonetas e hiciéramos una carga todos juntos. Cuando salimos de la fortaleza solo vemos la espalda de los invasores retirándose. Hasta que no empezamos a matarlos a los primeros no se dieron cuenta. Como se nota que nacieron en una isla y no en la Península. En vez de darse la vuelta y luchar hasta el final, siguen corriendo.

Después de todos los bombardeos, de las fortalezas abandonadas, de los compañeros muertos no necesitamos ni un grito para saber lo que hacer. Matar a todos soldados bajo la bandera británica que viéramos. El temple español vengaría cualquier afrenta inglesa. Con bayoneta o con nuestras simples espadas, muchos piratas mordieron el polvo.

Tras horas y horas, ya cansados, los ingleses pudieron correr más rápido que nosotros. Es entonces cuando nos retiramos a la fortaleza dejando un largo rastro de ingleses muertos bajo el acero español. En la misma vemos que nuestros compañeros de sufrimiento, los arqueros indios, se habían mantenido al margen por si necesitábamos de su ayuda. Dentro de la fortaleza montando guardia con sus arcos preparados. Hay que reconocerlo el Mediohombre está en todo.

Esos hombres luchan con verdaderos hermanos de sangre. Nosotros tenemos nuestros mosquetes y algún que otro viejo doce apóstoles. Ellos con sus arcos y flechas han metido en vereda a los piratas. Han nacido en la otra punta del mundo, aunque si me dijeran que son de nuestra amada Península también me lo creería. Por eso cuando vimos a Vernon no nos fuimos de Cartagena de Indias, ningún español deja atrás a sus hermanos sin luchar.

La vuelta a la fortaleza fue con tranquilidad, mirando nuestra espalda por si los ingleses intentan algo y con algo que habíamos olvidado. Sonrisas. Les hemos dado una lección que los ingleses tardaran mucho en curar.

Después de reunirnos dentro de la fortaleza esperamos. Y esperamos. Y esperamos. Los ingleses no volvieron. Ni volverán. Uno de los “renegados” que mandó Lezo vuelve con información. Los ingleses se han ido.

El segundo de los “renegados” llega con una sonrisa más grande que el primero. Vernon, dirigente de los piratas, ha tenido que hundir una gran parte de sus barcos por falta de marineros antes de levar anclas.

– ¡¡Maldito seas, Lezo!! – se le ha oído gritar mientras se iba de Cartagena de Indias.

Las risas de toda la fortaleza han quedado pequeñas comparadas con las de Mediohombre mientras lo contaba con una frase más.

– Toda la flota con la que vinieron y, ahora mismo, les quedará para hacer de cabornera. Si es que todavía les quedan ganas de seguir navegando.

Cartagena de Indias seguirá siendo española. Tendrá que reclutar a más gente para conquistarla si es que después de esto, hay algún inglés con ganas de venir a vernos. Nuestro acero ha probado la sangre pirata, y quiere conocer a más.

Combate en el desierto

Combate en el desierto

Con los ojos clavados en el pequeño desierto que se extiende a sus pies:

– ¿Sigue con la idea de aceptar el reto?

Uno de sus más fieles consejeros sigue con las dudas sobre el combate individual.

– Mientras sigan mis órdenes, le puedo vencer fácilmente.

– Huele a hacer trampas desde aquí.

– También podemos ahorrar muchas víctimas, muchos muertos de ambos lados.

– Tú mandas, tú decides, pero por favor, cúbrete las espaldas.

– Ya lo tengo pensado.

Cuando se acerca el mediodía, hay movimiento en el otro lado del desierto. Del otro ejército se acerca un pequeño grupo de jinetes.

Del mismo ejército también se reune un pequeño grupo. Cada uno lleva a su campeón y los dejan solos para el combate. Un combate para decidir el destino, de dos ejércitos, de dos reinos, de multitud de vidas.

Se miran fijamente mientras empiezan a trazar un círculo en la arena. Una pequeña finta, una respuesta. Un minuto de calma, pasos tranquilos. Sudor derramándose. Los ojos fijos en el contrario.

Ambos llevan una armadura liviana de cuero. Únicamente el contrario lleva las grebas de hierro. Es más alto, más fuerte y lleva una horrible sonrisa en la cara. Empieza el juego de hablar:

– No quieres saber lo que te voy a hacerte después de matarte. Nunca debiste aceptar este combate.

No contesta. No necesita entrar en ese juego. Siguen dando vueltas mirándose:

– Después de acabar contigo acabaré con tu familia. Y con todo el mundo que te conocío. Nadie te recordará.

– Cutre.

– ¿El qué? – su sonrisa desaparece.

– Tu intento. Cutre y poco inteligente.

Ahora el que se cabrea es él. Lo ve en sus ojos. El juego ya no está dónde quiere. No ha conseguido el cabreo que esperaba. Y empieza a ponerse tenso. Ahora le toca sonreír.

– ¿Qué estás esperando? ¿A tus amigos?

– ¿De qué amigos hablas? -gruñe desde el interior de su garganta.

– Los de la cerbatana. Los que se supone que tienen que hacerme que pierda fuerzas, como en todas de tus victorias. ¿De verdad pensabas que te iba a funcionar? ¿De verdad pensabas que no lo iba a descubrir?

Gruñe cada vez más. Estaba en lo cierto. Hizo muy bien en enviar sus propios soldados. Más rabioso. Y es tan fácil….

El contrincante tiene un escudo redondo y su espada en cambio mientras que el otro oponente una espada en cada mano. Relaja los hombros. Deja el brazo dominante colgando flácidamente. Descansado. Lo entiende mal. Cree que se ha relajado. Carga rápidamente pero no tanto.

Se mueve con la velocidad de una serpiente dejando que embista a la nada mientras que sube el brazo dominante asciende destrozando la parte sin proteger por el cuero.

Para por fin con una herida por todo su costado. La rabia envuelve toda su cara. Nadie le había tocado en sus veinticinco combates. Ella lo sabía y por eso sonreía. Le tenía donde quería.

Vuelve a acercarse, está vez más cautamente. Se pone a la defensiva. Un amago hacia el lado del escudo. Acto reflejo de refugiarse en él. Con la otra mano clava la espada en el suelo cogiéndole el pie. Un grito resuena en todo el desierto. Descuida su protección. Y ella acaba rápido atravesándole la tráquea.

Recoge las espadas y tira el cuerpo. Se queda quieta mirando al otro ejército. Desafiante. Las espadas gotean. Nadie se mueve. Nadie se cree que una mujer haya acabado con el gran vencedor de combates. Excepto ella misma.