Relato Cien Palabras

Relato Cien Palabras

Siempre me ha gustado entrar en un bar un día cualquiera y observar a la gente. Hoy es uno de esos días. Miro como una pareja de ancianos están más de media hora mirándose a los ojos sin decir nada, simplemente tomándose su café, como si se tratara de una película de amor. El otro cliente del bar de unos sesenta años, con bigote y perilla blanca y una camisa de manga corta con rayas horizontales rojas y blancas, pidió una copa de brandy de Jerez y le observé mientras se la tomaba. No sé de brandy pero observando a ese señor aprendí. Cuando se la sirvieron esperó un poco, luego se acercó la copa la nariz y aspiró levemente los aromas que desprendía y después la bebió poco a poco, en pequeños sorbos, saboreándola.

Atraco

Atraco

Cuando hay un atraco en un banco y hay rehenes y la policía llega tarde, la consecuencia es que investigan a todo el mundo, incluido a un pobre rehén que simplemente quería sacar dinero del cajero.

Mientras los últimos GEO comprobaban que no quedaba ningún atracador más dentro del banco, los rehenes, entre los que me incluyo, salíamos lo más deprisa que podíamos después de haber estado una hora tumbados en el frío suelo de la oficina.

Los policías habían acordonado la calle entera e interrogaban a todos los testigos por los acontecimientos. Uno de estos agentes me preguntó qué era lo que había pasado y empecé a recordar. Con un simple “No funciona”, a lo mejor no me había pasado todo esto. Un simple cartel que hubieran puesto en el cajero ahorrándome diez minutos de meter y sacar la tarjeta, de soplar la tarjeta, de limpiarla con la camiseta de los Rolling Stones  y, sobretodo, de desquiciarme. Cuando miré hacia atrás y observe toda la cola de gente que había producido, pensé que era un buen momento para entrar en la oficina y pedir amablemente a los cajeros que me dieran veinte euros de mi cuenta para poder invitar a comer a mi novia.

-Creo que no funciona. Probad el resto si queréis- les dije a las cinco personas que estaban detrás mío.

Dejé el cajero y me dirigí hacia la puerta de la oficina bancaria que se abre tirando pero yo, con toda la confianza del mundo, la empujo y me estrello. Definitivamente hoy no era mi mejor día.

Lo que más me sorprendió es que con mi habitual despiste entré tranquilamente con todas las llaves en el bolsillo; las de mi piso; las de mi garaje y las de mi Kawasaki Z 1000SX Tourer y pasé tranquilamente el detector de metales- ¿Cómo se puede pasar un detector de metales con los bolsillos llenos de llaves metálicas sin que suene ni te pare? Esa pregunta me rondó por la cabeza cuando me situaba en la cola para los cajeros humanos y todo se vino abajo.

Entraron rápidamente seis personas con caras de payasos y lo que era peor con unas metralletas muy largas. Uno se situó en la entrada mientras que los otros se abrían en abanico perfectamente coordinados:

-¡Todo el mundo al suelo! ¡Y que nadie se haga el héroe que no estamos en una película!

Dos se fueron rápidamente al mostrador de los cajeros, otros dos a las mesas y el tercero al despacho del director. El último se quedó en la puerta detrás de todos los rehenes y la cerró con un candado mientras decía:

-Nuestro objetivo es hacer el atraco rápido, sin tiros y fundamentalmente sin heridos. No se preocupen solo atacamos si nos atacan. No quiero ningún héroe muerto.

Su voz era relajada, tranquila, un poco cascada posiblemente por el alcohol o el tabaco, como si fuera un abuelo contando a su nieto un cuento para dormirle pero lo más raro era su forma de andar. Un andar tranquilo de un chaval de veinte años que no concordaba para nada con su voz, perfecto, en cualquier caso, para confundir a los testigos. Siempre daba paseos cortos vigilando a todos los rehenes.

Mientras que el que parecía que lideraba controlaba por detrás de nosotros, otros dos de sus compañeros se dedicaban a enchufar pen drives en los ordenadores del banco. El cuarto se puso encima la mesa de los cajeros y nos apuntaba a los rehenes con la metralleta, flanqueado a derecha e izquierda por otros de sus compañeros.

Con uno delante apuntándonos, el otro por detrás y otros dos en los laterales que no paraban de dar pequeños paseos ninguno de nosotros movía ni un solo músculo mientras sucedía todo.

En menos de dos minutos habían sacado todos los pen drives de los ordenadores y habían salido por la puerta del banco de la misma manera que habían entrado, muy rápido.

-Entonces ¿los atracadores salieron por donde entraron?- me preguntó el agente.

-Si señor eso creo, aunque no estoy seguro ya que me mantuve pegado al suelo- contesté.

-Muchas gracias. Si nos hace un último favor dele sus datos a ese agente para que podamos contactar con usted por si tenemos alguna duda sobre su testimonio- me pidió el agente.

Una vez que terminé intenté salir de todo este lío de agentes, testigos, rehenes, ambulancias, coches de policía con las sirenas puestas con un ruido ensordecedor, coches parados y sobre todo con una multitud de observadores anónimos que no dejaban de llegar. A empujones y a “perdón” o  “paso por favor” me moví unos tres metros en diez minutos  y aun así no veía el final del gentío.

De repente uno de esos reporteros que andan cazando noticias espectaculares para salir el mayor tiempo posible en el telediario de la noche me enchufó con su alcachofa y me preguntó:

-¿Me puede hablar del atraco?

-Sí claro le hablo de lo que quiera si me saca de aquí.

-Por supuesto. ¡Señores dejen pasar a este pobre hombre!

Después de que pude pasar, hice algo de lo que no me siento muy orgulloso.

-Señor, la verdad es que no he visto mucho. Solo sé que eran seis atracadores y que estaban muy bien organizados pero muchas gracias por sacarme de ese gentío.

-Gracias a usted, nadie quiere hablar conmigo- me respondió el reportero con una pequeña decepción en su cara a causa de la brevedad de mi relato. La verdad es que le podía haber dicho muchas más cosas pero me encontraba cansado y quería salir de allí ya.

Lo peor fue llegar al lado de mi  Kawasaki Z 1000SX Tourer y encontrármela caída y con una gran rallón en el lado derecho. Eso me va  a costar una pasta en el taller.

Esto demuestra que no es mi mejor día, aunque lo peor de todo es que todavía no es ni mediodía.

Se levanta rápidamente

Se levanta rápidamente

Se levanta rápidamente. Las explosiones se oyen demasiado cerca. Abre los ojos y se encuentra con la tienda vacía, sus compañeros acababan de salir. Eso quiere decir que están atacando el campamento. Se levanta rápidamente y sale sin ponerse nada. No tiene ningún arma y el ruido de los disparos está cada vez más cerca.

Corre hacia el refugio bajo tierra que tienen instalado para ocultar las armas de un ataque repentino. Baja las escaleras lo más rápido que puede mientras los disparos de una ametralladora le sigue agujereando la pared de al lado.

Con miedo acaba de bajar los escalones para encontrarse que no hay armas, solo un cuchillo. Lo coge cuando se da cuenta que los insurgentes le siguen. Se esconde en el almacén de los lanzamisiles ahora vacío. Las pisadas se acercan. Y de repente una voz:

-¿Papi? ¿Te pasa algo?

Se le escurren las lágrimas de los ojos. Otra vez lo mismo de siempre.

-¿Papi? ¿Puedo abrir la puerta?

Entre sollozos contesta:

-Sí cariño.

Cuando se abre la puerta y la luz de la cocina entra, su pequeña hija parece un ángel:

-¿Tienes un pesadilla?

-Si cariño pero porque estoy enfermo.

-¿Cómo cuando me dolía la tripita?

-Más o menos cariño pero lo mío es en la cabeza.

-¿Irás al médico para que te cure como a mí?

-Si mi amor lo haré.

Por detrás de su hija aparece su mujer con cara preocupada que la coge de la mano y le dice:

-Vamos cariño que mañana hay cole.

-Espera mami el señor Orejotas lo va a necesitar más papa para cuando vuelva a tener una pesadilla.

De Pesca

Metía poco a poco los pies en el agua hasta que le llego a las alturas de las rodillas. Era muy pronto. Tan pronto ni que el propio Sol había salido todavía por el horizonte; pero para él el mejor momento del día.

Cuando se podía descubrir muchas cosas de la mar. Con solo estirar un poco los brazos y entreabrir la boca empieza a saborear el salobre que le acompañaba desde hacía treinta y cinco años; sentía además de estar seguido el sabor del agua dulce lo que significaba que iba a llover antes del mediodía. Y si eso lo había descubierto él, los habitantes de la mar también lo sabrían. Por tanto, antes del mediodía habrían salido a comer y como no le gusta mucho el sol los pulpos saldrían a comer antes del amanecer. No le queda más de media o una hora para pescarlos.

Sigue metiéndose en el agua esta vez un poco más deprisa y a la altura de los hombros ya encontró su barca y se mete en ella chorreando. Tranquilamente, mientras busca los remos respira el aire que tanto le gustaba y poco a poco sale de la playa que le vio nacer y se interna en la ría que durante treinta y cinco largos años le ha alimentado. Remando pausadamente se aproxima al lugar donde dejo unas cuantas cabezas de pescado antes de irse acostarse y aunque no había ni una sola boya que lo indicaba él no lo necesitaba. Podía ir hasta con los ojos cerrados aparece un rayo de luz que iluminaba todas las bateas que poblaban su ría. Poco después de sumergir  sacó su pequeña red con la maña de un experto y vio que había atrapado a un pulpo más grande de lo que se esperaba. Cuando ya le había dado dos golpes en la cabeza al pulpo matándolo se permitió mirar hacia el final de la ría justo cuando poco a poco el Sol ilumina lo que más amaba de ver. Esas dos islas que protegían toda su ría y que hacía nueve años habían soportado la marea negra de “chapapote” del barco. Para él su gran vicio era ese: ver el amanecer a través de las Islas Cíes.

Cuando los demás barcos pesqueros salían desde la playa y los muelles el vuelve remando relajadamente. Mete el remo en el agua mientras echa el aire, desliza el remo por el agua y sus pulmones se vuelven a llenar de aire; todavía podía oír la voz de su padre mientras le explicaba cómo se debía remar. Aunque los nudos de amarre nunca fueron fáciles de aprender no dejó que la sonrisa se le borrará de la cara.

Tranquilamente desanda el camino que tan solo una hora antes había hecho hasta su casa. Cuando abre la puerta lo primero que recibe es la voz de su hija gritándole:

-¡¡Padre cuantas veces le he dicho que no se vaya de pesca!!

La misma voz que su madre. Había heredado su voz potente y su carácter.

-Bonito pulpo suegro. Algún día explicará a su nieta como lo hace.

Una sonrisa como respuesta y como promesa a su propuesta. Tan condescendiente como siempre su yerno. Buen muchacho, mejor marido y un increíble padre para su pequeña nieta, no podía pedir más.

Corto

CORTO

ESCENA 1. EN UN PARQUE INFANTIL. EXTERIOR-DÍA

Rodrigo llega corriendo al parque mirando constantemente hacia atrás. Se acerca a Rubén, que está sentado en un banco viendo como juega su hija.

RODRIGO

¿Ve al hombre que viene detrás mío?-le agarra por la pechera-¡Ayúdeme, lleva siguiéndome desde la puerta de mi casa!

RUBÉN

Tranquilícese hombre. Yo no veo a nadie

RODRIGO

¿De verdad que no hay nadie? No puede pasar otra vez, otra vez -casi llorando y suplicando-Por favor, si no es mucha molestia lléveme ante el doctor de esta tarjeta. He tomado mis pastillas pero no me han hecho efecto y tengo que visitar a mi doctor.

RUBÉN

Por supuesto, no se preocupe, ahora mismo vamos. ¡Silvia, nos vamos!

CORTE A

Rubén va de la mano con su hija Silvia dando un paseo.

SILVIA

Papa ¿Por qué hemos llevado a ese hombre al médico si no estaba malo?

RUBÉN

Porque hay enfermedades que están dentro de la cabeza y ese pobre hombre tiene una de esas.

SILVIA

¿Y por eso nos seguía el otro hombre para que no le pasará nada?

RUBÉN

¿Qué otro hombre?

SILVIA

El que nos seguía.

Escombros y Cenizas

Escombros y Cenizas

De repente todo se lleno de cenizas y no se veía nada, intente restregarme los ojos pero no se iban inmediatamente sino que se iban despejándose poco a poco. Gracias a eso empecé a ver a mi hermano mayor que ya había cogido la mochila con las necesidades básicas y yo cogí a mi primo pequeño que todavía no había llegado a aprender a andar. Salimos hacia el salón cuando mi primer pie se quedó sin suelo donde apoyarse y si no hubiera sido porque mi hermano me agarró y me arrastro hacia dentro otra vez me hubiera caído. Donde estaba el salón anteriormente ahora solo había un enorme agujero que dejaba la mitad del edificio al descubierto. Cinco pisos reducidos a solo uno en escombros. Siempre habíamos sabido que tendríamos que salir de nuestro hogar por la guerra pero entonces empezaron las explosiones y no nos atrevíamos a salir del edificio. Ahora no nos quedaba otro remedio.

Mi hermano por delante y yo corríamos bajando los tres pisos de escaleras y después cruzábamos toda la ciudad sin mirar atrás y llegamos al punto donde se suponía que nos íbamos a reunir toda la familia si pasaba algo así. Una pequeña colina a un kilómetro de distancia de la ciudad. A la mitad del camino mis pulmones ya se estaban cansando y mis piernas me empezaron a doler cuando comencé a subir la pendiente. Llegué sin ningún aliento y totalmente abatido pero llegué. Y entonces fue cuando miré para atrás.

Mi hermana mayor y mi madre venían a medio kilómetro seguidas de mis tíos y mi prima mayor y justo saliendo de la puertas de las ciudad salía mi abuelo. Nadie más salía corriendo de la ciudad en esta dirección. Ni mi padre, ni mi abuela, ni mis otros dos hermanos pequeños, ni mi otro primo. En ese momento comenzó de nuevo el bombardeo y pudimos ver como tres de esas bombas caían sobre nuestro, ya semidestruido, barrio cubriéndolo de cenizas y humo negro sin que nos dejar ver nada más.

Las lágrimas corrían por mi rostro como una cascada en deshielo lo que hacía que mi cara se limpiará mientras abrazaba a mi primo pequeño y mi familia llegaba a la colina.

Deje de contemplar la ciudad sin esperanza y observe a mi familia. Mi abuelo tenía los labios apretados en una línea delgada y los puños cerrados mientras que las lágrimas corrían por su cara. Mi hermano mayor abrazaba a mi madre de rodillas en el suelo que no paraba de llorar y gritar. Mi tío sostenía a mi prima y a mi tía como podía mientras miraba desesperado como las bombas en poco tiempo destrozaban lo que tanto tiempo nos había costado comprar. Todos los recuerdos, todas las ideas, todos los sufrimientos, todo siendo destrozado por la bombas en esos momentos.

Cuando más perdidos nos sentíamos, mi abuelo se hizo cargo de la situación y con su voz potente nos ordenó que dejáramos de mirar la ciudad que nada más podíamos hace y que nos fuéramos hacia la frontera donde si teníamos suerte habría un campamento de refugiados. Todos sabíamos que aunque nos fuéramos muy lejos esa visión de desolación total no nos iba a desaparecer nunca. Esa visión de escombros y cenizas nos perseguirá siempre.

Inspirar, espirar

Inspirar, espirar

-Yo les entretendré para que podáis escapar. Lo único que tenéis que hacer es dejar los carros a ambos lados del camino y luego ir lo más rápido que podáis. Cuando crucéis el primer paso tocad una vez el cuerno de batalla, dos veces tras el segundo paso y tres cuando lleguéis a un fuerte.

Es un día claro, sin nubes y el olor de los árboles en plena primavera inunda todo el camino. El hombre es fuerte, sus dos hombros vuelven a su posición de origen en vez de hundidos como si llevara un fuerte peso. Sus brazos musculosos, conseguidos a base de pasar todo el día dando martillazos en una fragua y que
debido a los acontecimientos tienen que adaptarse a usar la espada y el arco. Su frente ancha, por primera vez desde que huyó, desde que quemaran su fragua junto a su preciosa mujer y sus dos hijas gemelas, está relajada y tranquila.

Mientras sus compañeros preparan los carros y los abandonan como les ha pedido, él baja la cuesta que acaban de subir y coloca una cuerda de un lado del camino atada a dos árboles y dejándola tensa a la altura de sus tobillos. Cuando regresa a lo alto de la cuesta de nuevo sus compañeros se despiden de él y se
marchan los más rápido posible, incapaces de convencerle de que no lo haga; por lo menos intentarán que su sacrificio les permita conservar la vida. Le han dejado cinco carcaj de treinta flechas cada uno. Él saca las flechas de los carcajs y las va clavando al suelo cerca de su mano izquierda para cogerlas con facilidad cuando se acerquen los otros. Después tranquilamente va a hacer sus necesidades menores porque intentará aguantar lo máximo posible y para
eso hay que tener la mente tranquila.

Inspirar y espirar, inspirar y espirar es lo único que hace aparte de pensar en su mujer y en los buenos momentos antes de que todo esto comenzara. De los juegos con sus dos hijas pequeñas que posiblemente vuelva a ver muy pronto y sonríe.

Abre los ojos y mira al horizonte. A ambos lados del camino se encuentra el bosque florido lleno de ruidos animales y de bonitas melodías de los pájaros mientras que en el medio hay un pequeño camino de tierra seca en el que se otea una pequeña columna de polvo en suspensión que se acerca rápidamente; sabe que la provoca por la caballería que los lleva persiguiendo tres semanas desde el comienzo de su huida.

Inspirar y espirar, inspirar y espirar sin dejar de sonreír con la imagen de sus tres mujeres en la cabeza; se relaja mientras que llegan. Y de repente los jinetes entran en su campo de visión. Inspirar y espirar, inspirar y espirar. Coge una flecha y se prepara. Los jinetes tropiezan con su trampa y todos caen formando un montón en el que caballos y jinetes no se distinguen con facilidad. Inspirar y espirar, inspirar y espirar, apunta tranquilamente y suelta la cuerda; la flecha sale disparada en dirección de una cabeza que se acaba de levantar de la hecatombe.