Combate en el desierto

Combate en el desierto

Con los ojos clavados en el pequeño desierto que se extiende a sus pies:

– ¿Sigue con la idea de aceptar el reto?

Uno de sus más fieles consejeros sigue con las dudas sobre el combate individual.

– Mientras sigan mis órdenes, le puedo vencer fácilmente.

– Huele a hacer trampas desde aquí.

– También podemos ahorrar muchas víctimas, muchos muertos de ambos lados.

– Tú mandas, tú decides, pero por favor, cúbrete las espaldas.

– Ya lo tengo pensado.

Cuando se acerca el mediodía, hay movimiento en el otro lado del desierto. Del otro ejército se acerca un pequeño grupo de jinetes.

Del mismo ejército también se reune un pequeño grupo. Cada uno lleva a su campeón y los dejan solos para el combate. Un combate para decidir el destino, de dos ejércitos, de dos reinos, de multitud de vidas.

Se miran fijamente mientras empiezan a trazar un círculo en la arena. Una pequeña finta, una respuesta. Un minuto de calma, pasos tranquilos. Sudor derramándose. Los ojos fijos en el contrario.

Ambos llevan una armadura liviana de cuero. Únicamente el contrario lleva las grebas de hierro. Es más alto, más fuerte y lleva una horrible sonrisa en la cara. Empieza el juego de hablar:

– No quieres saber lo que te voy a hacerte después de matarte. Nunca debiste aceptar este combate.

No contesta. No necesita entrar en ese juego. Siguen dando vueltas mirándose:

– Después de acabar contigo acabaré con tu familia. Y con todo el mundo que te conocío. Nadie te recordará.

– Cutre.

– ¿El qué? – su sonrisa desaparece.

– Tu intento. Cutre y poco inteligente.

Ahora el que se cabrea es él. Lo ve en sus ojos. El juego ya no está dónde quiere. No ha conseguido el cabreo que esperaba. Y empieza a ponerse tenso. Ahora le toca sonreír.

– ¿Qué estás esperando? ¿A tus amigos?

– ¿De qué amigos hablas? -gruñe desde el interior de su garganta.

– Los de la cerbatana. Los que se supone que tienen que hacerme que pierda fuerzas, como en todas de tus victorias. ¿De verdad pensabas que te iba a funcionar? ¿De verdad pensabas que no lo iba a descubrir?

Gruñe cada vez más. Estaba en lo cierto. Hizo muy bien en enviar sus propios soldados. Más rabioso. Y es tan fácil….

El contrincante tiene un escudo redondo y su espada en cambio mientras que el otro oponente una espada en cada mano. Relaja los hombros. Deja el brazo dominante colgando flácidamente. Descansado. Lo entiende mal. Cree que se ha relajado. Carga rápidamente pero no tanto.

Se mueve con la velocidad de una serpiente dejando que embista a la nada mientras que sube el brazo dominante asciende destrozando la parte sin proteger por el cuero.

Para por fin con una herida por todo su costado. La rabia envuelve toda su cara. Nadie le había tocado en sus veinticinco combates. Ella lo sabía y por eso sonreía. Le tenía donde quería.

Vuelve a acercarse, está vez más cautamente. Se pone a la defensiva. Un amago hacia el lado del escudo. Acto reflejo de refugiarse en él. Con la otra mano clava la espada en el suelo cogiéndole el pie. Un grito resuena en todo el desierto. Descuida su protección. Y ella acaba rápido atravesándole la tráquea.

Recoge las espadas y tira el cuerpo. Se queda quieta mirando al otro ejército. Desafiante. Las espadas gotean. Nadie se mueve. Nadie se cree que una mujer haya acabado con el gran vencedor de combates. Excepto ella misma.

Venganza y Huida

Venganza y Huida

El día llegó. El plan del sargento era de lo mejor que había oído. Nos dividimos en los cuatro grupos que había diseñado. Salimos al amparo de la noche. Una noche oscura, sin luna, perfecta. Salimos por la zona que daba al resto del campamento que era donde menos vigilancia había.

El quinto grupo seguía como se esperaba de ellos, patrullando la zona. Lo esencial para que todo saliera bien es que fuera coordinado. Mi grupo tenemos unos cien latidos de corazón para llegar hasta nuestro objetivo. Despacio y sin ruido. Todas las armas están envueltas en telas. Aunque la respiración aumente, el corazón de un guerrero nunca debe hacerlo.

La tienda está fuertemente vigilada. Nos dividimos. Cada uno de los cuatro a una de las esquinas de la tienda. Justo cuando estamos en posición empieza el incendio en el otro lado del campamento. Mi centinela es el que se levanta a ver qué pasa. Lo aprovecho para adentrarme en la tienda. Otro de mis compañeros también entra.

Lo primero que nos llama la atención es que hay tres generales sentados en la mesa jugando a los naipes. El problema es obvio, somos dos y ellos tres. Sujetamos las pequeñas cerbatanas creadas por uno de nuestro grupo para este momento con los labios mientras empuño también el cuchillo; no es mi cuchillo especial porque lo perdí en la batalla donde supuestamente morí, pero he practicado con él a escondidas. Soplamos las cerbatanas y un momento después tiró el cuchillo al tercero. Caen los tres muertos sin enterarse de nada mientras que rápidamente, con las cuerdas que tenemos, atamos a dos de ellos a los respaldos de las sillas; al tercero lo sujeto con el atizador de las llamas mientras recupero el cuchillo.

Nos escabullimos por el mismo sitio que entramos sin que nadie se enteré de nada. Ninguno de los dos centinelas había vuelto a su posición. Nos reunimos los cuatro y nos dirigimos hacia las caballerizas. Los otros cuatros grupos se reunieron conmigo. El incendio está adquiriendo proporciones bíblicas.

Uno de los grupos se encargó de nuestros caballos y de coger provisiones para el viaje. Otro de ellos de extender el incendio lo máximo posible y por lo que se veía lo había hecho perfecto.

Mientras que el grupo restante fingía un ataque a nuestros centinelas y ayudaban a escapar a los rehenes. Si corren rápido llegaran al campamento que venían para su liberación. Si eran unos actores mediocres tendría que parecer que había muerto todos, tanto centinelas, como los atacantes. Además de haberlo incendiado todo después.

Pero…. Si solo faltáis vosotros, ¿No os echarán de menos? Eso te estás preguntando querido lector. El sargento lo ha previsto. ¿No estamos al lado de un sangriento campo de batalla? No es difícil encontrar dieciséis cuerpos que puedan ser quemados en nuestras tiendas para que si hacen falta encuentren sus restos en lugar de los nuestros.

Después de todo, nos hemos cansado de luchar. Si no, no hubiéramos aceptado el ofrecimiento de nuestro sargento. Si estamos muertos para todos, nadie nos buscará. Solo tenemos que huir. Después desaparecer. Si lees estas lineas, lo único que pido es que nos desees suerte. No nos busques, no nos encontraras.

Vida y Venganza

Vida y Venganza

Hace más de media tarde que el sargento se tuvo que ir a la reunión que le convocaron y estamos todos nerviosos. A lo mejor ya han descubierto nuestra trampa y viene hacía aquí para arrestarnos. Nos hemos dado hasta que el sol se ponga o viene el sargento o nos piramos todos.

Justo cuando el Sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, el sargento llega a nuestras tiendas. Seis tiendas con cuatro miembros cada una (al final aumentamos el número encontrando a ocho compañeros más) que crean un rectángulo cuyo centro es la tienda del sargento. La sonrisa en la cara y la tranquilidad iluminan su rostro.

– No se reconocen entre sí. Nos creen uno de ellos y lo mejor de todo, nos encargamos del perímetro de los prisioneros- Levanta las manos cuando empiezan los murmullos:- lo sé chicos pensáis que alguno de los nuestros nos puede reconocer. Lo dudo mucho. Solo son los generales. No cogieron rehenes de nuestra categoría, no somos interesantes para ellos. Lo mejor de todo es que de ellos podemos sacar mucha información.

Para ser exactos, informa el sargento, la parte del perímetro que nos toca vigilar es la del exterior, la interior no necesita vigilancia. El objetivo es que escuchemos las conversaciones porque si preguntásemos nosotros no nos dirían nada y además seguramente levantaríamos sospechas. Perfil bajo hasta que sepamos algo.

Después de tres días, en los que, sorprendentemente, el campamento no se levantó, empezaron las conversaciones. Los generales llegaron a las mismas conclusiones que nosotros y empezaron a repasar quienes faltaban. En total eran diez altos mandos de los cuales cinco eran muertes confirmadas. O eso se decía según sargento. Así que dos noches seguidas los que no estábamos de guardia nos fuimos a los lugares donde se suponía que habían caído. Encontramos a cuatro de muerte confirmada y a tres más que nadie sabía que les había pasado en una emboscada cuando intentaron huir. Por tanto, faltan tres altos mandos.

Hay que decir que en cuatro días y dos noches nuestra lista de traidores es de tres nombres. Dos generales de caballería y uno de infantería. Alguno de ellos es nuestro objetivo. Hay que descubrir donde están.

El sargento es más listo que nosotros. Él ya lo había previsto y se había estados esos cuatro días con otros sargentos, invitándolos a cualquier cosa, a estudiar el campamento. Seguimos sin movernos.

– Esto es lo que sé señores. En el norte de este campamento, justo en lado contrario a donde nos encontramos, hay una tienda que nadie sabe de quién es pero que tiene guardias en todo momento. Intuyo que nuestro traidor se encuentra allí protegido. Por otra parte, también se sabe que estamos esperando por qué dentro de tres días llegarán una comitiva para negociar la liberación de los rehenes. Ese será nuestro día. En ese día buscaremos nuestra venganza y si mi plan sale bien, nos iremos con los nuestros.

Dolor y Vida

Dolor y Vida

Tras el tremendo choque me quedo inconsciente. Cuando vuelvo abrir los ojos, todo está oscuro. El escudo encima de mí, aplastándome; me duele el brazo que lo soportaba. Por los laterales del mismo goteaba una sustancia líquida parduzca, parece sangre. Empujo con los pies para hacerme hueco como puedo y notó que lo que sea que haya encima de mí empieza a deslizarse. El peso deja de ser tan agobiante y me puedo levantar.

El paisaje a mi alrededor es desolador. De toda mi compañía solo yo estoy vivo. La carga la había aniquilado entera. A mí me salva que el caballo murió con mi lanza y cayera directamente encima de mí. Me han dado por muerto. A cualquier lado que miró hay un rastro de cadáveres, la mayoría con mis colores. Dirijo la mirada hacia el monte donde estaba mis comandantes. Ya no hay nadie.

Un pequeño destacamento del enemigo se acerca hacía mí con paso lento. Cojo la lanza de un compañero caído, me coló el escudo en el brazo izquierdo que queda casi inerte y respiro suavemente. Son quince hombres. No tienen prisa. Saben que estoy más muerto que vivo. Algunos portan arcos, pero, el jefe les mira y niega con la cabeza. Se quedan cinco de ellos detrás mirando alrededor, en modo guardia, el resto se acerca y el jefe se adelanta. Me mira:

– Muchacho, tranquilo. ¿Primer regimiento de lanceros?

Por lo menos reconoce cuál era mi oficio. Aunque esté muerto, mejor dar la impresión de ser educados.

– Señor, tercer batallón del primer regimiento de lanceros para ser exactos.

– Os llevasteis la peor parte. Nosotros somos el segundo batallón del segundo regimiento de infantes. Fuimos aniquilados cuando nuestra caballería huyó para proteger a los comandantes y nos dejaron solos

– ¿Perdón?

– Somos del mismo ejército solo que con ropas diferentes para no ser exterminados. Ellos también perdieron a mucha gente. No se darán cuenta. Cámbiate rápido, nosotros te cubrimos.

Mientras me cambio lo más rápido posible con la ropa de uno de los fallecidos que ha caído al lado mío, preguntó:

– ¿Cómo es que la caballería destrozó a mis compañeros lanceros?

– Caballería pesada. Tienen protecciones hasta los caballos. No pudisteis hacer nada. Alguien nos traicionó.

La Huida

La Huida

Se veía perfectamente la cabeza del objetivo. En el edificio de al lado y dos pisos por encima. Nada destacable. Un tiro sencillo. Hasta que todo cambio.

Empezaron a dispararme, ráfagas de balas pasan cerca de mí. Me escondo lo más rápido que puedo mientras la pared en la que estaba apoyado no hace ni cinco segundos se fragmenta y comienzan a lloverme trozos de escayola blanca. Todo esto era una trampa. Salgo corriendo hacia el pasillo cuando un lanzagranadas destroza el balcón del que acabo de salir. Alguien me tiene muchas ganas.

La recompensa por el trabajo, con el 50% adelantado, más todo el armamento que están usando. Alguien ha puesto mucha pasta para matarme.

Subo los escalones de dos en dos hasta la azotea. Cuando llego, más ráfagas de balas me persiguen mientras que respondo como puedo con mi propia metralleta. El cable de la tirolina está roto. Lo han descubierto. Vuelvo al edificio de nuevo. Bajo un piso, y mientras pienso en posible opciones el tramo de escalera del último piso explota por encima de mí. Corro escaleras abajo mientras los sucesivos tramos van cayendo cual fichas de dominó por la acción de las granadas de fragmentación.

Solo me queda un lugar por donde intentar escapar.

Me colocó la metralleta en la espalda mientras bajo los dos pisos que quedan. Saco las pistolas de sus fundas. Corro hacia la puerta principal, que está abierta. Apunto las pistolas a cada lado de la calle. Sin pensar me lanzo al exterior.

Si quieren mi cabeza tendrá que pagar el precio con sangre.

Salgo corriendo. Una ráfaga desde la derecha, respuesta de tres tiros. Dos ráfagas desde la izquierda, dos tiros más al norte y dos más al sur. Me tiró hacia el escaparate, lo reviento y entro de golpe en la tienda comestibles derribando una estantería. Una de las balas me ha dado en la pierna. Ha entrado limpia. Me arrastro por el pasillo mientras guardo las pistolas y cojo la escopeta que tengo al lado de la metralleta. Enriqueta se llevará a unos cuantos de por medio.

Entra uno por la puerta y recibe el primer disparo. Cae al suelo redondo. Se aproximan dos más por el escaparate que rompí. Uno de ellos recibe el segundo cartucho. Cargo rápido y el tercer también cae. Otro por la puerta. Me he quedado sin munición así que cambio a las gemelas; no son tan efectivas a corta distancia, pero hacen daño igual. Me sigo arrastrando hacia el fondo de la tienda. A medida que van entrando voy disparándoles y van cayendo al suelo.

Definitivamente he agotado toda la munición. Sólo me queda el cuchillo. Ya no se dan prisa en entrar, saben que estoy indefenso. Se aproxima el jefe, mi último aprendiz. Lo tenía que haber adivinado. Solo él podía conocer todos mis trucos.

-Hola jefe, hace mucho que no nos veíamos -sigue teniendo la misma cara de imbécil.

-¿Sigues igual de imbécil que cuando me dejaste?

Se parte de risa. Me ve acabado.

-Ahora mandó yo. Se acabaron los juegos y los trucos.

-Perdona que no te haga caso, me llaman para otro asunto -le lanzó el cuchillo por encima de la cabeza.

-Jefe estás perdiendo facultades.

-O no -Me tiró al sótano mientras la trampilla cae tras de mi. Le oigo gritar que vayan a por mí antes de todo salte por los aires. Siempre, siempre hay que tener una ruta de huida. Salgo cojeando por la parte de atrás de edificio mientras las sirenas de los bomberos empiezan a sonar.

El puente

El puente

Me saca del puente arrastrándome por los hombros una vez que lo había limpiado ella sola…. y van…. no sé cuántas veces hemos limpiado el puente, ya he perdido la cuenta.

Una vez más, antes de entrar en el bosque, deja todas las cosas que contienen hierro y también me despoja de las mías. Me deja apoyado en uno de los árboles más viejos de la zona. Sin mirar a nadie, simplemente al bosque dice:

-Yo volveré cuando pueda.

Dicho esto se da la vuelta se dirige al puente que otra vez están intentado cruzar. Es el mismo puente pero es diferente…. porque un escupefuego, de cinco metros lo ha invadido. Es más grande que el propio ancho de la estructura. Ahora sí que Jorelma ha decidido sacar a sus pesos pesados. No tenemos nada que… no tiene nada que hacer con el dragón.

En ese lado del puente les veo. Un grupo de cinco soldados han cruzado el puente cuando no les veíamos y se dirigen hacia mí.

El dolor de costado no me permite poner de pie y las armas están al inicio del bosque, a veinte pasos de distancia. No voy a poder llegar. Los soldados llegan al inicio del bosque y empiezan a reírse al ver que no puedo moverme. Las risas se convierten en gorgoteos cuando atraviesan sus cuellos unas diminutas flechas.

El dragón mientras tanto ha llegado a la mitad del puente. Empieza a aspira fuertemente y después escupe fuego por la boca. Asrim se esconde detrás del escudo mientras el puente empieza a hervir a causa del calor que desprende.

Asrim aprovecha el momento en que el escupefuego empieza a aspirar de nuevo para salir de detrás del escudo que ahora está ardiendo y grita:

-Este es mi puente y yo decidido que ahora es el momento de que se caiga.

Clava con todas sus fuerzas la lanza justo en el pilar central creando una enorme grieta que llega hasta los cimientos. El peso del dragón hace el resto. El puente empieza a derrumbarse. Asrim se da la vuelta, empieza a correr y enseguida llega la tierra firme. El escupefuego no puede girar debido a su tamaño y aunque intenta alcanzar a Asrim, cae al abismo.

En ese momento se me cierran los ojos, he perdido demasiada sangre.

Alergia

Alergia

La tensión era palpable en el ambiente. Cinco personas sudando,  que no dejan de mirar a la vez ordenadores las pantallas de sus ordenadores. Las diez manos teclean frenéticamente. Una pantalla gigantesca muestra las figuras moviéndose mientras que el público que llena las gradas grita por cada jugada.

Llevan más de dos horas jugando la final del torneo y el cansancio hace mella en los jugadores, quienes echan mano de sus bebidas refrescantes. Uno de ellos, nada más ingerirla se lleva la mano la pecho, se levanta de su silla con muchos temblores y se cae al suelo.

Los otros cuatros siguen jugando y matan virtualmente al que se ha caído al suelo. Este jugador sigue en el suelo y empieza a echar espuma por la boca mientras no para de temblar. Rápidamente entran en la sala dos sanitarios para atenderle junto con un guardia de seguridad.

Mientras tanto parece que el público no se ha dado cuenta de que un jugador ha caído. Para ellos solo ha muerto en la pantalla y quedan cuatro más compitiendo.

El médico mira al guarda de seguridad que se había acercado y le dice:

– Lo han hecho a propósito, estoy seguro. Le ha producido una reacción alérgica.

– ¿Estás seguro Alejandro?

– Segurísimo, es un asesinato.

Relato Cien Palabras

Relato Cien Palabras

Siempre me ha gustado entrar en un bar un día cualquiera y observar a la gente. Hoy es uno de esos días. Miro como una pareja de ancianos están más de media hora mirándose a los ojos sin decir nada, simplemente tomándose su café, como si se tratara de una película de amor. El otro cliente del bar de unos sesenta años, con bigote y perilla blanca y una camisa de manga corta con rayas horizontales rojas y blancas, pidió una copa de brandy de Jerez y le observé mientras se la tomaba. No sé de brandy pero observando a ese señor aprendí. Cuando se la sirvieron esperó un poco, luego se acercó la copa la nariz y aspiró levemente los aromas que desprendía y después la bebió poco a poco, en pequeños sorbos, saboreándola.

Atraco

Atraco

Cuando hay un atraco en un banco y hay rehenes y la policía llega tarde, la consecuencia es que investigan a todo el mundo, incluido a un pobre rehén que simplemente quería sacar dinero del cajero.

Mientras los últimos GEO comprobaban que no quedaba ningún atracador más dentro del banco, los rehenes, entre los que me incluyo, salíamos lo más deprisa que podíamos después de haber estado una hora tumbados en el frío suelo de la oficina.

Los policías habían acordonado la calle entera e interrogaban a todos los testigos por los acontecimientos. Uno de estos agentes me preguntó qué era lo que había pasado y empecé a recordar. Con un simple “No funciona”, a lo mejor no me había pasado todo esto. Un simple cartel que hubieran puesto en el cajero ahorrándome diez minutos de meter y sacar la tarjeta, de soplar la tarjeta, de limpiarla con la camiseta de los Rolling Stones  y, sobretodo, de desquiciarme. Cuando miré hacia atrás y observe toda la cola de gente que había producido, pensé que era un buen momento para entrar en la oficina y pedir amablemente a los cajeros que me dieran veinte euros de mi cuenta para poder invitar a comer a mi novia.

-Creo que no funciona. Probad el resto si queréis- les dije a las cinco personas que estaban detrás mío.

Dejé el cajero y me dirigí hacia la puerta de la oficina bancaria que se abre tirando pero yo, con toda la confianza del mundo, la empujo y me estrello. Definitivamente hoy no era mi mejor día.

Lo que más me sorprendió es que con mi habitual despiste entré tranquilamente con todas las llaves en el bolsillo; las de mi piso; las de mi garaje y las de mi Kawasaki Z 1000SX Tourer y pasé tranquilamente el detector de metales- ¿Cómo se puede pasar un detector de metales con los bolsillos llenos de llaves metálicas sin que suene ni te pare? Esa pregunta me rondó por la cabeza cuando me situaba en la cola para los cajeros humanos y todo se vino abajo.

Entraron rápidamente seis personas con caras de payasos y lo que era peor con unas metralletas muy largas. Uno se situó en la entrada mientras que los otros se abrían en abanico perfectamente coordinados:

-¡Todo el mundo al suelo! ¡Y que nadie se haga el héroe que no estamos en una película!

Dos se fueron rápidamente al mostrador de los cajeros, otros dos a las mesas y el tercero al despacho del director. El último se quedó en la puerta detrás de todos los rehenes y la cerró con un candado mientras decía:

-Nuestro objetivo es hacer el atraco rápido, sin tiros y fundamentalmente sin heridos. No se preocupen solo atacamos si nos atacan. No quiero ningún héroe muerto.

Su voz era relajada, tranquila, un poco cascada posiblemente por el alcohol o el tabaco, como si fuera un abuelo contando a su nieto un cuento para dormirle pero lo más raro era su forma de andar. Un andar tranquilo de un chaval de veinte años que no concordaba para nada con su voz, perfecto, en cualquier caso, para confundir a los testigos. Siempre daba paseos cortos vigilando a todos los rehenes.

Mientras que el que parecía que lideraba controlaba por detrás de nosotros, otros dos de sus compañeros se dedicaban a enchufar pen drives en los ordenadores del banco. El cuarto se puso encima la mesa de los cajeros y nos apuntaba a los rehenes con la metralleta, flanqueado a derecha e izquierda por otros de sus compañeros.

Con uno delante apuntándonos, el otro por detrás y otros dos en los laterales que no paraban de dar pequeños paseos ninguno de nosotros movía ni un solo músculo mientras sucedía todo.

En menos de dos minutos habían sacado todos los pen drives de los ordenadores y habían salido por la puerta del banco de la misma manera que habían entrado, muy rápido.

-Entonces ¿los atracadores salieron por donde entraron?- me preguntó el agente.

-Si señor eso creo, aunque no estoy seguro ya que me mantuve pegado al suelo- contesté.

-Muchas gracias. Si nos hace un último favor dele sus datos a ese agente para que podamos contactar con usted por si tenemos alguna duda sobre su testimonio- me pidió el agente.

Una vez que terminé intenté salir de todo este lío de agentes, testigos, rehenes, ambulancias, coches de policía con las sirenas puestas con un ruido ensordecedor, coches parados y sobre todo con una multitud de observadores anónimos que no dejaban de llegar. A empujones y a “perdón” o  “paso por favor” me moví unos tres metros en diez minutos  y aun así no veía el final del gentío.

De repente uno de esos reporteros que andan cazando noticias espectaculares para salir el mayor tiempo posible en el telediario de la noche me enchufó con su alcachofa y me preguntó:

-¿Me puede hablar del atraco?

-Sí claro le hablo de lo que quiera si me saca de aquí.

-Por supuesto. ¡Señores dejen pasar a este pobre hombre!

Después de que pude pasar, hice algo de lo que no me siento muy orgulloso.

-Señor, la verdad es que no he visto mucho. Solo sé que eran seis atracadores y que estaban muy bien organizados pero muchas gracias por sacarme de ese gentío.

-Gracias a usted, nadie quiere hablar conmigo- me respondió el reportero con una pequeña decepción en su cara a causa de la brevedad de mi relato. La verdad es que le podía haber dicho muchas más cosas pero me encontraba cansado y quería salir de allí ya.

Lo peor fue llegar al lado de mi  Kawasaki Z 1000SX Tourer y encontrármela caída y con una gran rallón en el lado derecho. Eso me va  a costar una pasta en el taller.

Esto demuestra que no es mi mejor día, aunque lo peor de todo es que todavía no es ni mediodía.

Se levanta rápidamente

Se levanta rápidamente

Se levanta rápidamente. Las explosiones se oyen demasiado cerca. Abre los ojos y se encuentra con la tienda vacía, sus compañeros acababan de salir. Eso quiere decir que están atacando el campamento. Se levanta rápidamente y sale sin ponerse nada. No tiene ningún arma y el ruido de los disparos está cada vez más cerca.

Corre hacia el refugio bajo tierra que tienen instalado para ocultar las armas de un ataque repentino. Baja las escaleras lo más rápido que puede mientras los disparos de una ametralladora le sigue agujereando la pared de al lado.

Con miedo acaba de bajar los escalones para encontrarse que no hay armas, solo un cuchillo. Lo coge cuando se da cuenta que los insurgentes le siguen. Se esconde en el almacén de los lanzamisiles ahora vacío. Las pisadas se acercan. Y de repente una voz:

-¿Papi? ¿Te pasa algo?

Se le escurren las lágrimas de los ojos. Otra vez lo mismo de siempre.

-¿Papi? ¿Puedo abrir la puerta?

Entre sollozos contesta:

-Sí cariño.

Cuando se abre la puerta y la luz de la cocina entra, su pequeña hija parece un ángel:

-¿Tienes un pesadilla?

-Si cariño pero porque estoy enfermo.

-¿Cómo cuando me dolía la tripita?

-Más o menos cariño pero lo mío es en la cabeza.

-¿Irás al médico para que te cure como a mí?

-Si mi amor lo haré.

Por detrás de su hija aparece su mujer con cara preocupada que la coge de la mano y le dice:

-Vamos cariño que mañana hay cole.

-Espera mami el señor Orejotas lo va a necesitar más papa para cuando vuelva a tener una pesadilla.