Cartagena de Indias

CARTAGENA DE INDIAS

Año mil setecientos cuarenta y uno de nuestro Señor. El calor persiste sin esperanza de lluvia. Un mes há que estamos bajo los cañones de los malditos ingleses. Defendemos como podemos Cartagena de Indias, aunque, a estas alturas, poco queda en pie.

Después del saqueo de Portobelo sabíamos que podíamos ser los siguientes. Los piratas nunca se sacian, por lo tanto, querrán cualquier posición de la Corona Española. Los españoles no les daremos esa satisfacción. Cartagena de Indias no caerá, aunque tengamos que dejarnos toda la sangre que tenemos defendiéndola.

Todo comenzó el trece de marzo cuando avistamos las velas del inglés. Los barcos cubrían el horizonte. Los esperados y deseados refuerzos no llegarán por mucho que les esperemos. Don Blas de Lezo, almirante destinado en Cartagena de India y experto en ganar partidas a los infieles se prestó para la defensa.

Al principio de todo, las fortalezas costeras sufrieron los malditos cañones. Poco quedan de ellos y de los valientes hermanos que intentaron aguantar a Vernon. Sé que le valieron la gran cantidad de velas que traían. Para que no entraran como Pedro por su casa, hundimos nuestros barcos en los dos accesos, Bocagrande y Bocachica. Más aun así los ingleses han conseguido pasar. Entonces, nos refugiamos en San Felipe que es arena de otro costal para el inglés.

La fortaleza de San Felipe de Barajas no consiguen tomarla. Los cañones no nos afectan tanto como en las otras fortalezas. Nosotros lo sabemos y ellos también. Después de un mes de que la primera vela inglesa apareciera por el horizonte seguimos aguantando. Cada vez se les ve más impacientes. Seguro que intentarán algo pronto.

Estamos esperando con guardias dobles en toda la fortaleza mientras siguen sonando los cañones. Al final, te acostumbras. Si durante un mes no te han dado, se convierten en sonido de fondo. Simplemente vigilas las esquirlas y los trozos que salen volando por todos lados para no quedar como el almirante Lezo. Le falta un ojo, un brazo y una pierna, atrás dejadas al servicio de la Corona, pago justo por un poco más de gloria. Cualquier otro se hubiera retirado para vivir tranquilamente en la Península, pero él no. La marina es su vida. En el Mediohombre, como le llamamos, no corre sangre en su cuerpo, sino agua salada. Necesita tanto el mar como la marina española le necesita a él.

Cuando parecía que todo se iba a convertir en mera monotonía, los perros ingleses salen del bosque por nuestra retaguardia. Eran muchos, como si hubieran desembarcado varios barcos a la vez. El bosque que teníamos en esa zona no nos ha permitido ver el desembarco. Los gritos del almirante Lezo se oyeron hasta en sus mismos barcos mientras nos organiza con tranquilidad. No necesitamos mucho para estar preparados. Las órdenes son sencillas: los que no estábamos de guardia en las almenaras que fuéramos a mantener la puerta, pero sin armas de fuego. Espadas y dagas. Cualquiera que se ha enfrentado a nuestra infantería, temerá al acero español. Nombra los viejos Tercios en Flandes y verás cómo los rebeldes se esconden.

Es el momento que los ingleses descubren nuestra pequeña sorpresa. Nos hemos pasado bastantes días cavando al lado de nuestros muros. De hecho, todavía tengo tierra en casi todo el cuerpo. Estaba intentando quitarla de las uñas, que molesta bastante, antes de que llegaran. Sus escalas no han servido para nada, se han quedado cortos al hacerlas. Nuestros mosquetes han abierto sus bocas escupiendo fuego con gran acierto. Muchos ingleses están descubriendo la buena puntería de los españoles. Aunque los arqueros indios no se andan a la zaga. Cada bala o cada flecha que salía de nuestra fortaleza tenía recepción en un cuerpo de los asaltantes.

Por tanto, solo queda el camino diseñado por el Mediohombre. Nuestras espadas y nuestras dagas. Basta con mirar la cara de estos desdichados que nacieron donde no debieron, lo sabes. No están preparados para esta lucha. Nosotros solo sabemos hacer una cosa. Pinchar, cortar, fintar y siguiente inglés. Mi espada entra en su entraña, dos tercios de acero y otro inquilino para el diablo. Los muertos se acumulan mientras que los piratas lo entienden. Por aquí no van a entrar.

La retirada comienza a entrar en su mente hasta que dejan de oír los gritos de sus altos mandos y empieza a correr en dirección contraria. El buen acero español cumple su labor.

Justo es el momento que espera el teniente para que el resto calaran sus bayonetas e hiciéramos una carga todos juntos. Cuando salimos de la fortaleza solo vemos la espalda de los invasores retirándose. Hasta que no empezamos a matarlos a los primeros no se dieron cuenta. Como se nota que nacieron en una isla y no en la Península. En vez de darse la vuelta y luchar hasta el final, siguen corriendo.

Después de todos los bombardeos, de las fortalezas abandonadas, de los compañeros muertos no necesitamos ni un grito para saber lo que hacer. Matar a todos soldados bajo la bandera británica que viéramos. El temple español vengaría cualquier afrenta inglesa. Con bayoneta o con nuestras simples espadas, muchos piratas mordieron el polvo.

Tras horas y horas, ya cansados, los ingleses pudieron correr más rápido que nosotros. Es entonces cuando nos retiramos a la fortaleza dejando un largo rastro de ingleses muertos bajo el acero español. En la misma vemos que nuestros compañeros de sufrimiento, los arqueros indios, se habían mantenido al margen por si necesitábamos de su ayuda. Dentro de la fortaleza montando guardia con sus arcos preparados. Hay que reconocerlo el Mediohombre está en todo.

Esos hombres luchan con verdaderos hermanos de sangre. Nosotros tenemos nuestros mosquetes y algún que otro viejo doce apóstoles. Ellos con sus arcos y flechas han metido en vereda a los piratas. Han nacido en la otra punta del mundo, aunque si me dijeran que son de nuestra amada Península también me lo creería. Por eso cuando vimos a Vernon no nos fuimos de Cartagena de Indias, ningún español deja atrás a sus hermanos sin luchar.

La vuelta a la fortaleza fue con tranquilidad, mirando nuestra espalda por si los ingleses intentan algo y con algo que habíamos olvidado. Sonrisas. Les hemos dado una lección que los ingleses tardaran mucho en curar.

Después de reunirnos dentro de la fortaleza esperamos. Y esperamos. Y esperamos. Los ingleses no volvieron. Ni volverán. Uno de los “renegados” que mandó Lezo vuelve con información. Los ingleses se han ido.

El segundo de los “renegados” llega con una sonrisa más grande que el primero. Vernon, dirigente de los piratas, ha tenido que hundir una gran parte de sus barcos por falta de marineros antes de levar anclas.

– ¡¡Maldito seas, Lezo!! – se le ha oído gritar mientras se iba de Cartagena de Indias.

Las risas de toda la fortaleza han quedado pequeñas comparadas con las de Mediohombre mientras lo contaba con una frase más.

– Toda la flota con la que vinieron y, ahora mismo, les quedará para hacer de cabornera. Si es que todavía les quedan ganas de seguir navegando.

Cartagena de Indias seguirá siendo española. Tendrá que reclutar a más gente para conquistarla si es que después de esto, hay algún inglés con ganas de venir a vernos. Nuestro acero ha probado la sangre pirata, y quiere conocer a más.

Traición 11: La batalla pasada

Traición 11: La batalla pasada.

Tras una semana y media de trayecto de los cuales dos días caminando entre las montañas llegan al río que hace de frontera entre los dos países y se acerca el final del trayecto.

– Este es nuestro final del camino juntos. A partir de ahora continuarás solo con el dinero que te han pagado. Yo que tú no volvería; solo encontrarías la muerte – le dice la general mientras que le dejaban, a parte del caballo que monta, una burra con las alforjas cargadas.

– ¿Para qué voy a volver? No tengo nada que hacer allí. Aunque anunciará todo lo que sé ante mis altos mandos me salvarán la vida. Al revés, huir todo lo que pueda de esto. Recogeré a mi familia del pueblo y huiremos por el mar. Con el dinero compraré una vida nueva para todos lejos de las luchas – dicho esto todos obligan al caballo y a la burra a seguir adelante en el río. Los animales se muestran recelosos del agua, pese a que en ese momento el río está muy tranquilo.

Los otros dos se dan la vuelta; les queda otra semana y media para volver. En tres semanas no se puede saber que podría haber montado a su vuelta así que tendrán que confiar en la palabra de que no va a volver.

– Mientras volvemos, general, me podías explicar que pasó después de que cayera en la lucha.

– ¿Qué había pasado?

– Cuando salían corriendo por detrás, reuní a una pequeña fuerza y cargamos directamente contra la puerta principal. Creo que aguantamos unos quince minutos hasta que fuimos rebasados. Nos mataron a todos mientras que a mí me tiraron al río.

Después de esos veinte minutos que nos disteis, pudimos ponernos cota de mallas y escudos. Mientras que una primera línea con los escudos y las espadas mantenían una defensa férrea las acometidas, los de detrás lanzábamos flechas para ocuparlos. Eran demasiados, demasiados y, aún así, aguantamos más de dos horas y media antes de que pudieran sobrepasarnos. Luego estuvieron más de media hora para cogernos vivos a los que quedábamos, pero vendimos cara nuestra piel.

– General, ¿cree que habrá más de los nuestros?

– Esa es una de las cosas que vamos a comprobar cuando volvamos a la capital. Si queda alguno de los nuestros lo liberaremos.

Combate en el desierto

Combate en el desierto

Con los ojos clavados en el pequeño desierto que se extiende a sus pies:

– ¿Sigue con la idea de aceptar el reto?

Uno de sus más fieles consejeros sigue con las dudas sobre el combate individual.

– Mientras sigan mis órdenes, le puedo vencer fácilmente.

– Huele a hacer trampas desde aquí.

– También podemos ahorrar muchas víctimas, muchos muertos de ambos lados.

– Tú mandas, tú decides, pero por favor, cúbrete las espaldas.

– Ya lo tengo pensado.

Cuando se acerca el mediodía, hay movimiento en el otro lado del desierto. Del otro ejército se acerca un pequeño grupo de jinetes.

Del mismo ejército también se reune un pequeño grupo. Cada uno lleva a su campeón y los dejan solos para el combate. Un combate para decidir el destino, de dos ejércitos, de dos reinos, de multitud de vidas.

Se miran fijamente mientras empiezan a trazar un círculo en la arena. Una pequeña finta, una respuesta. Un minuto de calma, pasos tranquilos. Sudor derramándose. Los ojos fijos en el contrario.

Ambos llevan una armadura liviana de cuero. Únicamente el contrario lleva las grebas de hierro. Es más alto, más fuerte y lleva una horrible sonrisa en la cara. Empieza el juego de hablar:

– No quieres saber lo que te voy a hacerte después de matarte. Nunca debiste aceptar este combate.

No contesta. No necesita entrar en ese juego. Siguen dando vueltas mirándose:

– Después de acabar contigo acabaré con tu familia. Y con todo el mundo que te conocío. Nadie te recordará.

– Cutre.

– ¿El qué? – su sonrisa desaparece.

– Tu intento. Cutre y poco inteligente.

Ahora el que se cabrea es él. Lo ve en sus ojos. El juego ya no está dónde quiere. No ha conseguido el cabreo que esperaba. Y empieza a ponerse tenso. Ahora le toca sonreír.

– ¿Qué estás esperando? ¿A tus amigos?

– ¿De qué amigos hablas? -gruñe desde el interior de su garganta.

– Los de la cerbatana. Los que se supone que tienen que hacerme que pierda fuerzas, como en todas de tus victorias. ¿De verdad pensabas que te iba a funcionar? ¿De verdad pensabas que no lo iba a descubrir?

Gruñe cada vez más. Estaba en lo cierto. Hizo muy bien en enviar sus propios soldados. Más rabioso. Y es tan fácil….

El contrincante tiene un escudo redondo y su espada en cambio mientras que el otro oponente una espada en cada mano. Relaja los hombros. Deja el brazo dominante colgando flácidamente. Descansado. Lo entiende mal. Cree que se ha relajado. Carga rápidamente pero no tanto.

Se mueve con la velocidad de una serpiente dejando que embista a la nada mientras que sube el brazo dominante asciende destrozando la parte sin proteger por el cuero.

Para por fin con una herida por todo su costado. La rabia envuelve toda su cara. Nadie le había tocado en sus veinticinco combates. Ella lo sabía y por eso sonreía. Le tenía donde quería.

Vuelve a acercarse, está vez más cautamente. Se pone a la defensiva. Un amago hacia el lado del escudo. Acto reflejo de refugiarse en él. Con la otra mano clava la espada en el suelo cogiéndole el pie. Un grito resuena en todo el desierto. Descuida su protección. Y ella acaba rápido atravesándole la tráquea.

Recoge las espadas y tira el cuerpo. Se queda quieta mirando al otro ejército. Desafiante. Las espadas gotean. Nadie se mueve. Nadie se cree que una mujer haya acabado con el gran vencedor de combates. Excepto ella misma.

Venganza y Huida

Venganza y Huida

El día llegó. El plan del sargento era de lo mejor que había oído. Nos dividimos en los cuatro grupos que había diseñado. Salimos al amparo de la noche. Una noche oscura, sin luna, perfecta. Salimos por la zona que daba al resto del campamento que era donde menos vigilancia había.

El quinto grupo seguía como se esperaba de ellos, patrullando la zona. Lo esencial para que todo saliera bien es que fuera coordinado. Mi grupo tenemos unos cien latidos de corazón para llegar hasta nuestro objetivo. Despacio y sin ruido. Todas las armas están envueltas en telas. Aunque la respiración aumente, el corazón de un guerrero nunca debe hacerlo.

La tienda está fuertemente vigilada. Nos dividimos. Cada uno de los cuatro a una de las esquinas de la tienda. Justo cuando estamos en posición empieza el incendio en el otro lado del campamento. Mi centinela es el que se levanta a ver qué pasa. Lo aprovecho para adentrarme en la tienda. Otro de mis compañeros también entra.

Lo primero que nos llama la atención es que hay tres generales sentados en la mesa jugando a los naipes. El problema es obvio, somos dos y ellos tres. Sujetamos las pequeñas cerbatanas creadas por uno de nuestro grupo para este momento con los labios mientras empuño también el cuchillo; no es mi cuchillo especial porque lo perdí en la batalla donde supuestamente morí, pero he practicado con él a escondidas. Soplamos las cerbatanas y un momento después tiró el cuchillo al tercero. Caen los tres muertos sin enterarse de nada mientras que rápidamente, con las cuerdas que tenemos, atamos a dos de ellos a los respaldos de las sillas; al tercero lo sujeto con el atizador de las llamas mientras recupero el cuchillo.

Nos escabullimos por el mismo sitio que entramos sin que nadie se enteré de nada. Ninguno de los dos centinelas había vuelto a su posición. Nos reunimos los cuatro y nos dirigimos hacia las caballerizas. Los otros cuatros grupos se reunieron conmigo. El incendio está adquiriendo proporciones bíblicas.

Uno de los grupos se encargó de nuestros caballos y de coger provisiones para el viaje. Otro de ellos de extender el incendio lo máximo posible y por lo que se veía lo había hecho perfecto.

Mientras que el grupo restante fingía un ataque a nuestros centinelas y ayudaban a escapar a los rehenes. Si corren rápido llegaran al campamento que venían para su liberación. Si eran unos actores mediocres tendría que parecer que había muerto todos, tanto centinelas, como los atacantes. Además de haberlo incendiado todo después.

Pero…. Si solo faltáis vosotros, ¿No os echarán de menos? Eso te estás preguntando querido lector. El sargento lo ha previsto. ¿No estamos al lado de un sangriento campo de batalla? No es difícil encontrar dieciséis cuerpos que puedan ser quemados en nuestras tiendas para que si hacen falta encuentren sus restos en lugar de los nuestros.

Después de todo, nos hemos cansado de luchar. Si no, no hubiéramos aceptado el ofrecimiento de nuestro sargento. Si estamos muertos para todos, nadie nos buscará. Solo tenemos que huir. Después desaparecer. Si lees estas lineas, lo único que pido es que nos desees suerte. No nos busques, no nos encontraras.

Vida y Venganza

Vida y Venganza

Hace más de media tarde que el sargento se tuvo que ir a la reunión que le convocaron y estamos todos nerviosos. A lo mejor ya han descubierto nuestra trampa y viene hacía aquí para arrestarnos. Nos hemos dado hasta que el sol se ponga o viene el sargento o nos piramos todos.

Justo cuando el Sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, el sargento llega a nuestras tiendas. Seis tiendas con cuatro miembros cada una (al final aumentamos el número encontrando a ocho compañeros más) que crean un rectángulo cuyo centro es la tienda del sargento. La sonrisa en la cara y la tranquilidad iluminan su rostro.

– No se reconocen entre sí. Nos creen uno de ellos y lo mejor de todo, nos encargamos del perímetro de los prisioneros- Levanta las manos cuando empiezan los murmullos:- lo sé chicos pensáis que alguno de los nuestros nos puede reconocer. Lo dudo mucho. Solo son los generales. No cogieron rehenes de nuestra categoría, no somos interesantes para ellos. Lo mejor de todo es que de ellos podemos sacar mucha información.

Para ser exactos, informa el sargento, la parte del perímetro que nos toca vigilar es la del exterior, la interior no necesita vigilancia. El objetivo es que escuchemos las conversaciones porque si preguntásemos nosotros no nos dirían nada y además seguramente levantaríamos sospechas. Perfil bajo hasta que sepamos algo.

Después de tres días, en los que, sorprendentemente, el campamento no se levantó, empezaron las conversaciones. Los generales llegaron a las mismas conclusiones que nosotros y empezaron a repasar quienes faltaban. En total eran diez altos mandos de los cuales cinco eran muertes confirmadas. O eso se decía según sargento. Así que dos noches seguidas los que no estábamos de guardia nos fuimos a los lugares donde se suponía que habían caído. Encontramos a cuatro de muerte confirmada y a tres más que nadie sabía que les había pasado en una emboscada cuando intentaron huir. Por tanto, faltan tres altos mandos.

Hay que decir que en cuatro días y dos noches nuestra lista de traidores es de tres nombres. Dos generales de caballería y uno de infantería. Alguno de ellos es nuestro objetivo. Hay que descubrir donde están.

El sargento es más listo que nosotros. Él ya lo había previsto y se había estados esos cuatro días con otros sargentos, invitándolos a cualquier cosa, a estudiar el campamento. Seguimos sin movernos.

– Esto es lo que sé señores. En el norte de este campamento, justo en lado contrario a donde nos encontramos, hay una tienda que nadie sabe de quién es pero que tiene guardias en todo momento. Intuyo que nuestro traidor se encuentra allí protegido. Por otra parte, también se sabe que estamos esperando por qué dentro de tres días llegarán una comitiva para negociar la liberación de los rehenes. Ese será nuestro día. En ese día buscaremos nuestra venganza y si mi plan sale bien, nos iremos con los nuestros.

Dolor y Vida

Dolor y Vida

Tras el tremendo choque me quedo inconsciente. Cuando vuelvo abrir los ojos, todo está oscuro. El escudo encima de mí, aplastándome; me duele el brazo que lo soportaba. Por los laterales del mismo goteaba una sustancia líquida parduzca, parece sangre. Empujo con los pies para hacerme hueco como puedo y notó que lo que sea que haya encima de mí empieza a deslizarse. El peso deja de ser tan agobiante y me puedo levantar.

El paisaje a mi alrededor es desolador. De toda mi compañía solo yo estoy vivo. La carga la había aniquilado entera. A mí me salva que el caballo murió con mi lanza y cayera directamente encima de mí. Me han dado por muerto. A cualquier lado que miró hay un rastro de cadáveres, la mayoría con mis colores. Dirijo la mirada hacia el monte donde estaba mis comandantes. Ya no hay nadie.

Un pequeño destacamento del enemigo se acerca hacía mí con paso lento. Cojo la lanza de un compañero caído, me coló el escudo en el brazo izquierdo que queda casi inerte y respiro suavemente. Son quince hombres. No tienen prisa. Saben que estoy más muerto que vivo. Algunos portan arcos, pero, el jefe les mira y niega con la cabeza. Se quedan cinco de ellos detrás mirando alrededor, en modo guardia, el resto se acerca y el jefe se adelanta. Me mira:

– Muchacho, tranquilo. ¿Primer regimiento de lanceros?

Por lo menos reconoce cuál era mi oficio. Aunque esté muerto, mejor dar la impresión de ser educados.

– Señor, tercer batallón del primer regimiento de lanceros para ser exactos.

– Os llevasteis la peor parte. Nosotros somos el segundo batallón del segundo regimiento de infantes. Fuimos aniquilados cuando nuestra caballería huyó para proteger a los comandantes y nos dejaron solos

– ¿Perdón?

– Somos del mismo ejército solo que con ropas diferentes para no ser exterminados. Ellos también perdieron a mucha gente. No se darán cuenta. Cámbiate rápido, nosotros te cubrimos.

Mientras me cambio lo más rápido posible con la ropa de uno de los fallecidos que ha caído al lado mío, preguntó:

– ¿Cómo es que la caballería destrozó a mis compañeros lanceros?

– Caballería pesada. Tienen protecciones hasta los caballos. No pudisteis hacer nada. Alguien nos traicionó.

La Huida

La Huida

Se veía perfectamente la cabeza del objetivo. En el edificio de al lado y dos pisos por encima. Nada destacable. Un tiro sencillo. Hasta que todo cambio.

Empezaron a dispararme, ráfagas de balas pasan cerca de mí. Me escondo lo más rápido que puedo mientras la pared en la que estaba apoyado no hace ni cinco segundos se fragmenta y comienzan a lloverme trozos de escayola blanca. Todo esto era una trampa. Salgo corriendo hacia el pasillo cuando un lanzagranadas destroza el balcón del que acabo de salir. Alguien me tiene muchas ganas.

La recompensa por el trabajo, con el 50% adelantado, más todo el armamento que están usando. Alguien ha puesto mucha pasta para matarme.

Subo los escalones de dos en dos hasta la azotea. Cuando llego, más ráfagas de balas me persiguen mientras que respondo como puedo con mi propia metralleta. El cable de la tirolina está roto. Lo han descubierto. Vuelvo al edificio de nuevo. Bajo un piso, y mientras pienso en posible opciones el tramo de escalera del último piso explota por encima de mí. Corro escaleras abajo mientras los sucesivos tramos van cayendo cual fichas de dominó por la acción de las granadas de fragmentación.

Solo me queda un lugar por donde intentar escapar.

Me colocó la metralleta en la espalda mientras bajo los dos pisos que quedan. Saco las pistolas de sus fundas. Corro hacia la puerta principal, que está abierta. Apunto las pistolas a cada lado de la calle. Sin pensar me lanzo al exterior.

Si quieren mi cabeza tendrá que pagar el precio con sangre.

Salgo corriendo. Una ráfaga desde la derecha, respuesta de tres tiros. Dos ráfagas desde la izquierda, dos tiros más al norte y dos más al sur. Me tiró hacia el escaparate, lo reviento y entro de golpe en la tienda comestibles derribando una estantería. Una de las balas me ha dado en la pierna. Ha entrado limpia. Me arrastro por el pasillo mientras guardo las pistolas y cojo la escopeta que tengo al lado de la metralleta. Enriqueta se llevará a unos cuantos de por medio.

Entra uno por la puerta y recibe el primer disparo. Cae al suelo redondo. Se aproximan dos más por el escaparate que rompí. Uno de ellos recibe el segundo cartucho. Cargo rápido y el tercer también cae. Otro por la puerta. Me he quedado sin munición así que cambio a las gemelas; no son tan efectivas a corta distancia, pero hacen daño igual. Me sigo arrastrando hacia el fondo de la tienda. A medida que van entrando voy disparándoles y van cayendo al suelo.

Definitivamente he agotado toda la munición. Sólo me queda el cuchillo. Ya no se dan prisa en entrar, saben que estoy indefenso. Se aproxima el jefe, mi último aprendiz. Lo tenía que haber adivinado. Solo él podía conocer todos mis trucos.

-Hola jefe, hace mucho que no nos veíamos -sigue teniendo la misma cara de imbécil.

-¿Sigues igual de imbécil que cuando me dejaste?

Se parte de risa. Me ve acabado.

-Ahora mandó yo. Se acabaron los juegos y los trucos.

-Perdona que no te haga caso, me llaman para otro asunto -le lanzó el cuchillo por encima de la cabeza.

-Jefe estás perdiendo facultades.

-O no -Me tiró al sótano mientras la trampilla cae tras de mi. Le oigo gritar que vayan a por mí antes de todo salte por los aires. Siempre, siempre hay que tener una ruta de huida. Salgo cojeando por la parte de atrás de edificio mientras las sirenas de los bomberos empiezan a sonar.

El puente

El puente

Me saca del puente arrastrándome por los hombros una vez que lo había limpiado ella sola…. y van…. no sé cuántas veces hemos limpiado el puente, ya he perdido la cuenta.

Una vez más, antes de entrar en el bosque, deja todas las cosas que contienen hierro y también me despoja de las mías. Me deja apoyado en uno de los árboles más viejos de la zona. Sin mirar a nadie, simplemente al bosque dice:

-Yo volveré cuando pueda.

Dicho esto se da la vuelta se dirige al puente que otra vez están intentado cruzar. Es el mismo puente pero es diferente…. porque un escupefuego, de cinco metros lo ha invadido. Es más grande que el propio ancho de la estructura. Ahora sí que Jorelma ha decidido sacar a sus pesos pesados. No tenemos nada que… no tiene nada que hacer con el dragón.

En ese lado del puente les veo. Un grupo de cinco soldados han cruzado el puente cuando no les veíamos y se dirigen hacia mí.

El dolor de costado no me permite poner de pie y las armas están al inicio del bosque, a veinte pasos de distancia. No voy a poder llegar. Los soldados llegan al inicio del bosque y empiezan a reírse al ver que no puedo moverme. Las risas se convierten en gorgoteos cuando atraviesan sus cuellos unas diminutas flechas.

El dragón mientras tanto ha llegado a la mitad del puente. Empieza a aspira fuertemente y después escupe fuego por la boca. Asrim se esconde detrás del escudo mientras el puente empieza a hervir a causa del calor que desprende.

Asrim aprovecha el momento en que el escupefuego empieza a aspirar de nuevo para salir de detrás del escudo que ahora está ardiendo y grita:

-Este es mi puente y yo decidido que ahora es el momento de que se caiga.

Clava con todas sus fuerzas la lanza justo en el pilar central creando una enorme grieta que llega hasta los cimientos. El peso del dragón hace el resto. El puente empieza a derrumbarse. Asrim se da la vuelta, empieza a correr y enseguida llega la tierra firme. El escupefuego no puede girar debido a su tamaño y aunque intenta alcanzar a Asrim, cae al abismo.

En ese momento se me cierran los ojos, he perdido demasiada sangre.

Alergia

Alergia

La tensión era palpable en el ambiente. Cinco personas sudando,  que no dejan de mirar a la vez ordenadores las pantallas de sus ordenadores. Las diez manos teclean frenéticamente. Una pantalla gigantesca muestra las figuras moviéndose mientras que el público que llena las gradas grita por cada jugada.

Llevan más de dos horas jugando la final del torneo y el cansancio hace mella en los jugadores, quienes echan mano de sus bebidas refrescantes. Uno de ellos, nada más ingerirla se lleva la mano la pecho, se levanta de su silla con muchos temblores y se cae al suelo.

Los otros cuatros siguen jugando y matan virtualmente al que se ha caído al suelo. Este jugador sigue en el suelo y empieza a echar espuma por la boca mientras no para de temblar. Rápidamente entran en la sala dos sanitarios para atenderle junto con un guardia de seguridad.

Mientras tanto parece que el público no se ha dado cuenta de que un jugador ha caído. Para ellos solo ha muerto en la pantalla y quedan cuatro más compitiendo.

El médico mira al guarda de seguridad que se había acercado y le dice:

– Lo han hecho a propósito, estoy seguro. Le ha producido una reacción alérgica.

– ¿Estás seguro Alejandro?

– Segurísimo, es un asesinato.

Relato Cien Palabras

Relato Cien Palabras

Siempre me ha gustado entrar en un bar un día cualquiera y observar a la gente. Hoy es uno de esos días. Miro como una pareja de ancianos están más de media hora mirándose a los ojos sin decir nada, simplemente tomándose su café, como si se tratara de una película de amor. El otro cliente del bar de unos sesenta años, con bigote y perilla blanca y una camisa de manga corta con rayas horizontales rojas y blancas, pidió una copa de brandy de Jerez y le observé mientras se la tomaba. No sé de brandy pero observando a ese señor aprendí. Cuando se la sirvieron esperó un poco, luego se acercó la copa la nariz y aspiró levemente los aromas que desprendía y después la bebió poco a poco, en pequeños sorbos, saboreándola.