Ulia

Ulia

Tras casi doce años a las órdenes del mejor comandante de Roma. Tras derrotar en las Galias a los bárbaros, en los montes griegos de Farsalia a los propios romanos de Pompeyo, vengar al mismo Pompeyo en Egipto, pacificar Mauritania de más romanos que quieren quitar la paz…, estamos aquí, en Hispania, para acabar esta guerra.

Nuestra primera meta es rescatar a las dos legiones leales que están siendo asediadas en la ciudad de Ulia. Julio César nos llama; siempre que necesita que alguien le haga el trabajo sucio, nos llama. Somos la legión que destrozó el flanco derecho pompeyano en los montes de Farsalia. La Legión X* de Roma. De nuestras diez cohortes* llama a solo seis para una trampa de las suyas. Sin nuestras segundas pieles, como las sentimos después de tantos años llevándolas, sin nuestras cotas de mallas que se quedan en el campamento. Nosotros, los elegidos, nos subimos en las grupas de nuestros compañeros, como ya hicimos en las Galias. El objetivo es cruzar la distancia que nos separa de Ulia durante la segunda vigilia, atravesando a los asediantes. Entrar en Ulia y atacar por sorpresa para liberar a nuestros hermanos de armas. Misión difícil, sí; porque si no ¿por qué nos lo ha ordenado a la Legión X César? Si fuera sencillo no sería nuestra tarea.

Esta misma noche, los dioses quieren ayudar a los valientes, y dejan caer una leve llovizna que, sin perjudicar el movimiento rápido de caballería, no permite la rápida identificación; al fin y al cabo, es una lucha entre romanos. Gracias a esa lluvia cruzamos sin ningún problema todo el terreno cercano a la ciudad. El único obstáculo que tenemos es cerca del campamento enemigo; un antiguo centurión, más perspicaz, nos detiene para preguntarnos:

– ¿A dónde vais?

En este caso lo mejor es esperar que la diosa de la Fortuna este contigo y contestar lo más cabreado que puedas:

– ¿A dónde vamos a ir centurión? A tomar Ulia de una vez por todas.

Dicho esto, el centurión nos deja pasar. Sin más incidentes, llegamos a Ulia donde nos abre las puertas. El legado elegido por César para esta misión es Lucio Vibio Pacieco. No espera ni un solo momento para ordenarnos que nos preparemos. Nos ponemos otras cotas de mallas que tienen las legiones de Ulia y dejamos de sentirnos desnudos, nos ajustamos las grebas. Los asediantes, sorprendidos por nuestro ataque desde el interior de la ciudad con más de tres mil ochocientos legionarios con los que no contaban, salen huyendo. Esta guerra entre romanos, entre hermanos, se decidirá en una última batalla. En una batalla en tierras hispanas.

Legión X* : Décima Legión de Roma.

Cohortes: Unidad militar de los ejércitos romanos. Una legión romana estaba compuesta por diez cohortes. Cada cohorte estaba formada por seis centurias. Cada centuria tenía ochenta legionarios.

La Toma de Steenwijk

La Toma de Steenwijk

– Señor, ¿cuánto nos costará tomar Steenwijk? Los hombres quieren recuperar a toda costa las casullas, las cruces y, sobre todo, la imagen de San Juan y la imagen de la Santísima Virgen. Estamos dispuestos a lo que sea, señor.

Francisco Verdugo, nuestro capitán general, me mira calmado, como casi siempre.

– No se preocupe Teniente Coronel. Nos costará justo lo que tengo aquí- Abre la mano enseñando cuarenta táleros de oro. Mi cara de sorpresa la recibe con una sonrisa. El Capitán General de Frisia nombrado por nuestro emperador Felipe II es especialmente bueno.

Antes del mediodía; tan solo él y yo miramos desde lejos Steenwijk, en manos de los rebeldes. Anoche parte de la guarnición de dicha ciudad había profanado varias iglesias que estaban a mi mando provocando mi rabia al no haber sido precavido robando lo anteriormente mencionado. Mientras estamos reunidos, una buena señora se reúne con nosotros, sin sombrero.

– Capitán general Verdugo, la altura del foso de Steenwijk, lo puede ver en mis piernas, no llega a mis rodillas. El sombrero no lo he podido recoger. Además, he oído decir a la guarnición que dejaban las imágenes católicas para proteger el portillo y que ellos se iban a coger una buena borrachera.

– Muchas gracias buena mujer por la información. Espero que estos dineros le permitan comprar un nuevo sombrero y pague nuestros agradecimientos a usted y a su marido.

Verdugo le entrega los cuarenta táleros de oro mientras que la señora asiente y se marcha alegre. Se fija en mí y me ordena.

– Teniente Coronel Taxis, coja los hombres necesarios y tome Steenwijk en nombre de nuestro emperador. Devolvamos a la Santísima Virgen al lugar de dónde nunca debió salir.

– Sí señor, cuente conmigo.

Los hombres ya están casi preparados para poder llegar. Anochece cuando nos dirigimos a cumplir nuestras órdenes. Las últimas lluvias han anegado todos los caminos; aún así, todos los hombres van felices a cumplir sus órdenes. Saber que esas imágenes están en manos de los herejes les quitan todos los males de encima, incluso con el agua a la altura de la cintura. Solo saben que esta misma noche pueden devolver a su origen a las imágenes o morir en el intento. Solo necesitan eso para pasar por caminos embarrados y zonas anegadas en plena noche con el equipamiento de una encamisada. Sin picas, espada en mano y mosquete preparado, pero sin tener nada encendido. Ni una luz. Dios nos provee la luz necesaria con la Luna y las estrellas que juraría yo que hoy iluminan más que ninguna otra noche sabiendo de nuestra misión.

Al llegar a Steenwijk, cruzamos rápidamente el foso que lo circunda, que,  como dijo la buena mujer, no llega a más de la rodilla. Situamos las escalas, subiendo a toda velocidad. Al llegar arriba de la muralla, comprobamos que no hay ni un solo defensor. La guarnición se tomó en serio en que las sagradas imágenes guardarían la muralla y, seguramente, ellos estén borrachos perdidos. Mejor para nosotros.

Doy la orden de tomar rápidamente todas las zonas de control que habíamos estudiado antes de llegar. Steenwijk lo tomamos en la noche de 17 de noviembre del año 1582 desde el nacimiento de nuestro señor Jesús Cristo sin tener que lamentar ni una sola pérdida católica en nombre de nuestro emperador español Felipe II

Al amanecer del día siguiente pudimos realizar una procesión con nuestra banderas en todos lo alto y nuestra mejores vestimentas para que todo lo robado por los herejes fuera devuelto a sus lugares sagrados.

* Una encamisada es un golpe de mano o golpe rápido dado por la noche para objetivos concretos. Los Tercios Españoles, y, sobre todo, los españoles que luchaban en ellos se convirtieron en unos expertos en las encamisadas. El nombre se da por la camisa blanca que se ponía encima de las armaduras para ser diferenciados de los enemigos.

El Socorro de Goes

El Socorro de Goes.

Es el 20 de octubre en el año 1572 del nacimiento de nuestro Señor Jesús Cristo, siendo el sexto año de guerra entre los rebeldes y las tropas de Su Majestad el emperador Felipe II.

Estando los soldados leales a Su Majestad, nuestros hermanos, defendiendo la ciudad de Goes al mando de don Isidro Pacheco, llega a nuestro conocimiento, a nosotros, las tropas del duque de Alba, que no aguantarán. No dejaremos solos a nuestros hermanos.

Don Fernando Álvarez de Toledo llama a nuestro mando, Sancho Dávila, para que acudamos prestos al auxilio de don Isidro Pacheco. Goes es una ciudad casi completamente rodeada por el mar, prácticamente una isla. Debido a que los herejes tienen controlados los puertos y el mar que podríamos ayudar, tendremos que utilizar alguna imaginativa operación para poder socorrerlos.

En buena hora llega el capitán Plomaert, flamenco pero leal al Emperador, con un plan. Cruzar uno de los ríos a pie, aprovechando que la mar se retira, con todo lo necesario para atender a la guarnición. Nuestros señores, tanto Sancho Dávila como Cristóbal de Mondragón, lo vieron viable con tres mil de entre mis hermanos. Los valones* y alemanes nos juntamos para poder llevarlo a buen término.

Fueron repartidos entre todos panes de munición de un kilo y la pólvora para nuestros compañeros de Goes que guardamos en una bolsa. Algunos de nosotros también guardamos nuestros antiguos doce apóstoles, es decir, nuestra bandolera con los frascos de pólvora y balas para doce disparos.

Una noche de verano con bastantes luces en el cielo. Nuestro Dios nos ayuda para cruzar el río. Cuando el mar se retira, situamos la bolsa en una pica que sujetamos con los dos brazos por encima de nuestras cabezas junto a nuestros arcabuces. Todo sea para que nada se moje. Sin ninguna armadura más, nos adentramos en el río. El agua nos llega hasta el pecho. El fondo lodoso dificulta el andar; el oleaje también nos golpea llevando el agua a la altura de nuestras barbillas. El agua sigue estando  fría. Tendremos que darnos prisa, antes de que la mar vuelva o se haga de día. Cualquiera de las dos cosas es nuestro final. Tanto el de Mondragón, Dávila y un tal Francisco Verdugo se dedicaron durante la noche a animarnos para seguir adelante mientras que los leales flamencos comprueban el camino por el que ir.

Cuando los primeros rayos de Sol empiezan aparecer en el horizonte, llegamos a la otra orilla. Aunque estamos cansados sabemos que no podemos esperar, Goes nos necesita y todavía nos encontramos lejos. Don Cristóbal de Mondragón y Sancho Dávila nos ordenan como un escuadrón, los españoles en la vanguardia, alemanes y valones detrás de nosotros. Así reactivaremos nuestros cuerpos entumecidos por el paso por el río. Marchando hacia el enemigo. Arcabuces cargados, las picas están listas.

Los rebeldes no nos esperan, cuando nos ven llegar solo hacen una cosa, correr. Correr a sus barcos. No necesitamos órdenes. El sufrimiento de nuestros compañeros de Goes y los muertos cruzando el río son vengados esta misma mañana. Muchos de los rebeldes no llegan a sus barcos. El resto tienen que huir. Goes sigue siendo de Su Majestad.

*habitantes de una de las tres regiones que componen Bélgica.

El Emperador del Sol

Desde lo alto de la loma se puede observar perfectamente la cantidad de soldados que ha traído el emperador. No es que sean ni dos por cada uno de los nuestros; tendremos suerte si el balance está en diez soldados por cada uno de los nuestros. Pero, nos favorece la altura; el que no se consuela es porque no quiere.

Mil quinientos piqueros están formados como lo hacían las antiguas falanges griegas. Líneas de picas en diferentes alturas convirtiéndose en un erizo. Justo delante, quinientos arqueros, los mejores de todos. Y ya están todos los soldados. Todos los soldados profesionales que hemos podido reunir para evitar que el Paso de los Elefantes caiga en manos del emperador del Sol.

Enfrente miles y miles de soldados entregados a la causa. A llevar su religión a los sitios más recónditos del continente, incluso a nuestro pequeño reino. Llevarlo con armas, fuego y sangre.

Al mediodía se ponen en movimiento hacia nuestra posición. Los arqueros empiezan tirando hacia el cielo para que las flechas lleguen más lejos mientras, que según se acercan, no tienen que tirar en perpendicular; solo tienen que tirar al bulto. Hay tantos soldados mal equipados que cada flecha lanzada es un enemigo caído. Pero no es suficiente, no sirve ni para que les entre el miedo. Siguen avanzando, son una ola imparable.

Los arqueros se retiran corriendo entre las filas de la falange. Al llegar a la parte de atrás sigue disparando sin parar. Hemos traído flechas de sobra. La falange cierra filas, aseguran los pies, se preparan para el choque que no se hace esperar. Las primeras filas de la marabunta son pinchadas y mueren en el lugar donde se encuentran. Empezamos a caminar hacia delante, empujando las últimas filas a las primeras para expulsar el poco espacio que habían conseguido ganar de la loma.

El resto de tarde intentamos mantener el terreno de la loma; la fuerza empieza a fallar cuando queda un cuarto de día. Los arqueros han conseguido situarse por encima de nosotros y disparar más a gusto hasta que su capitán grita:

– ¡¡LOBOS!! ¡¡Lobos de poniente!! ¡¡Los refuerzos han llegado!!

— ¡¡Falange adelante!! – gritó como puedo. Como un solo cuerpo, mi falange hace caso a su general.

Recuperamos toda la loma perdida hasta situarnos en el borde. Esta vez no vuelven a presionarnos inmediatamente. Vemos porque a su espalda, en la loma dónde construyeron su campamento, aparece una gran columna de humo de la que surgen miles de soldados montados sobre lobos.

– ¡¡Falange!! ¡¡HACHAS!!

Todos soltamos nuestras picas ensangrentadas para recoger las hachas que tenemos en la espalda. Me situó en la primera fila. El lobo del general se eleva en dos patas, a la vez que el general me saluda con su propia espada. Elevó mi hacha devolviendo el saludo. Es hora de acabar esta batalla. A nuestros pies los soldados del Emperador del Sol, que ahora no tienen a dónde huir.

Informe de Batalla

INFORME DE BATALLA

Soy la comandante Nikana Enitaplap, líder del escuadrón Omega de la Nodriza Cuarta. Quiero redactar este informe para alabar y ensalzar las muertes de mis compañeros en el cuarto vuelo de reconocimiento dentro del Sistema Solar Nori 39308.

La nave principal  llamada Nodriza -una gran bola en medio del espacio que no tiene defensas- está diseñada para la vida fuera de los planetas. Su función es mantener a todos los científicos haciendo su trabajo. Por eso salimos nosotros, los escuadrones de defensa. El escuadrón Omega tenía programada su salida para el viaje entre el cuarto y quinto planeta del Sistema Solar Nori 39308.

Durante el resto de las patrullas en este Sistema Solar no ha habido ningún problema, nada sospechoso. Parecía un buen Sistema Solar para instalar una esfera de Dyson y empezar la terraformación. Salimos rodeando la Nodriza preparados para cualquier imprevisto. Estamos todos tranquilos, alguna broma entre naves, nada por el radar. Tranquilidad.

Justo cuando ya llevábamos más de la mitad de camino al quinto planeta, aparecen de la nada. Más de cuarenta aeronaves ocupan todo el espacio posible del camino trazado. El radar, en ningún solo momento, mostró nada. Empezaron los juramentos, la tensión. Pasan rápido, son los pilotos más profesionales posibles.

¡Toda aeronave que pueda volar que salga ahora mismo de Nodriza; nosotros ganaremos tiempo! Mis pilotos entienden que hay que lograrlo como sea, lo que incluye dar su propia vida. Nadie dice nada más. Nos lanzamos en dirección de todas las naves enemigas como si no hubiera nada más en este mundo. Es nuestro deber y lo cumplimos sin miedo.

Cuento como cuarenta rayos saliendo de los enemigos en dirección a la Nodriza. Son rayos sostenidos y nuestra nave principal no aguantará mucho.  Mis pilotos se lanzan como perros salvajes hacia sus objetivos. No puedo seguir. Hicieron todo lo que era necesario. Ninguna de las naves atacantes logró sobrevivir. Por nuestra parte, el escuadrón Omega fue destruido casi hasta la última nave. El escuadrón Omega, mis pilotos, dieron la vida por los demás.

Ahora me llaman heroína. Puede que lo sea, pero mis pilotos también lo son. Solo yo sobreviví, pero ellos se merecen los mismos honores o inclusos mayores que yo.

Agustina

Por toda la ciudad se escuchan las explosiones de los cañones franceses. Pocos civiles nos atrevemos a salir de las casas para ayudar tanto al ejército como a la milicia que defiende Zaragoza. En la puerta más cercana a mi casa hay un cañón propio. Aunque las explosiones me mantienen en tensión, les llevo agua para que puedan calmar su sed y algo de comer, mientras mantienen a los franceses fuera. Voy cargada con un cubo en cada mano.

Al llegar me doy cuenta de que algo falla, en la puerta no suena el cañón. Dejo los cubos en el suelo y subo corriendo las escaleras. Toda la dotación del cañón está en el suelo, muerta o herida. Me entra el pánico. ¿Quién defenderá la puerta? Empiezo a gritar para que venga algún tipo de refuerzo mientras me asomó por la muralla mirando hacia fuera. Los franceses se acercan a la carrera para tomar la Puerta. Los cabrones deben saber lo que ha pasado; se me pasa todo el pánico y empiezo a llenarme de ira. Algo me sujeta la manga. Es uno de los artilleros con toda la camisa ensangrentada.

– Toma, tenemos cargado el cañón, sabes lo que tienes que hacer. Mata a esos malditos por mí.

Me entrega la mecha del cañón. Si quieren tomar esta puerta primero deberán aguantar un cañonazo. Pongo el cañón orientado hacia los franceses que vienen corriendo, preparó la mecha y cuando los tengo en lo que yo creo que es a tiro, la quemo. Me tapo los oídos cuando se acaba la mecha y sale disparada la bala. Se estrella cerca del grupo que corría incluso hiriendo a alguno de ellos. No quieren otro porque se dan la vuelta de nuevo a sus filas.

Un grito de alegría sale de lo más hondo de mi cuerpo mientras que un cabo llega a la carrera. Los refuerzos ya están aquí.

Fantasma

Relato de Fantasma

Las luces se van, me quedo totalmente a oscuras. La televisión se apaga. Gruño. Por decimosexta vez se han ido los plomos. Conforme me acercó por el pasillo a la entrada de la casa, veo una pequeña luminosidad. Está al lado de cuadro de luces. Una luz propia.

– ¿No querrás darme miedo apagándome las luces y, simplemente, haciéndote fluorescente?

– Esa era la idea sí. Además, que había dejado bastantes mensajes para que llegaras con miedo.

– ¿Qué mensajes?

Por mucho fantasma que se ponga, vuelvo a encender las luces y me dirijo de nuevo al salón.

– Yo no he visto ningún mensaje.

– ¿Cómo que no has visto ningún mensaje? ¿El vaho en el espejo mientras te duchabas?

– Es que salgo sin gafas y no veo. Limpio el vaho con la toalla.

– ¿Las cartas que te mandé con las letras cortadas de diversas revistas?

– ¡Ah! ¿Eran tuyas? Como ahora solo recibo cartas de publicidad, las tiré directamente a la basura.

– Las interferencias en la televisión ¿tampoco las viste?

– Pensé que estaba mal conectado.

Me había seguido hasta el salón donde me he sentado cara a la televisión. Se queda levitando a mi lado, enfadado.

– De verdad, es que a esta población de ahora no consigo darle ni un pequeño susto.

Entonces se me ocurre.

– Si quieres, voy a ver una película de miedo de Netflix. Quédate y podrás aprender de lo que da miedo ahora.

Se pone todo lo pensativo que puede ponerse un fantasma.

Teutoburgo 5

Teutoburgo 5

Me levanto. Estoy solo con una túnica. Me quito el polvo que se ha posado, voy recordando. Soy Marco Lentelio Centelo, centurión de la XIX legión de Roma. Veo que un hombre con una toga de patricio me mira con una sonrisa. Una sonrisa de padre orgulloso. No entiendo quién es, pero está orgulloso. No puede ser. Fuimos derrotados. Nadie puede estar orgulloso de perder las tres águilas y las tres legiones. Me mira tranquilamente esperando. Esperando mi pregunta. Una pregunta poco concisa, pero lo significa todo.

– ¿Qué ha pasado?

– Las legiones XVII, XVIII y XIX han muerto en el bosque Teutoburgo al mando del gobernador Varo. Tú has muerto con ellas.

– Si estoy muerto ¿Por qué me siento tan vivo?

– Tus legionarios se encargaron de pagar al barquero para que todos llegarais a mi reino. Bienvenido al Infierno, centurión Centelo – dice el hombre. Por lo tanto, tiene que ser Plutón. Espera lo justo para que me calen sus palabras y después continua – Tengo una propuesta que haceros, centurión. Quiero que seáis guardianes de mi reino. Sé lo que piensas, no es Roma. Como recompensa una vez al año podréis volver a verla de nuevo.

Perder las legiones. Ser derrotados. Perder las águilas. Aún así una nueva oportunidad. Ser los guardianes del Infierno. Ver Roma de nuevo. No hay que pensar nada más.

– Señor, yo no puedo hablar por mis soldados. Yo solo puedo decir que si puedo ver Roma de nuevo cuente conmigo.

– Sus legionarios ya han aceptado. Por favor, tome las armas que tiene delante centurión.

Miro mis pertenencias. En perfecto estado. Me coloco la coraza con destreza. La vaina del gladio a la derecha, como los centuriones. El casco de bronce con plumas en mi cabeza. Los pilums los agarro con una pequeña liana en la espalda. Cojo el escudo. Estiro un poco el cuello, como he hecho siempre después de colocarme todo. Me siento vivo.

– Señor, ¿Y mis hombres?

– Has tardado en despertarte algo menos de lo que esperaba. Tardarán poco en llegar – señala con su dedo detrás de mí. Empieza a aparecer una legión en movimiento.

Estás en una pequeña colina. En los pies de la misma empieza a formar las diez cohortes perfectamente en orden. Los centuriones gritan para hacerse oír por sus legionarios. Los tribunos, a caballo, circulan en toda la legión. Falta algo, más bien alguien. Dos puestos importantes. Falta un legado. Falta un primus pilus.

Un tribuno a caballo se acerca a mí. Veo que es Casio Querea.

– ¡¡Casio!! ¿No saliste del bosque?

– ¡¡Centelo!! Si, salí del bosque y llevé las noticias al emperador. Cumplí mi palabra. Escucha un momento– se lleva un dedo a labios indicando silencio. Justo en ese momento un pequeño sonido resuena por el valle en el que están «Quintilio Varo, Quintilio Varo, devuélveme mis legiones » – Te das cuenta, desde aquí se puede escuchar el tormento de Varo.

– Y durante toda la eternidad se podrá oír – apoya Plutón al lado nuestra.

– ¿Y entonces?

– Llevas dormido más tiempo del normal. Aunque aquí el tiempo es diferente. Treinta y dos años después, siendo pretoriano seguí tus palabras. Roma es más importante que cualquier emperador. El emperador de ese momento, Calígula, estaba destrozando Roma. No podía permitir que vuestras muertes fueran en balde. Maté al emperador. El siguiente me condenó por traición. – dice Casio Querea. Mantuvo su palabra.

– Es hora de que tome su lugar, centurión – dice con paciencia Plutón. La legión sigue formada a los pies de la colina

– Ahora mismo, señor – estoy a punto de dirigirme a la derecha, a las últimas cohortes, hacia el final de la legión cuando Plutón me para.

– No centurión, se está confundiendo. Su centuria es la primera centuria de la primera cohorte.

– Señor, no puede ser.

– Centurión, es mi reino. Puedo hacer lo que quiera. Usted será el centurión de más alto rango. Ya no existe más política, ni habrá más legado. No hace falta. El mejor primus pilus dirigirá la legión.

Corro hacia la izquierda. A la cohorte más amplia. La primera cohorte. En la primera centuria a la izquierda del todo veo un rostro conocido. El optio Regulo.

– Regulo, muchacho, me alegro de verte. ¿No podías ascender?

– Me lo ofreció señor, pero prefiero luchar con usted.

– Entonces muchacho prepárate para dirigir una centuria durante un tiempo. No tenemos legado, tendré que gobernar esta legión.

Miró hacia atrás. Todos los legionarios esperando a una orden. La mía.

– ¡¡PRIMERA LEGIÓN DEL INFRAMUNDO!! ¡¡AVANZAD!! ¡¡POR PLUTÓN!! ¡¡POR ROMA!!

Teutoburgo 4

Todos los centuriones se fueron a descansar con sus respectivas centurias mientras que Casio Querea y yo nos quedamos cerca de la tienda de mando.

– Tengo una misión para ti, tribuno. Es la más importante que se puede dar en este bosque. Necesito que huyas tribuno; tienes que huir con algunos de mis hombres, para que te cubran las espaldas. El emperador Augusto reformó el ejército para que hubiera veintiocho legiones. De esas veintiocho, tres están en este bosque. Augusto necesita saberlo lo antes posible. Y diez hombres podrán escapar por dónde tres legiones no pueden. El emperador debe saber lo que ha pasado aquí.

– Ni lo sueñes centurión. Yo me quedo con vosotros. Os lo debo. Soy el tribuno de la legión. Debo morir con vosotros.

– Tribuno Casio Querea, eres al único al que permitirán vivir sin matarlo por desertar. Tienes que ser tú y tiene que ser esta noche. Mañana nosotros lucharemos una última vez.

Se queda callado, pensativo. Se da cuenta que tengo razón. Que nadie más puede avisar a tiempo al emperador.

– Centurión Marco Lentelio Centelo, le prometo que llegaré a decirle al emperador la valentía que se ha dado aquí.

– Una última cosa, los legionarios que muramos mañana, no damos nuestra vida por el emperador. Los emperadores son simplemente humanos con más poder de los demás. Ya has oído por lo que luchamos. Roma. Roma está por encima de cualquier emperador. Está por encima de nuestras vidas. De nuestras almas. Del Augusto. No lo olvides nunca.

El tribuno me mira, ahora sí, a los ojos. Esas palabras en cualquiera otra circunstancia son motivo del delito de rebelión y muerte por lo mismo. Aquí y ahora, simplemente significan que no nos olvide nunca. Casio se cuadra ante mí.

– Ave César, el tribuno Casio Quera promete recordar vuestra lucha hasta el final. Ante los dioses como testigos, juro que llegaré a Roma y contaré vuestro sacrificio.

– Ave César, morituri te salutam.

Los diez hombres que he seleccionado de mi propia centuria para acompañar al tribuno está preparados cuando anochece. El tribuno Casio Querea está con ellos. No hace falta más despedida. Salen ocultos por la noche. El resto de los centuriones se reúnen conmigo para verlos salir. No hay tiempo para despedidas. Sabían que era la mejor opción para que Roma se preparará a la rebelión de Germania. A nosotros nos queda luchar para darles tiempo.

Esa misma noche los germanos solo consiguen quemar gran parte de nuestra empalizada. La parte que no habían destruido en el ataque continuado. Mañana lucharemos sin nada.

El sol sale entre las copas de los árboles. Las tres legiones nos situamos en línea recta. Ya no nos preocupa que nos rodeen. Sabemos que los estamos. Lucharemos hasta el final. El centro de nuestra formación, lo más importante de la batalla, lo ocupa mi legión, la XIX, mientras que la XVII y XVIII se encargan de los flancos. Frente a nosotros, entre los árboles, podemos divisar un número incalculable de germanos gritando, retándonos. Todas las tribus germanas se han reunidos para matarnos.  Hasta que aparece, con una cabeza de lobo como casco, Arminio, el jefe de nuestras tropas de avanzadilla. El jefe de los queruscos. El artificie de la emboscada. Llega con dos lanzas coronadas con dos cabezas cada una.

– ¡¡Legionarios de Roma!! Aquí están el gobernador Varo, líder de esta expedición, y el jefe de vuestra caballería. No tenéis ninguna opción de salir de este bosque con vida. Deponed las armas y dadnos vuestras águilas. Armin, líder de los queruscos os da su solemne palabra de perdonar vuestras vidas. ¡¡Solo queremos las águilas!!

Menos mal que avise a todos de lo que iba a pasar. Me encargué de que todo legionario tuviera un óvolo. Mi consejo es que se lo intentarán tragar. Para poder pagar al barquero. Para poder llegar al reino de Plutón con honores. Nadie retrocede. Somos legionarios sabemos que podía pasar. Ahora me toca a mí.

– Arminius – uso su nombre en latín para cabrearle – ¡¡Arminius!! Si quiere nuestras águilas ¡¡Ven tú mismo a por ellas!! – a mi orden los aquilifer de cada legión levanta lo más alto que pueden las águiles – ¡¡POR ROMA!!

Como una sola voz. Como una sola garganta. Los hombres que quedan de tres legiones. Gritan lo mismo.

– ¡¡POR ROMA!!

Y cargamos. No pienso esperar. Las órdenes que di fueron sencillas. Levantad las águilas y cargad. Por Roma.

Los germanos gritan de orgullo. Seguramente no hayan entendido nada de nuestra conversación, pero solo saben que vamos a luchar. Luchar hasta la muerte. Eso sí lo entienden.

El primer golpe con su línea es perfecto. Cayo Mario estaría orgulloso de verlo. Las legiones que él ideó cargando y destrozando. Los pocos pilums que manteníamos fueron lanzados por las segundas líneas mientras que la primera línea destroza. El problema es que combatimos en un bosque. En poco tiempo nuestra mayor ventaja táctica se disuelve. No podemos mantener la cohesión. Aunque intentamos cambiar las filas para mantener frescos a los legionarios, no podemos. Se convierte en una lucha personal.

El primer germano que me encuentro levanta su espada con las dos manos, pero no le da tiempo a más. Le clavo el gladius en el corazón y muere. El siguiente es más precavido. Espera cubierto con su escudo mientras mantiene el hacha en alto. Lo que no se da cuenta es que mi escudo es mucho más grande. Le cargo con él. Y vuelvo a pinchar con el gladio. En ningún sitio importante pero aun así se descuida. Pierde el hacha. Intenta recuperarla, no se lo permito. Le doy fuerte escudo con escudo. Se cae de espaldas y es atravesado por uno de los pilums del suelo.

Algo cae encima de mí. Un germano que se ha tirado de las ramas. Intento girarme, pero no puedo. Clavo, clavo, clavo y vuelo a clavar el galium. El germano pierde su fuerza. Consigo quitármelo de encima. Y lo veo. Un círculo de cinco germanos me rodea. Es el fin. Un último grito antes de una lucha sin posibilidades.

-¡¡Roma!!

Relato de Navidad

25 de diciembre de 1914

Estimada madre,

Después de todas las cartas que le he mandado sobre esta guerra, increíblemente, madre, hemos tenido una situación de fraternidad con los alemanes. En la mañana de ayer, empezaron a cantar algo en alemán. Aunque no entendíamos la letra, la melodía claramente era la “Campanas de Belén”. Nosotros también empezamos a cantar en inglés. En ese momento, recordé cuando lo celebrábamos en casa, cuando oíamos a un vecino, nos uníamos a sus cantos.

Nuestro capitán llegó escuchando nuestro cántico. Se contagió del espíritu navideño. No tiene otra explicación ya que salió a campo abierto hacia la trinchera alemana. A la vez, el capitán alemán le imitaba desde el otro lado. Acordaron enterrar a los soldados caídos conjuntamente y celebrar un partido de fútbol por Navidad.

Hoy nos hemos vestido con nuestras mejores galas. Por fin, hemos podido a enterrar a todos nuestros compañeros que se quedaron entre ambas trincheras. Según acabe de escribir esta carta, iré a jugar el partido; soy el portero, como de pequeño.

Te seguiré escribiendo madre.

Espero que en casa esté todo bien.

Feliz Navidad a padre y a usted.