Cartagena de Indias

CARTAGENA DE INDIAS

Año mil setecientos cuarenta y uno de nuestro Señor. El calor persiste sin esperanza de lluvia. Un mes há que estamos bajo los cañones de los malditos ingleses. Defendemos como podemos Cartagena de Indias, aunque, a estas alturas, poco queda en pie.

Después del saqueo de Portobelo sabíamos que podíamos ser los siguientes. Los piratas nunca se sacian, por lo tanto, querrán cualquier posición de la Corona Española. Los españoles no les daremos esa satisfacción. Cartagena de Indias no caerá, aunque tengamos que dejarnos toda la sangre que tenemos defendiéndola.

Todo comenzó el trece de marzo cuando avistamos las velas del inglés. Los barcos cubrían el horizonte. Los esperados y deseados refuerzos no llegarán por mucho que les esperemos. Don Blas de Lezo, almirante destinado en Cartagena de India y experto en ganar partidas a los infieles se prestó para la defensa.

Al principio de todo, las fortalezas costeras sufrieron los malditos cañones. Poco quedan de ellos y de los valientes hermanos que intentaron aguantar a Vernon. Sé que le valieron la gran cantidad de velas que traían. Para que no entraran como Pedro por su casa, hundimos nuestros barcos en los dos accesos, Bocagrande y Bocachica. Más aun así los ingleses han conseguido pasar. Entonces, nos refugiamos en San Felipe que es arena de otro costal para el inglés.

La fortaleza de San Felipe de Barajas no consiguen tomarla. Los cañones no nos afectan tanto como en las otras fortalezas. Nosotros lo sabemos y ellos también. Después de un mes de que la primera vela inglesa apareciera por el horizonte seguimos aguantando. Cada vez se les ve más impacientes. Seguro que intentarán algo pronto.

Estamos esperando con guardias dobles en toda la fortaleza mientras siguen sonando los cañones. Al final, te acostumbras. Si durante un mes no te han dado, se convierten en sonido de fondo. Simplemente vigilas las esquirlas y los trozos que salen volando por todos lados para no quedar como el almirante Lezo. Le falta un ojo, un brazo y una pierna, atrás dejadas al servicio de la Corona, pago justo por un poco más de gloria. Cualquier otro se hubiera retirado para vivir tranquilamente en la Península, pero él no. La marina es su vida. En el Mediohombre, como le llamamos, no corre sangre en su cuerpo, sino agua salada. Necesita tanto el mar como la marina española le necesita a él.

Cuando parecía que todo se iba a convertir en mera monotonía, los perros ingleses salen del bosque por nuestra retaguardia. Eran muchos, como si hubieran desembarcado varios barcos a la vez. El bosque que teníamos en esa zona no nos ha permitido ver el desembarco. Los gritos del almirante Lezo se oyeron hasta en sus mismos barcos mientras nos organiza con tranquilidad. No necesitamos mucho para estar preparados. Las órdenes son sencillas: los que no estábamos de guardia en las almenaras que fuéramos a mantener la puerta, pero sin armas de fuego. Espadas y dagas. Cualquiera que se ha enfrentado a nuestra infantería, temerá al acero español. Nombra los viejos Tercios en Flandes y verás cómo los rebeldes se esconden.

Es el momento que los ingleses descubren nuestra pequeña sorpresa. Nos hemos pasado bastantes días cavando al lado de nuestros muros. De hecho, todavía tengo tierra en casi todo el cuerpo. Estaba intentando quitarla de las uñas, que molesta bastante, antes de que llegaran. Sus escalas no han servido para nada, se han quedado cortos al hacerlas. Nuestros mosquetes han abierto sus bocas escupiendo fuego con gran acierto. Muchos ingleses están descubriendo la buena puntería de los españoles. Aunque los arqueros indios no se andan a la zaga. Cada bala o cada flecha que salía de nuestra fortaleza tenía recepción en un cuerpo de los asaltantes.

Por tanto, solo queda el camino diseñado por el Mediohombre. Nuestras espadas y nuestras dagas. Basta con mirar la cara de estos desdichados que nacieron donde no debieron, lo sabes. No están preparados para esta lucha. Nosotros solo sabemos hacer una cosa. Pinchar, cortar, fintar y siguiente inglés. Mi espada entra en su entraña, dos tercios de acero y otro inquilino para el diablo. Los muertos se acumulan mientras que los piratas lo entienden. Por aquí no van a entrar.

La retirada comienza a entrar en su mente hasta que dejan de oír los gritos de sus altos mandos y empieza a correr en dirección contraria. El buen acero español cumple su labor.

Justo es el momento que espera el teniente para que el resto calaran sus bayonetas e hiciéramos una carga todos juntos. Cuando salimos de la fortaleza solo vemos la espalda de los invasores retirándose. Hasta que no empezamos a matarlos a los primeros no se dieron cuenta. Como se nota que nacieron en una isla y no en la Península. En vez de darse la vuelta y luchar hasta el final, siguen corriendo.

Después de todos los bombardeos, de las fortalezas abandonadas, de los compañeros muertos no necesitamos ni un grito para saber lo que hacer. Matar a todos soldados bajo la bandera británica que viéramos. El temple español vengaría cualquier afrenta inglesa. Con bayoneta o con nuestras simples espadas, muchos piratas mordieron el polvo.

Tras horas y horas, ya cansados, los ingleses pudieron correr más rápido que nosotros. Es entonces cuando nos retiramos a la fortaleza dejando un largo rastro de ingleses muertos bajo el acero español. En la misma vemos que nuestros compañeros de sufrimiento, los arqueros indios, se habían mantenido al margen por si necesitábamos de su ayuda. Dentro de la fortaleza montando guardia con sus arcos preparados. Hay que reconocerlo el Mediohombre está en todo.

Esos hombres luchan con verdaderos hermanos de sangre. Nosotros tenemos nuestros mosquetes y algún que otro viejo doce apóstoles. Ellos con sus arcos y flechas han metido en vereda a los piratas. Han nacido en la otra punta del mundo, aunque si me dijeran que son de nuestra amada Península también me lo creería. Por eso cuando vimos a Vernon no nos fuimos de Cartagena de Indias, ningún español deja atrás a sus hermanos sin luchar.

La vuelta a la fortaleza fue con tranquilidad, mirando nuestra espalda por si los ingleses intentan algo y con algo que habíamos olvidado. Sonrisas. Les hemos dado una lección que los ingleses tardaran mucho en curar.

Después de reunirnos dentro de la fortaleza esperamos. Y esperamos. Y esperamos. Los ingleses no volvieron. Ni volverán. Uno de los “renegados” que mandó Lezo vuelve con información. Los ingleses se han ido.

El segundo de los “renegados” llega con una sonrisa más grande que el primero. Vernon, dirigente de los piratas, ha tenido que hundir una gran parte de sus barcos por falta de marineros antes de levar anclas.

– ¡¡Maldito seas, Lezo!! – se le ha oído gritar mientras se iba de Cartagena de Indias.

Las risas de toda la fortaleza han quedado pequeñas comparadas con las de Mediohombre mientras lo contaba con una frase más.

– Toda la flota con la que vinieron y, ahora mismo, les quedará para hacer de cabornera. Si es que todavía les quedan ganas de seguir navegando.

Cartagena de Indias seguirá siendo española. Tendrá que reclutar a más gente para conquistarla si es que después de esto, hay algún inglés con ganas de venir a vernos. Nuestro acero ha probado la sangre pirata, y quiere conocer a más.

Traición 11: La batalla pasada

Traición 11: La batalla pasada.

Tras una semana y media de trayecto de los cuales dos días caminando entre las montañas llegan al río que hace de frontera entre los dos países y se acerca el final del trayecto.

– Este es nuestro final del camino juntos. A partir de ahora continuarás solo con el dinero que te han pagado. Yo que tú no volvería; solo encontrarías la muerte – le dice la general mientras que le dejaban, a parte del caballo que monta, una burra con las alforjas cargadas.

– ¿Para qué voy a volver? No tengo nada que hacer allí. Aunque anunciará todo lo que sé ante mis altos mandos me salvarán la vida. Al revés, huir todo lo que pueda de esto. Recogeré a mi familia del pueblo y huiremos por el mar. Con el dinero compraré una vida nueva para todos lejos de las luchas – dicho esto todos obligan al caballo y a la burra a seguir adelante en el río. Los animales se muestran recelosos del agua, pese a que en ese momento el río está muy tranquilo.

Los otros dos se dan la vuelta; les queda otra semana y media para volver. En tres semanas no se puede saber que podría haber montado a su vuelta así que tendrán que confiar en la palabra de que no va a volver.

– Mientras volvemos, general, me podías explicar que pasó después de que cayera en la lucha.

– ¿Qué había pasado?

– Cuando salían corriendo por detrás, reuní a una pequeña fuerza y cargamos directamente contra la puerta principal. Creo que aguantamos unos quince minutos hasta que fuimos rebasados. Nos mataron a todos mientras que a mí me tiraron al río.

Después de esos veinte minutos que nos disteis, pudimos ponernos cota de mallas y escudos. Mientras que una primera línea con los escudos y las espadas mantenían una defensa férrea las acometidas, los de detrás lanzábamos flechas para ocuparlos. Eran demasiados, demasiados y, aún así, aguantamos más de dos horas y media antes de que pudieran sobrepasarnos. Luego estuvieron más de media hora para cogernos vivos a los que quedábamos, pero vendimos cara nuestra piel.

– General, ¿cree que habrá más de los nuestros?

– Esa es una de las cosas que vamos a comprobar cuando volvamos a la capital. Si queda alguno de los nuestros lo liberaremos.

Traición 10: El interrogatorio

Traición 10: El interrogatorio.

Después del intento de emboscada, en el claro del bosque sólo quedan tres de los asaltantes con vida. Están totalmente sujetos tanto por las cuerdas que atan sus muñecas como por las espadas que les apuntan.

Mientras su guardia los mantiene presos, la reina se acerca para interrogarlos:

– Tengo entendido que no queríais que acabara así. La pena por un intento de asesinato real es la horca.

– No diremos nada – dice uno de los presos. Mantiene la cabeza alta, orgullosa; no tiene ninguna herida visible. El otro se ve que sufre por la herida que tiene en el estómago, provocada por una flecha.

– Cogedle y sacadlo del claro.

– ¡Moriré sin decir nada! – grita mientras le obligan a irse a pie por la hierba.

La reina espera hasta que desaparece de la vista y no puede oír lo que le dice al otro.

– Si no se te hacen las curas morirás aquí mismo. Tú lo sabes y tu compañero también. Tengo una oferta que no podrás rechazar. Me dices quién te envía y qué quiere y a ojos de todos has muerto por la herida.

– ¿Me va a matar después de todo?

– No. Te ofrezco seguir con vida si me cuentas todo. Para el resto del mundo has muerto, pero podrás huir siempre que no vuelvas.

– El ejército mercenario planeó este ataque. Si matábamos a la reina como si fuéramos seguidores del Gran Sol, el rey nos dejaría sueltos y tendríamos plenos poderes. Queremos gobernar el reino.

La reina le mira fijamente y se vuelve tranquilamente ante las dos personas que la habían avisado de la emboscada. Los dos asintieron con la cabeza.

– Nosotros nos encargaremos de sacarlo del reino. Le esconderemos, protegeremos y les ayudaremos a pasar la frontera.

– Entonces todo de acuerdo, solo falta que el rey se enteré de esto.

– Majestad, perdone que la interrumpa yo recomiendo que el rey no sepa nada. – interrumpe la capitana de su guardia -Ahora mismo estamos fuera de cualquier ayuda de nuestro ejército. Los mercenarios tendrán más gente que nosotros y pueden lanzarse al ataque. Hemos sufrido una emboscada, pero la hemos rechazado sin tener ningún rehén. Han muerto todos. Cuando mi hermano y su amiga vuelvan de la frontera planearemos el siguiente golpe.

– Entonces ¿yo voy a morir o no? – pregunta preocupado el mercenario.

Relato 9: La Emboscada

Relato 9: La Emboscada.

Llevan toda la mañana siguiendo al grupo de mercenarios. El plan que tienen es simple: seguirlos hasta dispongan de una oportunidad para atacarles. Cuando menos se lo esperen.

El problema que tienen es que van en caballos, y, aunque sea un bosque, van más rápido. Ellos los siguen a pie, pues al hacerse pasar por esclavos no pueden tener caballos. Han corrido sin descanso.

Al final se paran y escuchan la conversación.

– Aquí está la reina. Recordad, tenéis que haceros pasar por seguidores del Gran Sol. Ahora rodeadlos para que nadie escape y pueda dar la voz de alarma.

Los veintes mercenarios, al separarse, se dividen parejas y rodean al grupo de la reina y a su guardia. Quedan cuatro para coordinar el ataque.

Ellos, sin apenas recuperar el aliento se lanzan al ataque. Desenvainan una espada cada uno. A los dos primeros mercenarios les clavan las espadas en el cuello y los derriban. Se montan rápidamente en los caballos para tener altura. Los otros dos se han dado la vuelta.

– ¡Cuidado, mi reina, una emboscada! ¡Dirigíos al oeste todavía no está cerrada!

El grito sale de la general mientras que los otros dos ya han dado la vuelta a los caballos. Antes de que los mercenarios tengan tiempo de reaccionar han cargado contra ellos con sus propios caballos buscando con las espadas las costillas. Los mercenarios son capaces de interponer sus propias espadas, pero el golpe ascendente no lo paran. Ambos reciben una herida en la cara lo que provoca que se queden momentáneamente ciegos. No ven que las espadas ascienden golpeándoles en la cabeza haciéndolos caer. Rápidamente, espantan a los caballos de los mercenarios muertos. Se van en busca de la reina.

La encuentran en un pequeño claro donde su guardia ha tenido tiempo de formar un círculo para defenderse de la emboscada. Dentro del círculo está la reina con tres de sus damas, y las cuatro disparando flechas a los mercenarios que intentan llegar. Cada flecha da a un soldado por lo que los atacantes se van diezmado. La totalidad de la guardia, es decir, los diez soldados que tiene a su mando la capitana se disponen para luchar con los doce mercenarios que quedan. Éstos no se han fijado en los dos que acaban de salir por lo árboles por lo que no pueden evitar los dos ataques que les llegan por la espalda. Además, al mismo tiempo, la reina y sus damas han vuelto a cargar las flechas y vuelven a disparar dando, otra vez, a cuatro blancos rápidamente. Dejan a los seis mercenarios que quedan al mando del jefe que da las órdenes, quienes viendo que está todo perdido intentan una acción desesperada: el ataque directo en una pequeña formación en cuña.

La guardia no solo lo rechaza fácilmente, sino que puede coger prisioneros a tres de ellos. La reina está a salvo.

Traición 8: La Cacería

Traición 8: La Cacería

– No entiendo, Majestad, por qué tenemos que ir a esta cacería.

– Porque lo pidió el Rey. No podemos contradecir al Rey.

-Sí Majestad.

Desde el día que avisó de esa cacería la Capitana de la Guardia de la Reina ha estado preparando a todos sus soldados. Ha diseñado un calendario para tener a todos los suyos lo más descansados posible el día señalado. Y ese día ya había llegado.

Toda la guardia de la reina está preparada para protegerla. Más que una cacería parece un movimiento de tropas.

El rey se acerca a la capitana:

– ¿De veras hace falta tanta guardia para mi esposa?

– Majestad, me han llegado informes que puede haber asaltos. Prefiero pasarme de precavida a que le pase algo a su esposa.

– Siempre supe que había elegido bien a la capitana. No se lo he dicho hasta ahora. Lamento mucho la pérdida de su hermano.

– Muchas gracias Majestad- Su  cara no transmite ni un solo gesto: ni que sabe que su hermano está vivo y oculto en esta cacería, ni que sabe que fue la firma del Rey el que le condenó a la muerte.

El Rey hace un gesto y todo el mundo comienza la cacería. Se sueltan los perros para que busquen las presas. Los mercenarios se convierten en la sombra del Rey.

Dos de los esclavos que soltaron los perros, en vez de seguirlos desparecen entre los árboles. De hecho, nadie los iba a echar de menos porque nadie sabía que hacían allí.

Pronto el resto de los participantes de la cacería se separaron buscando a sus presas. La reina se dirige hacia el este mientras que el rey se dirige hacia el norte.

Cuando todos se han alejado desde el campamento de los mercenarios, sale un contingente. Uno de los acompañantes del rey les está esperando para dirigirlos en dirección a la reina.

Los dos esclavos huidos han observado esa reunión. Camuflándose entre las ramas de los árboles se dedican a seguirlos. La batalla se acerca.

Traición 7: La reunión

Traición 7: La reunión

Hace varias horas que ha anochecido en la ciudad. Las calles sólo están iluminadas por las farolas lo que origina  bastantes zonas oscuras. Es la hora en la cual los ciudadanos que trabajan por la mañana ya están durmiendo mientras que los que se dedican a los trabajos nocturnos empiezan a sacar sus navajas de los armarios.

Dos mercenarios se mueven rápidamente por las calles. Acaban de salir de uno de los bares. Llegan tarde; por eso se mueven rápido. Demasiado rápido para darse cuenta de que les están siguiendo. Utiliza las sombras de las calles para no ser visto.

Todo está determinado por una reunión urgente del ejército de mercenarios. Han llamado a todos los grandes líderes de los correspondientes batallones para el plan perfecto. ¿Y cuál es ese plan perfecto? Tomar el poder del reino y, además, descubrir quién está matando a sus patrullas. Ya han encontrado los cadáveres de ocho de ellas y otras dos llevan más de dos semanas desaparecidas.

Se acercan a un antiguo caserón en el centro de la ciudad que parece abandonado. Nada más llamar a la puerta y decir la contraseña aparece una de las patrullas mejor armas que suele rondar la ciudad. Sin lugar a dudas allí es dónde va a tener lugar la reunión.

Una segunda sombra se reúne con la sombra que seguía a los dos mercenarios.

– ¿Algo que destacar?

– Hace tiempo que pensaba que aquí tendría lugar la reunión, General. Así que he estudiado el lugar. Tienen patrullas en el tejado y en cada balcón. El mejor sitio sería escuchar desde dos ventanas diferentes, aunque hay que hacerlo rápido.

– ¿Y las patrullas de los balcones no nos verán?

– Solo vigilan los balcones desde dentro. Fuera no ven nada más. Tengo claro que han escogido es el tercer piso porque es dónde,  esta mañana, han colocado una gran mesa y han subido comida.

– Entonces, buena suerte. Sitúate por una de las ventanas del norte, yo iré por alguna del oeste. Hay que darse prisa que estos dos parecen que llegaban tarde.

Rápidamente escalan el edificio sin que ninguna patrulla los vea desde sus posiciones.

Mientras tanto, la reunión ya ha comenzado. No ven las caras pero si escuchan las voces.

– … comienza a ser necesario a llevar a cabo el plan. Tendremos que adelantar el tiempo. Lo primero de todo es el asesinato de la reina. Tenemos que tener al rey separado y sin apoyos.

– El problema es la capitana de la Guardia de la Reina no se separa de ella ni de día ni de noche. He estudiado todos los movimientos durante más de un mes. No hay ningún fallo, ninguna apertura en su estructura. El único sistema que se me ocurre es un asesinato directo, pero ni aun así garantizo que se logre el objetivo.

– ¿Y si conseguimos que el rey realice una cacería a la que le acompañe la reina? ¿Podría funcionar una emboscada en la misma?

– El problema es que no parecerá un accidente. Tardaremos mucho en matar a toda la escolta que pondrá la capitana.

– Lo disfrazaremos como un ataque de la secta del Gran Sol. Haremos pensar que unos de los pocos acólitos que quedan querían venganza después de su destrucción. Nos echaremos encima de ellos y los mataremos fácilmente.

– Así conseguiremos que el rey deje de confiar en su guardia también y tendremos más libertad.

– Creo…. Que podría funcionar. Yo me encargaré de preparar la emboscada, para eso he estado un mes estudiando a la capitana.

– Entonces, daré por finalizada la asamblea. Intentad de atrapar al asesino como lo hemos dicho -Termina el que parece que lidera la reunión.

Tras esas palabras ambos espías se desplazan rápidamente por la fachada hasta reunirse en el mismo punto que estaban antes de separase.

– La capitana de la Guardia de la Reina… ¿no es tu hermana?

– Sí, capitana, yo la avisaré.

– Yo seguiré atacando a las patrullas. Tendremos que ir a esa cacería…

Traición 6: Observación

Traición 6: Observación

La supervisión los llevó hasta la plaza del pueblo. Cada uno de los cuatro se encarga de mirar un punto cardinal y se fija en cualquier detalle que no tuviera que estar allí.

Ella se fija en todo y en nada, hasta que los ve. Los seis mercenarios paseaan como si fueran los dueños de todo. La gente se aparta de ellos por sus espadas y la facilidad que tienen para sacarlas. No le gusta esta gentuza.

-Capitana Raina, ¿Qué tal estás?

– Mavore.

-Echo de menos un capitán en esa frase.

-Lo serías si estuvieras en el ejército, pero simplemente eres un mercenario.

Se empieza a reír hasta que dice:

-Por ahora, capitana, por ahora. Espera y verás lo que ocurre. La lucha por la religión del Sol Naciente solo es el principio. Hay nuevos planes para esto.

– ¿Cómo la defensa de tu propio campamento? Se cuenta que han desaparecido soldados.

Las caras de todos dijeron lo suficiente. No era muy dada a los rumores, pero se lo merecían. Y se van con buen paso hacia las murallas, pero menos sonrientes. Al norte y fuera de la ciudad,  dónde está su campamento.

-Capitana, ¿Qué era eso del Sol Naciente? – pregunta Oeste. A los cuatro les gusta que les llamen por el punto cardinal que defienden.

-El duque declaró que estaban en rebeldía. Mando a los mercenarios y los masacraron- La tensión se nota en la voz de la capitana.

-¿No estaba su hermano…?

-Sí, Oeste, mi hermano estaba en el Sol Naciente.

-Nuestras condolencias, capitana.

-Seguid trabajando, muchachos.

Traición 5: Las puertas

Traición 5: Las Puertas

Ya había pasado casi toda la mañana, y seguía llegando gente. Por mucho que fuera un trabajo poco constante era monótono. No había gran ajetreo excepto al amanecer para que los granjeros pudieran poner sus tiendas en el mercado. El resto del día entraba poca gente.

Se acerca el mediodía cuando se acercan dos carros:

– Hombre, Dayo ¡cuánto tiempo!

– Mucho compañero, la vida que da muchas vueltas.

– ¿Está vez dos carros?

– Es que me han dicho que le enseñe el oficio a mi sobrino y me lo voy a llevar unos años conmigo para que le conozcáis.

– ¿Sobrino?

– Por parte de mujer ya sabes las cargas del matrimonio.

– Claro que lo sé, la mía es igual. Mira a mi compañero es de su familia y no sé de qué parte.

Se parten de risa los dos.

– Ya sabes que tenemos que verificar la carga.

– Cómo siempre, no hay ninguno problema,

Mira a su familiar y le hace un gesto con la mirada quien se levanta del muro donde estaba apoyado y empieza con el registro. Mientras la familia de Dayo sale del primer carro y su sobrino del del segundo junto con una mujer.

– Mira son mi sobrino y su mujer. Son unos críos ya me entiendes, Tello, así que les estamos enseñando.

– Encantando, señor.  El sobrino le parece un hombre bastante joven, pero con una mirada muy adulta. Su cara le sonaba de algo, pero no conseguía ubicarla.

– ¿Nos hemos visto en algún sitio?

– Lo dudo mucho señor Tello, me acordaría de usted. Mucha gente me confunde con un soldado de relieve que nació en la misma aldea que yo.

– ¡Ostras! ¿Es verdad!, el rastreador jefe que acabó en la secta del Gran Sol. Os parecéis muchísimo, ahora caigo.

-Madres hermanas, señor.

– Llámame Tello hijo, si eres de la familia de Dayo puedes llamarme así. Encantando de conocerte.

– Jefe, nada – grita el otro.

– Pasa Dayo. Nos vemos.

Todos suben a los carros y entran por las puertas del edificio. No puede ser el mismo ya que las noticias dicen que hubo un ataque de bandoleros a la secta del Gran Sol y murieron todos. Mira a su familiar, otra vez apoyada en el muro de la muralla. Un día sin poco lío.

Traición 4: El Misterio

Traición 4: El Misterio

Un rato después de haber ocultado los cadáveres tanto de soldados como de caballos y atar a los tres caballos sanos al carro, se disponen a escuchar al herido. La familia le deja solo con él.

– Como averiguasteis no somos una patrulla normal. Somos del Ejército de Mercenarios del Sur de Beltocia contratados por vuestro actual rey. Estábamos volviendo del ataque a la Secta del Gran Sol cuando emboscamos a una patrulla. No dejamos ningún superviviente.

Lo que no se sabe es que tras el desfiladero de Rocker, capturamos viva a vuestra general, y la llevábamos hacia la capital. Nuestro general necesitaba un chivo expiatorio para que lo pudiéramos colgar. Esa es la carreta que tenemos escondida quinientos metros más atrás recuperándose de sus heridas.

La última pregunta ¿tú quién eres?

– Solo un soldado que quiere venganza. Estuve antes del desfiladero, fui el último en salir pero me disteis por muerto.

– No puede ser…. Tú eres el que mataste a quince de los nuestro y heriste como a diez mientras les dejabas huir.

– No me quede para contarlos.

– ¿Qué vas a hacer conmigo?

– Te prometí que no te mataría y cumpliré esa promesa. Tienes dos opciones, ir al norte solo o quedarte aquí.

– Dadme un caballo y no me volverás a ver. Nadie tiene que saber que sobreviví a esto. Si saben lo que te he contado soy hombre muerto.

– Chico listo, te entablillaré la pierna y podrás irte.

 

Traición 3 El combate

Traición 3: El Combate

– Vosotros seguid, yo les intentaré retrasar.

– Ni lo sueñes. Nosotros te apoyamos. Dayo, para.

Y así es como se preparan para la batalla. Él salta del carro justo nada más pararlo en mitad del camino mientras que la patrulla falsa para la carrera. Dejan descansar a los caballos a unos treinta metros del carro. Mientras tanto la familia saca sus arcos y el padre saca una lanza.

– No bajes, sois más de utilidad arriba.

– Pero…. Solo tenemos tres arcos.

– Quédese arriba con la lanza y al que se acerque le ensarta. Dejeme a mí el resto.

Y simplemente estudia. En el camino solo caben tres caballos de golpe por culpa de los árboles que circunda el camino. No les podía rodear de ninguna manera. Con el bajobosque seco que hay por los lados, tardarían mucho y los oirían llegar antes de ser sorpresa.  Por tanto, el ataque será frontal. El camino está totalmente despejado y llano. Una buena carga de caballería. Eran en total nueve soldados, más que cualquier patrulla normal y menos que una de ataque.

– Disparad a los caballos. Si es posible no lo mateís solo heridlos.

Si es posible que la carga sea lo más lenta posible. Y de pronto, ya están preparados. La carga empieza sin gritos ni amenazas. Solo quieren acabar pronto. Mejor. Una sonrisa se dibuja en la cara. Saca la espada de su tahalí y saluda al Sol.

Tres flechas salen disparadas hacia la carga. Solo dos impacta en los caballos, justo en las patas, mientras una se queda clavada en el árbol de al lado. Pero no importa ya que, en el dolor, el caballo derriba al caballo que se había librado. Dos de los jinetes salen disparados hacia delante mientras que otro jinete queda atrapado en su montura por una de sus piernas.

Los otros tres jinetes saltan por encima de los caballos heridos sin ver a sus compañeros caídos y los aplastan.

Las tres flechas aciertan pero esta vez sus jinetes están preparados y saltan antes de que los caballos caigan.

– Disparad ahora a los jinetes- grita mientras se prepara para los jinetes que se levantan. Tres contra uno. Vuelve a sonreír.

Son listos se abren para que tenga más que estar pendiente pero no se esperan que él fuera el primero. Carga contra el de más de la derecha, finta un tajo derecho a la altura de las piernas que se convierte en una profunda estocada en el corazón. Lo atraviesa, pero no lo hunde profundamente para sacar rápidamente el arma mientras se cae el cuerpo sin vida.

Los otros intentan atacar, pero no son lo suficientemente rápidos para él. No quiere ni intentar defenderse, vuelve al ataque a las rodillas del oponente central, el más cercano a él. Cae con la espada atascada en la rodilla derecha desapareciendo su capacidad para el ataque.

Sin espada, se tira al suelo con patada a la espinilla del último contrincante. Cae con el hacha delante suya. Se la clava.

Se pone de pie, destraba la espada de la rodilla del agresor y le corta rápidamente el cuello. Mira a su alrededor. Dos de los jinetes que faltan han caído, uno con una flecha en el cuello, otro con otra en el pecho y con el cuello roto por la caída. El tercero acababa de ser ensartado por la lanza del padre. Bien hecho.

Solo falta una cosa por hacer. El herido debajo de su caballo. Se acerca a él.

– ¿Quién eres y qué quieres?

– Si no me matas te lo digo todo además de dónde está la carreta.

– ¿Qué carreta?

– Eres un creyente de la secta Gran Sol ¿no? Te interesa saber la carreta pero antes necesito que me quites a mi caballo de encima.