Teutoburgo 5

Teutoburgo 5

Me levanto. Estoy solo con una túnica. Me quito el polvo que se ha posado, voy recordando. Soy Marco Lentelio Centelo, centurión de la XIX legión de Roma. Veo que un hombre con una toga de patricio me mira con una sonrisa. Una sonrisa de padre orgulloso. No entiendo quién es, pero está orgulloso. No puede ser. Fuimos derrotados. Nadie puede estar orgulloso de perder las tres águilas y las tres legiones. Me mira tranquilamente esperando. Esperando mi pregunta. Una pregunta poco concisa, pero lo significa todo.

– ¿Qué ha pasado?

– Las legiones XVII, XVIII y XIX han muerto en el bosque Teutoburgo al mando del gobernador Varo. Tú has muerto con ellas.

– Si estoy muerto ¿Por qué me siento tan vivo?

– Tus legionarios se encargaron de pagar al barquero para que todos llegarais a mi reino. Bienvenido al Infierno, centurión Centelo – dice el hombre. Por lo tanto, tiene que ser Plutón. Espera lo justo para que me calen sus palabras y después continua – Tengo una propuesta que haceros, centurión. Quiero que seáis guardianes de mi reino. Sé lo que piensas, no es Roma. Como recompensa una vez al año podréis volver a verla de nuevo.

Perder las legiones. Ser derrotados. Perder las águilas. Aún así una nueva oportunidad. Ser los guardianes del Infierno. Ver Roma de nuevo. No hay que pensar nada más.

– Señor, yo no puedo hablar por mis soldados. Yo solo puedo decir que si puedo ver Roma de nuevo cuente conmigo.

– Sus legionarios ya han aceptado. Por favor, tome las armas que tiene delante centurión.

Miro mis pertenencias. En perfecto estado. Me coloco la coraza con destreza. La vaina del gladio a la derecha, como los centuriones. El casco de bronce con plumas en mi cabeza. Los pilums los agarro con una pequeña liana en la espalda. Cojo el escudo. Estiro un poco el cuello, como he hecho siempre después de colocarme todo. Me siento vivo.

– Señor, ¿Y mis hombres?

– Has tardado en despertarte algo menos de lo que esperaba. Tardarán poco en llegar – señala con su dedo detrás de mí. Empieza a aparecer una legión en movimiento.

Estás en una pequeña colina. En los pies de la misma empieza a formar las diez cohortes perfectamente en orden. Los centuriones gritan para hacerse oír por sus legionarios. Los tribunos, a caballo, circulan en toda la legión. Falta algo, más bien alguien. Dos puestos importantes. Falta un legado. Falta un primus pilus.

Un tribuno a caballo se acerca a mí. Veo que es Casio Querea.

– ¡¡Casio!! ¿No saliste del bosque?

– ¡¡Centelo!! Si, salí del bosque y llevé las noticias al emperador. Cumplí mi palabra. Escucha un momento– se lleva un dedo a labios indicando silencio. Justo en ese momento un pequeño sonido resuena por el valle en el que están «Quintilio Varo, Quintilio Varo, devuélveme mis legiones » – Te das cuenta, desde aquí se puede escuchar el tormento de Varo.

– Y durante toda la eternidad se podrá oír – apoya Plutón al lado nuestra.

– ¿Y entonces?

– Llevas dormido más tiempo del normal. Aunque aquí el tiempo es diferente. Treinta y dos años después, siendo pretoriano seguí tus palabras. Roma es más importante que cualquier emperador. El emperador de ese momento, Calígula, estaba destrozando Roma. No podía permitir que vuestras muertes fueran en balde. Maté al emperador. El siguiente me condenó por traición. – dice Casio Querea. Mantuvo su palabra.

– Es hora de que tome su lugar, centurión – dice con paciencia Plutón. La legión sigue formada a los pies de la colina

– Ahora mismo, señor – estoy a punto de dirigirme a la derecha, a las últimas cohortes, hacia el final de la legión cuando Plutón me para.

– No centurión, se está confundiendo. Su centuria es la primera centuria de la primera cohorte.

– Señor, no puede ser.

– Centurión, es mi reino. Puedo hacer lo que quiera. Usted será el centurión de más alto rango. Ya no existe más política, ni habrá más legado. No hace falta. El mejor primus pilus dirigirá la legión.

Corro hacia la izquierda. A la cohorte más amplia. La primera cohorte. En la primera centuria a la izquierda del todo veo un rostro conocido. El optio Regulo.

– Regulo, muchacho, me alegro de verte. ¿No podías ascender?

– Me lo ofreció señor, pero prefiero luchar con usted.

– Entonces muchacho prepárate para dirigir una centuria durante un tiempo. No tenemos legado, tendré que gobernar esta legión.

Miró hacia atrás. Todos los legionarios esperando a una orden. La mía.

– ¡¡PRIMERA LEGIÓN DEL INFRAMUNDO!! ¡¡AVANZAD!! ¡¡POR PLUTÓN!! ¡¡POR ROMA!!