De Pesca

Metía poco a poco los pies en el agua hasta que le llego a las alturas de las rodillas. Era muy pronto. Tan pronto ni que el propio Sol había salido todavía por el horizonte; pero para él el mejor momento del día.

Cuando se podía descubrir muchas cosas de la mar. Con solo estirar un poco los brazos y entreabrir la boca empieza a saborear el salobre que le acompañaba desde hacía treinta y cinco años; sentía además de estar seguido el sabor del agua dulce lo que significaba que iba a llover antes del mediodía. Y si eso lo había descubierto él, los habitantes de la mar también lo sabrían. Por tanto, antes del mediodía habrían salido a comer y como no le gusta mucho el sol los pulpos saldrían a comer antes del amanecer. No le queda más de media o una hora para pescarlos.

Sigue metiéndose en el agua esta vez un poco más deprisa y a la altura de los hombros ya encontró su barca y se mete en ella chorreando. Tranquilamente, mientras busca los remos respira el aire que tanto le gustaba y poco a poco sale de la playa que le vio nacer y se interna en la ría que durante treinta y cinco largos años le ha alimentado. Remando pausadamente se aproxima al lugar donde dejo unas cuantas cabezas de pescado antes de irse acostarse y aunque no había ni una sola boya que lo indicaba él no lo necesitaba. Podía ir hasta con los ojos cerrados aparece un rayo de luz que iluminaba todas las bateas que poblaban su ría. Poco después de sumergir  sacó su pequeña red con la maña de un experto y vio que había atrapado a un pulpo más grande de lo que se esperaba. Cuando ya le había dado dos golpes en la cabeza al pulpo matándolo se permitió mirar hacia el final de la ría justo cuando poco a poco el Sol ilumina lo que más amaba de ver. Esas dos islas que protegían toda su ría y que hacía nueve años habían soportado la marea negra de “chapapote” del barco. Para él su gran vicio era ese: ver el amanecer a través de las Islas Cíes.

Cuando los demás barcos pesqueros salían desde la playa y los muelles el vuelve remando relajadamente. Mete el remo en el agua mientras echa el aire, desliza el remo por el agua y sus pulmones se vuelven a llenar de aire; todavía podía oír la voz de su padre mientras le explicaba cómo se debía remar. Aunque los nudos de amarre nunca fueron fáciles de aprender no dejó que la sonrisa se le borrará de la cara.

Tranquilamente desanda el camino que tan solo una hora antes había hecho hasta su casa. Cuando abre la puerta lo primero que recibe es la voz de su hija gritándole:

-¡¡Padre cuantas veces le he dicho que no se vaya de pesca!!

La misma voz que su madre. Había heredado su voz potente y su carácter.

-Bonito pulpo suegro. Algún día explicará a su nieta como lo hace.

Una sonrisa como respuesta y como promesa a su propuesta. Tan condescendiente como siempre su yerno. Buen muchacho, mejor marido y un increíble padre para su pequeña nieta, no podía pedir más.