Relato 1 El Cuerpo Expedicionario

El Cuerpo Expedicionario de Su Majestad

 

Mientras pasea por el campamento que se prepara para dormir recuerda el odio que tiene al bosque. Esa asignación solo puede ser por algo. Quieren que demuestre que vale para algo. Y justo en el centro de los caminos que cruzan el campamento de norte a sur y de este a oeste, donde cabe un carro -como mandan los libros de estrategia-, está la tienda de mando hacia donde se dirige. Pide paso a los dos soldados que hacen guardia en la puerta, y ellos se apartan conforme al rango de estratega real.

El comandante se encuentra de espaldas, mirando un mapa desplegado en una mesa de campaña.

-Señor, ¿me había mandado llamar?

-Sí, estratega real. Quiero que planifique el orden de guardias para que un tercio de los hombres se encuentre siempre atento cuando entremos en el bosque.

-Señor, ¿no es demasiado para nuestra actual situación?

El comandante se permite una risa sarcástica y le pregunta:

-¿Qué sabe de nuestra actual misión?

-Perseguimos a unos presos fugados de una prisión del sur.

Un suspiro y clavo la mirada en sus ojos.

-¿Le suena Fargol?

-Es la prisión más segura que existe. A veinte leguas de cualquier sitio que haya una playa que permita desembarcar. Es una isla volcánica cuya única función es ser una prisión. La he estudiado, es imposible salir de allí.

-Empiece a replantarse sus estudios.

-Aunque consiguieran salir de allí, el Bosque Inhóspito no es un lugar donde esconderse.

-¿Sabe los únicos presos que albergaba Fargol?

-Sí, claro. La unidad llamada el Cuerpo Expedicionario de Su Majestad.

-El nombre completo es el Cuerpo Expedicionario de su Majestad en el Bosque Inhóspito. Para esos veintiséis hombres, este bosque es su casa y por tanto nosotros somos la presa.

-Señor, tiene a su cargo a más de doscientos hombres y por tanto no podemos ser de presa.

-Para ser exactos, doscientos cincuenta hombres que no conocen una batalla si no es en su imaginación. Los fugados no solo conocen la batalla: la aman, viven para ella y llevan diez años presos. ¿Cree que tendrán piedad de nosotros si nos pillan desprevenidos?

-Señor, ¿tan temibles son?

-He estado en el mismo ejército que ellos en la época de la emperatriz Drisnar y no solo tendría que tenerles miedo, tendría que estar odiando al que le haya mandando aquí. Una vez, estando en el apoyo de la retaguardia, cuando más de mil soldados habían pisoteado el camino, ellos surgieron de allí mismo para coger las manzanas frescas que habíamos encontrado el día anterior.

Otra vez, estando dentro del bosque, permitieron que unos doce monstruos que habitan en él se acercaran hasta los primeros piquetes a menos de un metro antes de matarlos porque se había retrasado en su soldada. Le aseguro que si ellos hubiesen querido, a esos monstruos ni les hubiéramos vistos.

-Señor, tenemos que avisar a los soldados de esto.

-Si quiere tener un motín, hágalo. Nadie se quedará y todos seremos declarados desertores, incluso usted que tiene tanta carrera por delante.

-Ahora mismo preparé los turnos de guardia, señor, e intentaré desarrollar alguna trampa para capturarlos.

-Si quiere perder el tiempo piense en eso, pero yo que usted estaría atento a cualquier movimiento que vea cerca e intentaría ver las trampas que vamos a tener en el Bosque.

-¿Algún consejo más?

-Manténgase vivo.