Combate en el desierto

Combate en el desierto

Con los ojos clavados en el pequeño desierto que se extiende a sus pies:

– ¿Sigue con la idea de aceptar el reto?

Uno de sus más fieles consejeros sigue con las dudas sobre el combate individual.

– Mientras sigan mis órdenes, le puedo vencer fácilmente.

– Huele a hacer trampas desde aquí.

– También podemos ahorrar muchas víctimas, muchos muertos de ambos lados.

– Tú mandas, tú decides, pero por favor, cúbrete las espaldas.

– Ya lo tengo pensado.

Cuando se acerca el mediodía, hay movimiento en el otro lado del desierto. Del otro ejército se acerca un pequeño grupo de jinetes.

Del mismo ejército también se reune un pequeño grupo. Cada uno lleva a su campeón y los dejan solos para el combate. Un combate para decidir el destino, de dos ejércitos, de dos reinos, de multitud de vidas.

Se miran fijamente mientras empiezan a trazar un círculo en la arena. Una pequeña finta, una respuesta. Un minuto de calma, pasos tranquilos. Sudor derramándose. Los ojos fijos en el contrario.

Ambos llevan una armadura liviana de cuero. Únicamente el contrario lleva las grebas de hierro. Es más alto, más fuerte y lleva una horrible sonrisa en la cara. Empieza el juego de hablar:

– No quieres saber lo que te voy a hacerte después de matarte. Nunca debiste aceptar este combate.

No contesta. No necesita entrar en ese juego. Siguen dando vueltas mirándose:

– Después de acabar contigo acabaré con tu familia. Y con todo el mundo que te conocío. Nadie te recordará.

– Cutre.

– ¿El qué? – su sonrisa desaparece.

– Tu intento. Cutre y poco inteligente.

Ahora el que se cabrea es él. Lo ve en sus ojos. El juego ya no está dónde quiere. No ha conseguido el cabreo que esperaba. Y empieza a ponerse tenso. Ahora le toca sonreír.

– ¿Qué estás esperando? ¿A tus amigos?

– ¿De qué amigos hablas? -gruñe desde el interior de su garganta.

– Los de la cerbatana. Los que se supone que tienen que hacerme que pierda fuerzas, como en todas de tus victorias. ¿De verdad pensabas que te iba a funcionar? ¿De verdad pensabas que no lo iba a descubrir?

Gruñe cada vez más. Estaba en lo cierto. Hizo muy bien en enviar sus propios soldados. Más rabioso. Y es tan fácil….

El contrincante tiene un escudo redondo y su espada en cambio mientras que el otro oponente una espada en cada mano. Relaja los hombros. Deja el brazo dominante colgando flácidamente. Descansado. Lo entiende mal. Cree que se ha relajado. Carga rápidamente pero no tanto.

Se mueve con la velocidad de una serpiente dejando que embista a la nada mientras que sube el brazo dominante asciende destrozando la parte sin proteger por el cuero.

Para por fin con una herida por todo su costado. La rabia envuelve toda su cara. Nadie le había tocado en sus veinticinco combates. Ella lo sabía y por eso sonreía. Le tenía donde quería.

Vuelve a acercarse, está vez más cautamente. Se pone a la defensiva. Un amago hacia el lado del escudo. Acto reflejo de refugiarse en él. Con la otra mano clava la espada en el suelo cogiéndole el pie. Un grito resuena en todo el desierto. Descuida su protección. Y ella acaba rápido atravesándole la tráquea.

Recoge las espadas y tira el cuerpo. Se queda quieta mirando al otro ejército. Desafiante. Las espadas gotean. Nadie se mueve. Nadie se cree que una mujer haya acabado con el gran vencedor de combates. Excepto ella misma.

Relato 15 El Cuerpo Expedicionario

Relato 15 El Cuerpo Expedicionario

Seguimos en dirección norte. Había que subir lo más rápido posible sin que nadie nos detectará.

Cuando estábamos a una distancia segura del campamento invasor nos detuvimos. La capitana y sus sargentos me rodearon. Ha llegado mi momento culmen donde demuestro porqué merezco seguir.

-Sé que me vais a preguntar y la respuesta es en la ciudad de Milecosi. Los rebeldes os mandaran a cualquier otra para que les ayudéis. Os intentaran engañar, no les hagáis caso.

– ¿Por qué debemos confiar en tí y no en ellos?

– Porque soy el único que se ha preocupado de vosotras. No es lucha anti expansionista. Es una lucha por gobernar y ambos, tanto rebeldes como imperiales, os necesitan en el sur para que adiestréis a sus soldados. Además, vuestro objetivo es reunirnos con el resto del Cuerpo. Nadie os quiere.

– ¿Y tú por qué sí?

Saqué mi mejor sonrisa:

– Quiere aprender tácticas con vosotros. Quiero aprender a luchar en el Bosque Inhóspito.

-Estás majara.

-Ya lo sé pero ahora sabéis con quién estáis. Debéis decidir si confías en mí.

Se reune todo el grupo mientras yo me iba a dar una vuelta. Cuando volví tenían la decisión tomada. Me seguirían.

Lo difícil es que ni rebeldes ni imperiales nos vieran. Ocultar a tantas personas me dieron dolores de cabeza todos los días que estuvimos en ruta antes de llegar. El tiempo nos acompañó. Sólo caminábamos por la noche por los caminos principales, Y seis días después conseguimos entrar en Milecosi. Fue por la mañana, nada más abrirse las puertas.

Cuando nos queremos dar cuenta estamos reunidos con el resto del Cuerpo Expedicionario.

– Entonces subimos hacia el Bosque Inhóspito con este y les dejamos que se rompan la cabeza ellos.

Y así es como empezó mi aventura en el Bosque Inhóspito.

Venganza y Huida

Venganza y Huida

El día llegó. El plan del sargento era de lo mejor que había oído. Nos dividimos en los cuatro grupos que había diseñado. Salimos al amparo de la noche. Una noche oscura, sin luna, perfecta. Salimos por la zona que daba al resto del campamento que era donde menos vigilancia había.

El quinto grupo seguía como se esperaba de ellos, patrullando la zona. Lo esencial para que todo saliera bien es que fuera coordinado. Mi grupo tenemos unos cien latidos de corazón para llegar hasta nuestro objetivo. Despacio y sin ruido. Todas las armas están envueltas en telas. Aunque la respiración aumente, el corazón de un guerrero nunca debe hacerlo.

La tienda está fuertemente vigilada. Nos dividimos. Cada uno de los cuatro a una de las esquinas de la tienda. Justo cuando estamos en posición empieza el incendio en el otro lado del campamento. Mi centinela es el que se levanta a ver qué pasa. Lo aprovecho para adentrarme en la tienda. Otro de mis compañeros también entra.

Lo primero que nos llama la atención es que hay tres generales sentados en la mesa jugando a los naipes. El problema es obvio, somos dos y ellos tres. Sujetamos las pequeñas cerbatanas creadas por uno de nuestro grupo para este momento con los labios mientras empuño también el cuchillo; no es mi cuchillo especial porque lo perdí en la batalla donde supuestamente morí, pero he practicado con él a escondidas. Soplamos las cerbatanas y un momento después tiró el cuchillo al tercero. Caen los tres muertos sin enterarse de nada mientras que rápidamente, con las cuerdas que tenemos, atamos a dos de ellos a los respaldos de las sillas; al tercero lo sujeto con el atizador de las llamas mientras recupero el cuchillo.

Nos escabullimos por el mismo sitio que entramos sin que nadie se enteré de nada. Ninguno de los dos centinelas había vuelto a su posición. Nos reunimos los cuatro y nos dirigimos hacia las caballerizas. Los otros cuatros grupos se reunieron conmigo. El incendio está adquiriendo proporciones bíblicas.

Uno de los grupos se encargó de nuestros caballos y de coger provisiones para el viaje. Otro de ellos de extender el incendio lo máximo posible y por lo que se veía lo había hecho perfecto.

Mientras que el grupo restante fingía un ataque a nuestros centinelas y ayudaban a escapar a los rehenes. Si corren rápido llegaran al campamento que venían para su liberación. Si eran unos actores mediocres tendría que parecer que había muerto todos, tanto centinelas, como los atacantes. Además de haberlo incendiado todo después.

Pero…. Si solo faltáis vosotros, ¿No os echarán de menos? Eso te estás preguntando querido lector. El sargento lo ha previsto. ¿No estamos al lado de un sangriento campo de batalla? No es difícil encontrar dieciséis cuerpos que puedan ser quemados en nuestras tiendas para que si hacen falta encuentren sus restos en lugar de los nuestros.

Después de todo, nos hemos cansado de luchar. Si no, no hubiéramos aceptado el ofrecimiento de nuestro sargento. Si estamos muertos para todos, nadie nos buscará. Solo tenemos que huir. Después desaparecer. Si lees estas lineas, lo único que pido es que nos desees suerte. No nos busques, no nos encontraras.

Vida y Venganza

Vida y Venganza

Hace más de media tarde que el sargento se tuvo que ir a la reunión que le convocaron y estamos todos nerviosos. A lo mejor ya han descubierto nuestra trampa y viene hacía aquí para arrestarnos. Nos hemos dado hasta que el sol se ponga o viene el sargento o nos piramos todos.

Justo cuando el Sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, el sargento llega a nuestras tiendas. Seis tiendas con cuatro miembros cada una (al final aumentamos el número encontrando a ocho compañeros más) que crean un rectángulo cuyo centro es la tienda del sargento. La sonrisa en la cara y la tranquilidad iluminan su rostro.

– No se reconocen entre sí. Nos creen uno de ellos y lo mejor de todo, nos encargamos del perímetro de los prisioneros- Levanta las manos cuando empiezan los murmullos:- lo sé chicos pensáis que alguno de los nuestros nos puede reconocer. Lo dudo mucho. Solo son los generales. No cogieron rehenes de nuestra categoría, no somos interesantes para ellos. Lo mejor de todo es que de ellos podemos sacar mucha información.

Para ser exactos, informa el sargento, la parte del perímetro que nos toca vigilar es la del exterior, la interior no necesita vigilancia. El objetivo es que escuchemos las conversaciones porque si preguntásemos nosotros no nos dirían nada y además seguramente levantaríamos sospechas. Perfil bajo hasta que sepamos algo.

Después de tres días, en los que, sorprendentemente, el campamento no se levantó, empezaron las conversaciones. Los generales llegaron a las mismas conclusiones que nosotros y empezaron a repasar quienes faltaban. En total eran diez altos mandos de los cuales cinco eran muertes confirmadas. O eso se decía según sargento. Así que dos noches seguidas los que no estábamos de guardia nos fuimos a los lugares donde se suponía que habían caído. Encontramos a cuatro de muerte confirmada y a tres más que nadie sabía que les había pasado en una emboscada cuando intentaron huir. Por tanto, faltan tres altos mandos.

Hay que decir que en cuatro días y dos noches nuestra lista de traidores es de tres nombres. Dos generales de caballería y uno de infantería. Alguno de ellos es nuestro objetivo. Hay que descubrir donde están.

El sargento es más listo que nosotros. Él ya lo había previsto y se había estados esos cuatro días con otros sargentos, invitándolos a cualquier cosa, a estudiar el campamento. Seguimos sin movernos.

– Esto es lo que sé señores. En el norte de este campamento, justo en lado contrario a donde nos encontramos, hay una tienda que nadie sabe de quién es pero que tiene guardias en todo momento. Intuyo que nuestro traidor se encuentra allí protegido. Por otra parte, también se sabe que estamos esperando por qué dentro de tres días llegarán una comitiva para negociar la liberación de los rehenes. Ese será nuestro día. En ese día buscaremos nuestra venganza y si mi plan sale bien, nos iremos con los nuestros.

Dolor y Vida

Dolor y Vida

Tras el tremendo choque me quedo inconsciente. Cuando vuelvo abrir los ojos, todo está oscuro. El escudo encima de mí, aplastándome; me duele el brazo que lo soportaba. Por los laterales del mismo goteaba una sustancia líquida parduzca, parece sangre. Empujo con los pies para hacerme hueco como puedo y notó que lo que sea que haya encima de mí empieza a deslizarse. El peso deja de ser tan agobiante y me puedo levantar.

El paisaje a mi alrededor es desolador. De toda mi compañía solo yo estoy vivo. La carga la había aniquilado entera. A mí me salva que el caballo murió con mi lanza y cayera directamente encima de mí. Me han dado por muerto. A cualquier lado que miró hay un rastro de cadáveres, la mayoría con mis colores. Dirijo la mirada hacia el monte donde estaba mis comandantes. Ya no hay nadie.

Un pequeño destacamento del enemigo se acerca hacía mí con paso lento. Cojo la lanza de un compañero caído, me coló el escudo en el brazo izquierdo que queda casi inerte y respiro suavemente. Son quince hombres. No tienen prisa. Saben que estoy más muerto que vivo. Algunos portan arcos, pero, el jefe les mira y niega con la cabeza. Se quedan cinco de ellos detrás mirando alrededor, en modo guardia, el resto se acerca y el jefe se adelanta. Me mira:

– Muchacho, tranquilo. ¿Primer regimiento de lanceros?

Por lo menos reconoce cuál era mi oficio. Aunque esté muerto, mejor dar la impresión de ser educados.

– Señor, tercer batallón del primer regimiento de lanceros para ser exactos.

– Os llevasteis la peor parte. Nosotros somos el segundo batallón del segundo regimiento de infantes. Fuimos aniquilados cuando nuestra caballería huyó para proteger a los comandantes y nos dejaron solos

– ¿Perdón?

– Somos del mismo ejército solo que con ropas diferentes para no ser exterminados. Ellos también perdieron a mucha gente. No se darán cuenta. Cámbiate rápido, nosotros te cubrimos.

Mientras me cambio lo más rápido posible con la ropa de uno de los fallecidos que ha caído al lado mío, preguntó:

– ¿Cómo es que la caballería destrozó a mis compañeros lanceros?

– Caballería pesada. Tienen protecciones hasta los caballos. No pudisteis hacer nada. Alguien nos traicionó.

Relato 14 El Cuerpo Expedicionario

Relato 14 El Cuerpo Expedicionario

-Salió como dijiste estratega, buen trabajo. -felicita una de las sargentos tras reunirse todas de nuevas.

-Y ahora, ¿qué hacemos capitana? – pregunta otra de ellas.

-Buscar a los nuestros -responde.

-Creo que se cómo os puedo ayudar- añade el estratega- Hay que preguntar a los rebeldes.

-Porque es lo que haríamos nosotras- dice la capitana mirando al estratega- Está muy bien pensado.

Se encontraban reunidas en medio de la llanura de hierba alta, la misma que se extendía desde el último pueblo conocido hasta los límites de la frontera. La hierba acababa en puntas rojas dotando a toda la llanura una peculiar sensación de calidez. Corrían y saltaban animales por toda la zona mientras que sus depredadores esperaban tranquilos el momento idóneo para abalanzarse sobre ellos.

-Avanzaremos hacia el sur y en el primer pueblo preguntarnos qué pasa por aquí. A ver si tenemos suerte y hay algún rebelde que nos pueda reconocer-

-Es una buena idea capitana -añade el estratega real.

-Pongámonos en marcha. Dentro de poco, en cuanto no descubran nuestro rastro por donde ellos creen que debería estar enviarán patrullas en todas las direcciones. Tenemos que estar en movimiento hasta que lleguemos al pueblo.

Recogieron las pocas posesiones que se habían podido llevar del campamento y empezaron la marcha hacia el norte.

 

 

Mientras tanto unos cuantos barcos pesqueros bajan tranquilamente el río hasta su desembocadura. El Cuerpo Expedicionario se había dividido la ciudad en cinco barrios; de cada uno de ellos se encargaría un sargento que, con sus soldados lo estudiaría en profundidad. Posteriormente el capitán una vez recopilada toda la información intentaría deducir donde retienen a sus mujeres. El plan era sencillo, el asunto que saliera bien.

Relato 13 El Cuerpo Expedicionario

Relato 13 El Cuerpo Expedicionario

Llevábamos dos días planeando como escapar. Había hecho pequeñas pruebas con mis pequeños animalitos. Un truco que aprendí mediante los estudios de campo que nos obligan a hacer a todos los aprendices que quieren ser estrategas reales.

Escapar de un sitio que desconoces por completo. La forma fácil de descubrir si tus ideas pueden funcionar es usar pequeños animalitos que se entrenan fácilmente para que sigan el camino que tú quieras. Como les das de comer, al final vuelven y una pequeña hierba en la boca, una simple brizna, sirve para demostrar que ha salido al exterior.

Aquí usé la misma técnica cuando me fijé en la expresión de los vigías mientras ven a esos ratoncillos corriendo. Su expresión no varía si no les ven moviendo el rabo, pero cuando esto sucede se quedan locos.

Había cinco soldados con cara sorprendida cuando envíe dos por las letrinas, pero ninguno cuando les envié por donde dije. Las soldados de este grupo son magníficas, trabajan a destajo enseñando para la guerra y por la noche preparan todo para irse.

La noche había llegado. Los nervios estaban a flor de piel. Grupos de cinco personas. Rápido y en silencio. Salir hacia la frontera. Seguir hasta llegar al río. Caminar dos kilómetros en dirección hacia el oeste. Y luego hacia al norte de nuevo. Sin esperar al resto. Sin fuego ni antorchas. Solo esperar tras haber superado los veinte kilómetros en dirección norte.

 

La Huida

La Huida

Se veía perfectamente la cabeza del objetivo. En el edificio de al lado y dos pisos por encima. Nada destacable. Un tiro sencillo. Hasta que todo cambio.

Empezaron a dispararme, ráfagas de balas pasan cerca de mí. Me escondo lo más rápido que puedo mientras la pared en la que estaba apoyado no hace ni cinco segundos se fragmenta y comienzan a lloverme trozos de escayola blanca. Todo esto era una trampa. Salgo corriendo hacia el pasillo cuando un lanzagranadas destroza el balcón del que acabo de salir. Alguien me tiene muchas ganas.

La recompensa por el trabajo, con el 50% adelantado, más todo el armamento que están usando. Alguien ha puesto mucha pasta para matarme.

Subo los escalones de dos en dos hasta la azotea. Cuando llego, más ráfagas de balas me persiguen mientras que respondo como puedo con mi propia metralleta. El cable de la tirolina está roto. Lo han descubierto. Vuelvo al edificio de nuevo. Bajo un piso, y mientras pienso en posible opciones el tramo de escalera del último piso explota por encima de mí. Corro escaleras abajo mientras los sucesivos tramos van cayendo cual fichas de dominó por la acción de las granadas de fragmentación.

Solo me queda un lugar por donde intentar escapar.

Me colocó la metralleta en la espalda mientras bajo los dos pisos que quedan. Saco las pistolas de sus fundas. Corro hacia la puerta principal, que está abierta. Apunto las pistolas a cada lado de la calle. Sin pensar me lanzo al exterior.

Si quieren mi cabeza tendrá que pagar el precio con sangre.

Salgo corriendo. Una ráfaga desde la derecha, respuesta de tres tiros. Dos ráfagas desde la izquierda, dos tiros más al norte y dos más al sur. Me tiró hacia el escaparate, lo reviento y entro de golpe en la tienda comestibles derribando una estantería. Una de las balas me ha dado en la pierna. Ha entrado limpia. Me arrastro por el pasillo mientras guardo las pistolas y cojo la escopeta que tengo al lado de la metralleta. Enriqueta se llevará a unos cuantos de por medio.

Entra uno por la puerta y recibe el primer disparo. Cae al suelo redondo. Se aproximan dos más por el escaparate que rompí. Uno de ellos recibe el segundo cartucho. Cargo rápido y el tercer también cae. Otro por la puerta. Me he quedado sin munición así que cambio a las gemelas; no son tan efectivas a corta distancia, pero hacen daño igual. Me sigo arrastrando hacia el fondo de la tienda. A medida que van entrando voy disparándoles y van cayendo al suelo.

Definitivamente he agotado toda la munición. Sólo me queda el cuchillo. Ya no se dan prisa en entrar, saben que estoy indefenso. Se aproxima el jefe, mi último aprendiz. Lo tenía que haber adivinado. Solo él podía conocer todos mis trucos.

-Hola jefe, hace mucho que no nos veíamos -sigue teniendo la misma cara de imbécil.

-¿Sigues igual de imbécil que cuando me dejaste?

Se parte de risa. Me ve acabado.

-Ahora mandó yo. Se acabaron los juegos y los trucos.

-Perdona que no te haga caso, me llaman para otro asunto -le lanzó el cuchillo por encima de la cabeza.

-Jefe estás perdiendo facultades.

-O no -Me tiró al sótano mientras la trampilla cae tras de mi. Le oigo gritar que vayan a por mí antes de todo salte por los aires. Siempre, siempre hay que tener una ruta de huida. Salgo cojeando por la parte de atrás de edificio mientras las sirenas de los bomberos empiezan a sonar.

Relato 12 El Cuerpo Expedicionario

Relato 12 El Cuerpo Expedicionario

– ¿Cómo vamos a entrar capitán? -pregunta el sargento Phoko mientras El Cuerpo de Expedición camina por el sendero de la Gran Cordillera

– Por dónde menos nos esperan. Por la entrada principal sólo hay una puerta y estarán esperándonos, vigilando a todos los que pasen. Pero en cambio, en la puerta para pesqueros el paso es libre.

– Señor, le recuerdo que no tenemos barcos de pesca -le interrumpe el sargento Phoko.

– Por ahora -dice Risitas con una sonrisa enorme en la cara.

– ¿Les vamos a robar a unos pobres pescadores, señor? -le pregunta directamente el sargento Phoko al capitán.

– Claro que no, sargento – se saca una bolsa llena de oro – la rebelión va a financiar esta operación.

– ¿Lo sabe la rebelión? -pregunta de nuevo Phoko

– En estos momentos, creo que ya se habrán dado cuenta de que lo van a financiar -dice el capitán con una sonrisa.

– Entonces capitán, ¿qué hago con estas bolsitas de oro que los de la rebelión nos han prestado sin saberlo y que mis hombres y yo nos hemos ofrecido a llevar? – dice el sargento Risitas.

– Creo que esto responde a tus preguntas sargento Phoko.

– Sí señor, última pregunta ¿cómo llegamos al mar?

– Huelo agua cercana y en mucha cantidad, un río al este -responde el sargento Olores.

 

 

Mientras tanto en la frontera, hay una reunión en la tienda principal de una capitana. Hay seis personas de pie alrededor de la mesa, la capitana, cuatro sargentos y el estratega real. Por fuera de la tienda sentadas de forma casi desordenadas, diez soldados vigilan que no haya oídos indiscretos que puedan enterarse de lo que se habla.

-Os han puesto en el centro mismo del campamento. Eso quiere decir que os quieren tener vigiladas completamente. Según los libros es donde hay que situar a los aliados que desconfías.

-Nos habíamos dado cuenta. Nuestra idea es huir por el oeste. Por las letrinas. Con ese olor nadie pasará cerca para vigilar -dice la capitana.

-Al revés, esa es la idea que queremos que piensen todos los posibles enemigos. Es donde más vigilancia está situada, pero de forma oculta. Mi idea es pasar por el sur.

-Primero, estamos lejos de nuestro objetivo. Tendríamos que rodear de nuevo el campamento para huir al norte. Y segundo tendríamos que pasar por delante de la tienda de su comandante.

-Esa es la idea. Nunca imaginarán que pasaremos por allí. Lo he estado observando y no hay casi vigilancia.

-¿Y oculta como en las letrinas? -pregunta una de los sargentos.

-Se diferenciarla y no hay nada. Tendréis que confiar en mí. Mi idea es tener todo previsto dentro de dos noches. Mañana preparemos el plan completamente.

Relato 11 El Cuerpo Expedicionario

Relato 11 El Cuerpo Expedicionario

– ¿Sabes dónde está la emperatriz Drujna? -pregunta el capitán.

– En el calabozo más profundo que existe. -responde uno de los jefes de la rebelión.

– ¿En la capital?

– Según nuestra información, no. Está en Milecosi.

– ¿Cuál es el siguiente paso que queréis dar?

– Vosotros vais hacia allí y nosotros haremos un par de planes frustrados por Ankratos, Rekain y Forken. En Milecosi tenemos un par de contactos que os harán pasar por guardias para que estéis cerca del calabozo. Seguramente contrataran nuevos guardias y seréis vosotros los nuevos contratados.

– ¡Menudo plan! Empezaremos a recoger nuestras cosas para irnos lo antes posible.

Mientras que los rebeldes se separan en tres grupos, el Cuerpo Expedicionario se dirige hacia su nuevo destino.

-Capitán, ¿le parece un buen plan?

-En mi opinión, no, Risitas; la verdad es que creo que nos van a estar esperando en Milecosi.

-¿Y qué vamos a hacer entonces? -sigue preguntado Risitas.

-Exactamente lo que todos esperan que hagamos, pero a nuestra manera sargento.

-Me gusta cómo suena, Capitán.

El Cuerpo Expedicionario se encuentra de camino, y se sienten cada vez más alegres. Si les están esperando mejor, porque les pondrán hacer algunos de sus mejores trucos. Cuanto más esperes a alguien más divertido se hará el combate.

 

Mientras tanto, en la frontera del reino, en el campamento donde se reúne el ejército más numeroso que se ha visto jamás, una sargento entra en la tienda de su capitana cuando está termina su frugal cena.

-Capitana, ha llegado un estratega real con un mensaje para usted.

-Que pase, sargento.

La cortina se corre dejando ver a un hombre totalmente sucio pese a estar sólo parcialmente iluminado por las llamas de las lámparas.

-¿Qué quieres de mí, estratega? Pareces nuevo aquí; ya deberías saber que mi pacto es que yo entrene a las tropas con total libertad.

-Mi señora…

-Capitana, por favor.

-Capitana, mi mensaje es iniciativa propia. Solo le hago saber que su estimado Cuerpo Expedicionario se ha fugado de Fangorl. A mi parecer les toca a ustedes hacer lo mismo.

-¿Qué quiere a cambio de la información?

Una pequeña sonrisa atraviesa la boca del estratega.

-Que me deje ayudarla con la fuga. He estudiado a fondo estos campamentos antes de diseñarlos para que resulten infranqueables; ahora me toca divertirme fugándome de uno de ellos.

-Me encantaría tener ayuda. Primero descanse; puede quedarse en mi propia tienda.

-Gracias, capitana.

Mientras el estratega real se dirige hacia el colchón, la capitana sale de la tienda con su sargento al lado.

-Reúne a todo el equipo. Que estén preparadas porque en breve nos vamos de aquí.

-Sí capitana.