Teutoburgo 3

Teutoburgo 3

Después de estar toda la noche partiendo y limpiando el camino a la luz de las antorchas conseguimos seguir avanzando. Cuando, de entre las copas de los árboles, empiezan a vislumbrarse las luces de un nuevo día nos encontramos con la primera patrulla de la XVIII. Suspiramos aliviados. Por fin hemos vuelto a unirnos con las otras dos legiones.

Su campamento está mejor desarrollado que el nuestro. pero, aún así, se nota que fueron diseñados para campo abierto. El foso es de metro y medio de profundidad, no de cuatro metros con estacas afiladas, ni tampoco están las torres de vigilancia. Pero, por todo lo demás, es un campamento de campaña. Las murallas están formadas, las calles perfectamente claras e, incluso, las tiendas de mando están habilitadas en el centro del campamento.

Nuestra legión se sitúa en uno de los cuadrantes al norte. La XVII y la XVIII ocupan cuadrante y medio cada una. Somos la legión que, de lejos, más hemos sufrido.

Cuando nos situamos me encuentro con un centurión que conozco de la XVIII y me cuenta como está la situación.

– El gobernador Varo con la primera cohorte de las dos legiones junto a todos los altos mandos dijo de seguir empujando. Nos hemos encontrado con árboles cortados que los han dejado incomunicados de todos.

Justo al acabar de terminar contar lo que está pasando, las tubas de combate resuenan en todo el campamento. Todo legionario se pone rápidamente de pie para defender la parte de la muralla que tiene asignada. Sin despedirnos, los dos salimos corriendo hacia nuestras respectivas centurias. En este momento es más importante la velocidad que la educación.

En cuanto llego a mi centuria, oigo a los dos optios gritando para poner de pie a todos los soldados. Observo que están bastante cansados como consecuencia de haber estado toda la noche trabajando, pero, ante todo, son legionarios de Roma. Hasta con los ojos cerrados lucharán.

– Optio Cornelio, sus hombres los primeros en la muralla. Optio Regulo, los suyos se encargarán de relevarlos a mi orden. Señores, la muralla es la única que nos separa de la barbarie. La defenderemos hasta el fin. Todo el mundo con los pilums en mano, que nadie los lance. Usadlos para evitar que tomen las murallas.

La muralla está construida con multitud de ramas afiladas que cubren el perímetro del campamento. Por el lado exterior tendría que haber un foso profundo, pero debido a las dificultades del terreno no es posible. Por el lado interior se ha se construido un terraplén, lo que nos permite a los defensores estar por encima de los atacantes. Los pilums mantendrán esa ventaja.

Mantenemos a raya del campamento a los germanos en lo que nos parece una eternidad, mientras que al mirar al cielo solo parece que acabamos de pasar mediodía. Resuenan cuernos germanos, ellos se retiran de las murallas. Nosotros nos retiramos como podemos del terraplén. Aún así, dejo al optio Regulo con tres de sus hombres vigilando. De Cornelio tres hombres han sido heridos mientas que de los de Regulo lo han sido cuatro.

Antes de poder llegar a mi tienda a descansar algo me encuentro al tribuno Casio Querea.

– Centurión Centelo, reunión urgente.

– ¿Qué es lo que pasa ahora, tribuno?

– Las turmae de caballería han decidido dejarnos. Dicen que se van a buscar ayuda ya que no son útiles en la defensa del campamento.

– ¿Cómo? Indíqueme rápido. – el tribuno sale corriendo y yo le sigo como puedo. El cansancio empieza a hacer mella en mis fuerzas. Corremos por la calle principal mientras legionarios, agotados, nos dejan pasar como pueden. Pasamos la tienda principal vacía y lo vemos. Una larga marcha de caballería está saliendo por la puerta. Ya no podré convencer a los decuriones que necesitamos hasta el último soldado para salir de este maldito bosque.

– Lo siento centurión, hice todo lo que puede para convencerles de que se quedaran, pero no me hicieron caso.

– No es culpa suya tribuno. Lo único que están haciendo esos soldados es hacer lo que creen lo propio para nuestro bien. Lo que pasa es que, aunque avisen al resto del fuerte y consigan refuerzos, al volver solo encontrarán nuestros cadáveres. No tenemos ninguna oportunidad de salir de este bosque.

Más y más centuriones se unen a nosotros para ver salir a la caballería. Nadie dice nada, no hay fuerzas. Miran disgustados como, los que consideraban sus hermanos de armas, les abandonan en lo profundo del bosque.

Los miró a todos. Están anonadados. Llevan luchando más de medio día. Todos los altos mandos les han abandonado. Varo les ha metido en una trampa. Y ahora sus hermanos también se van. Solo se me ocurre una cosa. Que mi bocaza sirva para algo de una vez.

– ¡¡Centuriones de Roma!! – rujo con todas las fuerzas que tengo – Lo más seguro es que muramos en este bosque. Que no volvamos a ver a nuestra amada Roma, pero sí podemos hacer algo. Estos germanos nunca olvidarán lo que es un legionario romano. Luchad hasta el fin. Y para eso tenemos que descansar. Dejad patrullas, pero descansad todo lo que podáis. La próxima batalla será nuestra última batalla. Hagámosla memorable.

Un grito surgido de todas las gargantas de los centuriones se convierte en único. Roma. Tengo la sensación de que acabo de ser ascendido a dirigir las tres legiones.

Cada uno se dirige a su centuria. No necesitan más instrucciones. Miró al tribuno Casio Querea y le indicó que se quede conmigo.

– Tribuno Casio Querea, para ti tengo una misión especial.

Teutoburgo 2

Teutoburgo 2

El sistema de la legión es siempre el mismo: tres cohortes al principio, tras ellas lo que no es militar, que se protegen por los costados con dos cohortes a cada lado y al final de todo, las últimas cohortes. Cada cohorte está formada por seis centurias, nosotros nos encargamos de estar al final del todo pudiendo ver a toda la legión, pero la maldita ballista tenía otra idea.

Por eso estamos en el lío que estamos, por la culpa de la maldita ballista.. Tenemos que buscar a las demás cohortes de nuestra legión. Me conformo con empezar con una centuria antes de una hora.

Comenzamos a andar a buen ritmo. En menos de doscientos pasos nos encontramos con veinticuatro hombres. Están destrozados, cansados.

– Ave César, centurión Centelo de la sexta centuria. ¿Quién está al mando?

– Ave César, optio Regulo. Señor, yo no puedo estar al mando. Aunque como optio debo suplir la muerte de mi centurión, no puedo. Acabo de ascender a optio, no sé mis funciones actuales, no puedo liderar.

– Optio, ¿alguna discrepancia en formar una sola centuria con mis hombres?

La mirada de agradecimiento del pobre muchacho lo dice todo. Veintiséis hombres míos más veinticuatro suyos. Somos dos centurias y no llegamos a completar una normal, no llegamos a los ochenta…. Está peor de lo que pensaba.

– Optio Regulo mantendrá la dirección de sus hombres. Optio Cornelio, mantenga los nuestros.¡¡ En marcha!! sigamos nuestra progresión. Cada uno de su contubernio que tenga una antorcha.

Los hombres de Regulo recogen sus mochilas, escudos y todos los pilums que pueden. Nos siguen al mismo ritmo. Nada más empezar a andar, un caballo sale de la vegetación que tenemos ante de nosotros. Lo monta un decurión de la turmae de nuestra legión.

– Ave, decurión Tuberión. ¿Qué centurias soís?

– Ave, centurión Centelio al mando de la quinta y sexta centuria de la décima cohorte.

– Salve a Júpiter, ¡¡por fin!! Creí que nunca os encontraría. Rápido, estamos formando el campamento de la XIX legión a unos mil pasos de aquí. Reuníos allí. Iré delante para avisar que os esperen.

– Un momento decurión. ¿Por qué nos tienen que esperar? – pregunto agarrando del bocado al caballo para que no salga corriendo.

– ¿No lo sabéis? Los malditos germanos liderados por Arminio nos han separado de las otras dos legiones. Estamos solos. Nuestro legado se encuentra con Varo. Ahora mismo los únicos que están poniendo algo de orden son los tribunos y los centuriones. Al llegar tus centurias, tendrás que ir a una reunión conjunta.

– ¿Y el primus pilus?

– Señor, tengo prisa, por favor – suelto el bocado del caballo y se da vuelta; pero justo antes de entrar de nuevo en la espesura me grita – El primus pilus ha muerto.

Ahora sí que estamos jodidos de verdad.

Los dos optios han escuchado toda la conversación, pero solo Cornelio que tiene confianza es capaz de hablarme.

– Señor, ¿en dónde diablos nos ha metido Varo?

– En las profundidades del Inframundo, Cornelio, en el mismísimo reino de Plutón nos ha mandado Varo.

Doy la orden de seguir el camino del decurión. El ritmo es el de marcha normal, ya que no quiero que lleguen reventados al campamento del XIX. Si es de verdad nos han dejado aislados de las otras dos legiones necesitaremos toda la fuerza que tengamos. Los árboles siguen cerrándonos el camino. El viento sopla fuertemente. Nosotros no queremos estar, el bosque no quiere que estemos.

A los mil pasos nos encontramos con la primera guardia. Al lado de ellos se encuentra el decurión que ha llegado más rápido gracias a su caballo. Sin más dilación, empieza a hablar:

– Rápido centurión le están esperando para empezar la reunión. Este legionario que tengo al lado le indicará el lugar donde situarse. Usted tiene que seguirme hacia la reunión.

No es el típico campamento romano de noche. No tenemos las murallas estables habituales, nadie ha cavado el foso necesario. Se han limitado a poner las tiendas cada contubernio, dejar las dos grandes calles necesarias, pero poco más. En el centro del campamento, donde se junta las dos calles principales estaría la tienda del legado. En cambio, se encuentran los treinta centuriones que quedan vivos de la XIX junto a un tribuno. El único tribuno que se mantenía con la legión, en vez de, con Varo. El único que se merece respeto. Casio Querea.

– Centurión Centelo, le esperabamos – el centurión de la segunda centuria de la primera cohorte, sin contarse, rapidez y organización, lo que necesitamos. Lo más cercano que tenemos ahora mismo a una institución de mando, aparte de, claramente, Casio Querea.

– He perdido a más de la mitad de mis hombres. Me he encontrado con la quinta centuria que había perdido a su centurión y se han unido a la mía. Aun así, no formo una centuria entera.

– Ahora mismo nadie tiene una centuria entera. El problema es el siguiente Centelo, nadie quiere decidir qué hacer. El paisaje de delante está inhabilitado porque los malditos germanos han cortado los árboles. Centelo, tú tienes más experiencia dinos qué opinas.

– Viendo el campamento que tenemos, solo podemos hacer una cosa. Salir esta noche, talar los árboles y unirnos a las otras dos legiones. Si esperamos a por la mañana los germanos nos matarán como a perros. No tenemos otra opción.

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Referencias históricas:

Ballista: Máquina de guerra que utilizaban y transportaban las legiones romanas para las batallas a campo abierto y para los asedios. Lanzaban grandes dardos que dañaban a multitud de enemigos.

Decurión: Mando intermedio dentro de la caballería romana. Se encarga de dirigir a una turmae o escuadra de caballería.

Primus Pilus: Centurión de la primera cohorte, primera centuria. Dirige la legión a falta de legado o comandante de la misma.

Teutoburgo

Teutoburgo

Es el año 762 de la creación de Roma. Soy el legionario Marco Lentelio Centelo, centurión de la sexta centuria de la décima cohorte de la legión XIX de Oppidum Ubiorum a las órdenes del legado Publio Quintilio Varo. El centurión más bajo posible porque no fueron capaces de rebajarme a legionario. Mi bocaza, algún día de estos, va a hacerme perder algo más que el rango.

Tres días dentro de un bosque germano rodeados de árboles, como en un bosque espeso. En una senda que se supone es un camino. El camino no tiene ganas de que lo pisen las sandalias romanas. Las copas de los árboles parecen que nos acechan. El propio bosque no nos quiere. Mi centuria, y yo mismo tampoco queremos estar aquí después de tanto tiempo, solo queremos volver a campo abierto. Es en este momento cuando recuerdo el resumen de las palabras que nos dijo Varo para animarnos a seguir:

–  Solo es un paseo. Demostramos nuestras fuerzas, nos dan un tributo, y volvemos a los cuarteles de invierno antes de que se den cuentan con las bolsas llenas. Demostramos que Roma es muy fuerte sin tener que luchar y pasaremos un invierno tranquilo.

¿Y quién no quiere tener dinero para pasar bien el invierno? Tres días en este bosque; cada vez veo más claro que el invierno llegará antes de que salgamos de aquí.

Miró hacia atrás y observo la ballista que acaban de abandonar porque una de las ruedas reventó al amanecer. Media centuria nos hemos llenado de barro intentado cambiar la rueda hasta que me he dado cuenta de que era mejor dejarla. Si Varo la quiere que venga él aquí a cogerla. Reventamos la otra rueda. Si no podíamos llevarla nosotros nadie la movería. Barro, hojas y frío. Lo mejor que te puede dar Germania nos lo regala en este maldito bosque. Además, parece el lugar donde vive Boréas. El viento frío es insoportable.

Lo que nos da más dentera es el silencio. Por mucho que sople el viento en este maldito bosque, hay un silencio inquietante. Desde que hoy nos pusimos en pie no hemos oído ningún ruido típico del bosque. Ni un pájaro cantando, ni un lobo aullando, nada. Todos tenemos los nervios a flor de piel. Algo va a suceder, pronto. El bosque lo sabe, nosotros también.

Por eso, he ordenado que abandonásemos la ballista. La legión se está alargando mucho. Al llegar al bosque podíamos ver perfectamente a nuestra águila; incluso de la dos siguientes se podían ver sus destellos. Ahora mismo no somos capaces de ver a dos cohortes más allá de nuestra propia de la legión.

A lo lejos, en dónde debe estar la cabeza de todas las legiones suena un cuerno de caza. No. De caza no. Los cuernos de caza germanos no suenan así. ¡¡Es un cuerno de guerra!! El resto de los cuernos, a lo largo de toda la columna, resuenan sin parar.

– ¡¡En cuadro!! -grito. Está claro. Nos hemos metido en el fango. En una emboscada. Gracias Varo. – ¡¡A las armas!!¡¡Dejad las mochilas y prepararos para luchar!!

El legionario que está a mi lado no tiene tiempo para más. Cuatro flechas enemigas lo abaten, todas en su pecho. Entonces mi centuria se empieza a colocar en cuadrado. Veo que mi optio grita para que la parte de atrás lo haga más rápido. Intentó ver a la siguiente centuria para podernos juntar. No la veo. Estamos solos. Miró a mi optio.

– Chaval, un segundo cuadrado dentro de este, te encargas tú.

El doble cuadrado lo hacemos justo antes de que salgan salvajes por todos lados. Me encuentro en el centro de unos de los laterales del cuadrado exterior. No llegaremos a juntarnos con la centuria, pero veo la ballista que acabamos de abandonar y se me ocurre una idea.

-¡¡A la ballista!!

Gritó a pleno pulmón. El optio me imita con el grito; todos arrastramos los pies hacia allí. No está demasiado lejos de donde nos encontramos, pero hay un problema. Un gran problema llamado germamos buscando sangre. Sólo nos queda protegernos con los grandes escudos de las enormes hachas y espadas mientras pinchamos con nuestros gladios. Poco a poco, a veces a patadas, otras veces empujando los cadáveres de los germanos, conseguimos situarnos encima de la ballista.

– Segunda fila, ¡¡Adelante!!

Como hemos hecho siempre, la fuerzas que dirijo nos protegemos con los enormes escudos mientras que las fuerzas del optio dan un paso adelante. Nos situamos detrás de ellos; la segunda fila empieza a luchar.

Desde la altura que nos permite la catapulta somos capaces de mantener a distancia a los germanos. Sobre todo, a las largas espadas y hachas. Los germanos aprovechan cualquier descuido para meter sus hachas entre los escudos. Luego tiran al legionario en cuestión y lo matan. Aguantamos como podemos con cambios cada cinco minutos. Nuestro doble cuadrado cada vez es más pequeño, pero aguantamos hasta la noche.  El resonar de unos cuernos en la lejanía obligan a los germanos a retirarse.

Es el momento de preguntarse lo esencial:

-Por las barbas de Plutón, ¿En qué mierda nos ha metido Varo? -pregunta el optio. A mi orden queda la mitad de la centuria, cuarenta hombres. Curenta jóvenes soldados han dejado la vida durante el día.

-Esa no es la pregunta. ¿Cómo diablos salimos de aquí? -dice otro legionario Todos me miran a mí. Soy el centurión, están a mi cargo. Mi cerebro empieza a pensar cualquier idea y hablo en voz alta.

-Lo ideal sería agruparnos con la legión. Vi a la quinta centuria un poco más adelante. Quiero que cojáis todos los pilumm tanto ligeros como pesados, que podáis. No podemos permitirnos hacer nada por nuestros muertos ahora mismo. Dejadlos como están. Primero los vivos y luego los muertos. Recoged vuestras mochilas. Tenemos prisa.

Comienzan a seguir mis órdenes. Yo mismo el primero. Conozco a todos los caídos. Los he entrenado, los he soportado, he ido de juerga con ellos. Tengo que escribir muchas cartas a las familias por su lucha. Si es posible que salgamos de este bosque. Esa es la pregunta que nos hacemos todos. ¿Cómo podemos sobrevivir por el bosque lleno de germanos que nos quieren matar y llegar a alguno de nuestros puestos avanzados? Si nos encontramos con nuestra legión, puede que tengamos alguna oportunidad.

Referencias históricas:

Centurión: Mando intermedio dentro de la legión romana que mantenía a sus órdenes a ochenta legionarios.

Pilums: Arma arrojadiza usada por los legionarios romanos. Una especie de jabalina que se lanzaba antes del combate para hacer daño e inutilizar los escudos enemigos.

Ballista: Máquina de guerra que utilizaban y transportaban las legiones romanas para las batallas a campo abierto y para los asedios. Lanzaban grandes dardos que dañaban a multitud de enemigos.

Agusto: Julio César Octaviano Augusto, primer emperador de Roma. Julio César le eligió su heredero por testamento. Ganó la Tercera Guerra Civil frente a Marco Antonio.

Traición 15: El Final

TRAICIÓN 15: La gran batalla.

Después de separarse de la familia real, tanto el rastreador como la general se dirigen hacia dónde empezó todo: la gran comunidad del rezo del Gran Sol. Si hay alguien que pudiera quedar fiel a la monarquía, son esas personas. Si es que alguna de ellas sigue viva.

De la gran casa, donde cayó el rastreador, solo quedan cenizas. La quemaron todo lo que pudieron. El hombre empezó a hacer su trabajo. Rastrear. Hace mucho tiempo que pasaron por allí. Un buen rastreador debe tener, a parte de capacidad de observación, intuición y táctica. Aunque tardó, lo encontró. Por fin encontró el rastro y lo siguieron. Se alejaba hacia las montañas. Hacia la posibilidad que dan las montañas.

Siguieron la pista durante dos días, hasta que llegaron a un bosque en las faldas de la montaña. Cuando se quieren dar cuentan están rodeados. Rodeados por los pocos soldados que quedan del rezo. Los miraron y sonrieron. Al poco rato se encuentran junto a una gran hoguera. El fuego está dorando un jabalí. Siguen hablando de lo que ha pasado en el tiempo que han estado separados hasta que llegan al punto que querían tratar.

– La familia real se ha escapado de los mercenarios. Necesitan nuestra ayuda. – propone la general.

– Nosotros ya hemos pasado la edad de ayudar. De luchar. – responde el líder de los supervivientes.

– Lo sabemos, nosotros también, y aún así hemos luchado. El problema no es luchar, sino cuándo luchamos. Si los mercenarios vencen, y sin nosotros, vencerán, vendrán a por nosotros. Y moriremos. En cambio, todos juntos tenemos una posibilidad de vencer.

– General, sabe que con usted iría al infierno, pero tenemos que pensarlo.

– Por supuesto, aquí estaremos. Primero, cenemos, el jabalí ya está listo.

Después de cenar, se acuestan. Hace buen tiempo y no necesitan una tienda.

Los primeros rayos de Sol les despiertan. Todos los miembros que quedan se reúnen otra vez con el rastreador y la general.

– No puedo hablar en nombre de los demás, pero os seguiré dice…..?

El resto de los supervivientes asienten con al cabeza. Todos les seguirán.

Siguiente paso, moverse rápido hacia el oeste. Los miembros de la secta habían rescatado a los caballos, por tanto, pueden hacerlo.

Al llegar al camino real, el rastreador ordena el alto.

– Los mercenarios han salido. Se dirigen al oeste. Han pensado igual que la familia real. Tienen dos días de ventaja.

– Mi primer plan no es viable. No podremos unirnos antes de que empiece la batalla, pero si podemos movernos desde detrás. Guíanos. – ordena la general.

Después de tres días casi sin bajarse del caballo y comiendo de las reservas que llevaban consigo pueden ver el campamento de los mercenarios.

– No hay mucha gente. Quiere decir que ya ha empezado la batalla.

La general sonríe.

– Perfecto, hemos llegado junto a tiempo. Todos fuera del caballo ahora mismo. Rastreador, quiero que nos metas en ese campamento.

– ¿A todos?

– A todos. Tenemos que incendiarlo por los cuatro costados. Son mercenarios. Cuando vean que su campamento está destruido creerán que una gran fuerza vendrá a por ellos y huirán.

– ¿Y si no huyen?

– Les atacaremos por la espalda.

Todos asienten. Les gusta el plan. Dejan los caballos en lateral del camino lleno de árboles. Ellos se ensucian lo máximo posible para no destacar entre las hierbas tal y como estaba haciendo el rastreador.

Elige el lado más cercano a dónde se encuentran. Los dos vigías que controlan ese lado mueren rápidamente de la mano del rastreador. Aunque el número no llega a más de treinta soldados, son suficientes para desplegarse por todos lados y empezar a provocar incendios. Los pocos soldados que salen a detenerles son asesinados. Salen por la puerta contraria a la que entraron con todo el campamento en llamas.

Media hora después llega corriendo la caballería real. El capitán es antiguo amigo de la general.

– La habéis liado buena. Casi todos los mercenarios salieron huyendo y los pocos que se quedaron han sido aplastados por nuestra infantería. Ahora nos iremos a cazar mercenarios. Gracias. Este es el final.

Traición 14: El Pasillo

Traición 14: El Pasillo

Lo más fácil es entrar. Eso es lo que estaba más claro en todo el plan. Si no sabes que existe algo, no te defiendes de ellos. Por eso, es tan importante que ese pasadizo sea secreto.

Según entramos los tres en el pasadizo nos damos cuenta de que hace mucho tiempo que no ha pasado nadie por allí. La cantidad de telarañas que estamos pasando se nota en el cuerpo y eso que no llevamos ninguna luz por si acaso.

La primera parte del plan funciona a la perfección. Ningún grito que relate que nos han encontrado, ninguna luz sospechosa. Llegamos a la habitación dónde está retenida la familia real. Habitación por decirlo de alguna manera porque con ese espacio la población normal tiene para tres casas, incluso cuatro.

La reina sonríe al ver a su Capitana. El rey nos mira con detenimiento a nosotros dos.

– Majestades, es un buen momento para irnos.

Los dos entienden que no hay que hablar mucho y nos siguen rápidamente. Más difícil son dos hijos. No quieren pasar por un sitio tan oscuro. Con ocho y diez primaveras todavía tienen miedo a la oscuridad. Mientras no griten todo irá bien. Por lo menos, están aceptando disfrazarse mientras preparamos todo para seguir con el plan.

– Vamos mis príncipes. Ya sabéis que como Capitana de la Guardia de la Reina tengo obligación de protegeros. Además, me he traído refuerzos. A mi hermano, el mejor rastreador que hemos tenido, y a su general.

Después de esas palabras de mi hermana, junto a promesas de sus Majestades, conseguimos atarles una cuerda para que no se pierdan por el pasillo oscuro. Entra primero mi hermana, después el Rey, tras él la Reina, sus hijos, mi general y por último entro yo cerrando la puerta del pasadizo.

Caminamos más despacio que a la ida por lo que estamos tardando más de lo normal.Peor de lo previsto.

Al salir del pasillo quieren descansar, pero no se lo permitimos. Todo el minuto que no usemos para poner distancia entre los mercenarios y nosotros será perjudicial. Será un minuto que tendrá para estar más cerca de encontrarnos en la fuga.

Seguimos el camino planificado por mi hermana, encontrándonos con el carro. El mismo carro que usamos mi general y yo para entrar. Todos suben mientras que la general se pone A mi lado en el pescante.

La misma guardia que nos dejó entrar está de guardia en el momento de salir. Me mira y cuando se da cuenta de quien soy me saluda con la mano.

– ¿Fue buen venta? – me pregunta mientras me deja pasar por delante de otros carros que su compañero inspecciona – Tu tío todavía no ha salido. ¿No os vais juntos?

– Muy buena, sí señor. Tan buena que mi tío me ha permitido probar mis propias habilidades solo.

– Me parece bien. Buena suerte y hasta la próxima.

– Hasta la próxima.

Después de salir de la capital, falta lo más importante. Saber quiénes serán todavía leales a sus Majestades. Al norte están las tierras de la familia de la Reina.

 

Traición 13: Torre

Traición 13: Torre

Traición 13: Torre.

Se sientan en la mesa de cuatro en el salón situado al lado de la cocina. La hermana sirve la comida que ha preparado rápidamente y a continuación se pone a hablar:

– Después del ataque fallido en el bosque, los mercenarios se dieron cuentan que podían perder el poder que tenían hasta entonces. Seguramente fuera el plan B en caso de que no funcionará el ataque. Se movieron rápido, muy rápido. De la noche a la mañana, literalmente, cuando estábamos preparando como decírselo al rey, nos encontramos con que nos dejaban sin poder hacer nada. El Rey desapareció para el desayuno; en cambio estaba el consejo de los mercenarios que se limitaron a dejarnos inconscientes a la Guardia de la Reina – hace un alto para beber un poco de agua y continuar – Cuando me desperté, estábamos todos a las afueras del castillo con las alabardas apuntados. Decidimos irnos a casa a esperaros.

-¿Sabemos dónde tienen a la familia real? – pregunta la general mientras termina su pata de conejo.

– Eso sí lo hemos podido averiguar. Están en la torre de homenaje con su propia guardia de los mercenarios para que no se intente nada. Lo que no saben es que me conozco varios caminos ocultos para entrar y salir de ese Torre de Homenaje. El problema es que se enterarán de que nos hemos ido.

– A no ser que lo hagamos en el período más largo sin vigilancia. – dice el rastreador después de beber agua. Se limpia la boca del tomate del conejo con el brazo. Mira a su hermana justo después.

– ¿Durante la noche hermano?

– No, seguramente entren varias veces para evitar huidas. Mejor entre la comida y la cena. Al haber tanta luz no crearán que puedan huir y se relajarán. Ese debe ser nuestro momento.

– Si seguimos las comidas que había en el castillo, al mediodía entra la comida principal y en el anochecer se sirve la cena.

– Es el tiempo perfecto, nos dará tiempo para poder huir. Solo necesitamos una cosa más. ¿Cómo huimos? – pregunta el rastreador.

La general sonríe mientras contesta:

– Para eso tengo yo una idea.

Una gran parte de lo que quedaba de día se ocuparon de reunir al resto de la Guardia de la Reina que se encargaron de preparar todo lo necesario para poder salir de la ciudad inmediatamente después de huir. Finalmente se encargaron de preparar las antorchas para recorrer los pasillos ocultos sin iluminación. Ya estaba entrada la noche cuando por fin pudieron irse a dormir para el día siguiente. Cuando llegaría el momento del rescate.

Traición 12: La capital ha cambiado.

Traición 12: La capital ha cambiado.

La capital ha cambiado durante su viaje. Los mercenarios han tomado todos los edificios importantes nombrándose guardianes de la ciudad. La familia real ha dejado de pasear por la ella. Hay toque de queda al anochecer.

Todo ello implica que ya no podrían entrar tan fácilmente; por tanto, tienen que improvisar. Si no puedes entrar por la puerta, se entra por la muralla.

Al mediodía, cuando el Sol está en su punto álgido, se quedan mirando la muralla.

– Son fácilmente seis metros de altura, general.

– Yo considero que son seis metros y medio. Y le he visto hacer ascensiones más difíciles.

– Eso no lo niego, pero, general, acaba de recuperarse de las heridas.

– Yo también puedo, pongámonos manos a la obra.

Cuando más Sol hace menos se fijan en las propias murallas por lo que al mediodía, en mitad del cambio de guardia y con la comida, se puede entrar perfectamente. Siempre y cuando subir seis metros de muralla de piedra se considere una tarea fácil de lograr.

Casi sin puntos que poder utilizar para apoyarse, pero con la habilidad adquirida por los años, los dos alcanzan su meta en menos de treinta minutos.

Al llegar a lo alto, buscan con la mirada a las patrullas. Están cambiando el turno sin fijarse demasiado en la muralla. Las escaleras para descender se encuentran más cerca de ellos que de las patrullas. Se han alejado para compartir la comida. Descienden sin que nadie se de cuenta de que han llegado.

De lo primero que se quieren informar es de lo que le ha pasado a la familia real; sobre todo, el rastreador quiere saber cómo se encuentra su hermana.

Se dirigen con movimientos calculados hacia la casa de la hermana, la capitana de la Guardia de la Reina. Tras quince minutos llegan a la puerta de principal. Parece vacía pero su hermano conoce otro acceso, una segunda entrada familiar:

La casa del rastreador está situada en un lugar estratégico; hace esquina entre una calle secundaria, con veinte casas, y una callejuela de tres casas. La puerta de entrada está cerca de la calle más cercana a la calle principal de la ciudad, la que lleva desde la puerta de la muralla al castillo. La entrada secundaria se encuentra en la callejuela, es una ventana del sótano que se puede abrir hacia dentro con la llave adecuada. De uno en uno entran y cierra la ventana con llave.

Suben las escaleras sin casi hacer ruido. En la cocina se encuentran a su hermana. Los había oído llegar y les espera sentada partiendo un salchichón.

– ¿Tenéis hambre? Mientras coméis os cuento que ha pasado mientras no estabáis.

Cartagena de Indias

CARTAGENA DE INDIAS

Año mil setecientos cuarenta y uno de nuestro Señor. El calor persiste sin esperanza de lluvia. Un mes há que estamos bajo los cañones de los malditos ingleses. Defendemos como podemos Cartagena de Indias, aunque, a estas alturas, poco queda en pie.

Después del saqueo de Portobelo sabíamos que podíamos ser los siguientes. Los piratas nunca se sacian, por lo tanto, querrán cualquier posición de la Corona Española. Los españoles no les daremos esa satisfacción. Cartagena de Indias no caerá, aunque tengamos que dejarnos toda la sangre que tenemos defendiéndola.

Todo comenzó el trece de marzo cuando avistamos las velas del inglés. Los barcos cubrían el horizonte. Los esperados y deseados refuerzos no llegarán por mucho que les esperemos. Don Blas de Lezo, almirante destinado en Cartagena de India y experto en ganar partidas a los infieles se prestó para la defensa.

Al principio de todo, las fortalezas costeras sufrieron los malditos cañones. Poco quedan de ellos y de los valientes hermanos que intentaron aguantar a Vernon. Sé que le valieron la gran cantidad de velas que traían. Para que no entraran como Pedro por su casa, hundimos nuestros barcos en los dos accesos, Bocagrande y Bocachica. Más aun así los ingleses han conseguido pasar. Entonces, nos refugiamos en San Felipe que es arena de otro costal para el inglés.

La fortaleza de San Felipe de Barajas no consiguen tomarla. Los cañones no nos afectan tanto como en las otras fortalezas. Nosotros lo sabemos y ellos también. Después de un mes de que la primera vela inglesa apareciera por el horizonte seguimos aguantando. Cada vez se les ve más impacientes. Seguro que intentarán algo pronto.

Estamos esperando con guardias dobles en toda la fortaleza mientras siguen sonando los cañones. Al final, te acostumbras. Si durante un mes no te han dado, se convierten en sonido de fondo. Simplemente vigilas las esquirlas y los trozos que salen volando por todos lados para no quedar como el almirante Lezo. Le falta un ojo, un brazo y una pierna, atrás dejadas al servicio de la Corona, pago justo por un poco más de gloria. Cualquier otro se hubiera retirado para vivir tranquilamente en la Península, pero él no. La marina es su vida. En el Mediohombre, como le llamamos, no corre sangre en su cuerpo, sino agua salada. Necesita tanto el mar como la marina española le necesita a él.

Cuando parecía que todo se iba a convertir en mera monotonía, los perros ingleses salen del bosque por nuestra retaguardia. Eran muchos, como si hubieran desembarcado varios barcos a la vez. El bosque que teníamos en esa zona no nos ha permitido ver el desembarco. Los gritos del almirante Lezo se oyeron hasta en sus mismos barcos mientras nos organiza con tranquilidad. No necesitamos mucho para estar preparados. Las órdenes son sencillas: los que no estábamos de guardia en las almenaras que fuéramos a mantener la puerta, pero sin armas de fuego. Espadas y dagas. Cualquiera que se ha enfrentado a nuestra infantería, temerá al acero español. Nombra los viejos Tercios en Flandes y verás cómo los rebeldes se esconden.

Es el momento que los ingleses descubren nuestra pequeña sorpresa. Nos hemos pasado bastantes días cavando al lado de nuestros muros. De hecho, todavía tengo tierra en casi todo el cuerpo. Estaba intentando quitarla de las uñas, que molesta bastante, antes de que llegaran. Sus escalas no han servido para nada, se han quedado cortos al hacerlas. Nuestros mosquetes han abierto sus bocas escupiendo fuego con gran acierto. Muchos ingleses están descubriendo la buena puntería de los españoles. Aunque los arqueros indios no se andan a la zaga. Cada bala o cada flecha que salía de nuestra fortaleza tenía recepción en un cuerpo de los asaltantes.

Por tanto, solo queda el camino diseñado por el Mediohombre. Nuestras espadas y nuestras dagas. Basta con mirar la cara de estos desdichados que nacieron donde no debieron, lo sabes. No están preparados para esta lucha. Nosotros solo sabemos hacer una cosa. Pinchar, cortar, fintar y siguiente inglés. Mi espada entra en su entraña, dos tercios de acero y otro inquilino para el diablo. Los muertos se acumulan mientras que los piratas lo entienden. Por aquí no van a entrar.

La retirada comienza a entrar en su mente hasta que dejan de oír los gritos de sus altos mandos y empieza a correr en dirección contraria. El buen acero español cumple su labor.

Justo es el momento que espera el teniente para que el resto calaran sus bayonetas e hiciéramos una carga todos juntos. Cuando salimos de la fortaleza solo vemos la espalda de los invasores retirándose. Hasta que no empezamos a matarlos a los primeros no se dieron cuenta. Como se nota que nacieron en una isla y no en la Península. En vez de darse la vuelta y luchar hasta el final, siguen corriendo.

Después de todos los bombardeos, de las fortalezas abandonadas, de los compañeros muertos no necesitamos ni un grito para saber lo que hacer. Matar a todos soldados bajo la bandera británica que viéramos. El temple español vengaría cualquier afrenta inglesa. Con bayoneta o con nuestras simples espadas, muchos piratas mordieron el polvo.

Tras horas y horas, ya cansados, los ingleses pudieron correr más rápido que nosotros. Es entonces cuando nos retiramos a la fortaleza dejando un largo rastro de ingleses muertos bajo el acero español. En la misma vemos que nuestros compañeros de sufrimiento, los arqueros indios, se habían mantenido al margen por si necesitábamos de su ayuda. Dentro de la fortaleza montando guardia con sus arcos preparados. Hay que reconocerlo el Mediohombre está en todo.

Esos hombres luchan con verdaderos hermanos de sangre. Nosotros tenemos nuestros mosquetes y algún que otro viejo doce apóstoles. Ellos con sus arcos y flechas han metido en vereda a los piratas. Han nacido en la otra punta del mundo, aunque si me dijeran que son de nuestra amada Península también me lo creería. Por eso cuando vimos a Vernon no nos fuimos de Cartagena de Indias, ningún español deja atrás a sus hermanos sin luchar.

La vuelta a la fortaleza fue con tranquilidad, mirando nuestra espalda por si los ingleses intentan algo y con algo que habíamos olvidado. Sonrisas. Les hemos dado una lección que los ingleses tardaran mucho en curar.

Después de reunirnos dentro de la fortaleza esperamos. Y esperamos. Y esperamos. Los ingleses no volvieron. Ni volverán. Uno de los “renegados” que mandó Lezo vuelve con información. Los ingleses se han ido.

El segundo de los “renegados” llega con una sonrisa más grande que el primero. Vernon, dirigente de los piratas, ha tenido que hundir una gran parte de sus barcos por falta de marineros antes de levar anclas.

– ¡¡Maldito seas, Lezo!! – se le ha oído gritar mientras se iba de Cartagena de Indias.

Las risas de toda la fortaleza han quedado pequeñas comparadas con las de Mediohombre mientras lo contaba con una frase más.

– Toda la flota con la que vinieron y, ahora mismo, les quedará para hacer de cabornera. Si es que todavía les quedan ganas de seguir navegando.

Cartagena de Indias seguirá siendo española. Tendrá que reclutar a más gente para conquistarla si es que después de esto, hay algún inglés con ganas de venir a vernos. Nuestro acero ha probado la sangre pirata, y quiere conocer a más.

Traición 11: La batalla pasada

Traición 11: La batalla pasada.

Tras una semana y media de trayecto de los cuales dos días caminando entre las montañas llegan al río que hace de frontera entre los dos países y se acerca el final del trayecto.

– Este es nuestro final del camino juntos. A partir de ahora continuarás solo con el dinero que te han pagado. Yo que tú no volvería; solo encontrarías la muerte – le dice la general mientras que le dejaban, a parte del caballo que monta, una burra con las alforjas cargadas.

– ¿Para qué voy a volver? No tengo nada que hacer allí. Aunque anunciará todo lo que sé ante mis altos mandos me salvarán la vida. Al revés, huir todo lo que pueda de esto. Recogeré a mi familia del pueblo y huiremos por el mar. Con el dinero compraré una vida nueva para todos lejos de las luchas – dicho esto todos obligan al caballo y a la burra a seguir adelante en el río. Los animales se muestran recelosos del agua, pese a que en ese momento el río está muy tranquilo.

Los otros dos se dan la vuelta; les queda otra semana y media para volver. En tres semanas no se puede saber que podría haber montado a su vuelta así que tendrán que confiar en la palabra de que no va a volver.

– Mientras volvemos, general, me podías explicar que pasó después de que cayera en la lucha.

– ¿Qué había pasado?

– Cuando salían corriendo por detrás, reuní a una pequeña fuerza y cargamos directamente contra la puerta principal. Creo que aguantamos unos quince minutos hasta que fuimos rebasados. Nos mataron a todos mientras que a mí me tiraron al río.

Después de esos veinte minutos que nos disteis, pudimos ponernos cota de mallas y escudos. Mientras que una primera línea con los escudos y las espadas mantenían una defensa férrea las acometidas, los de detrás lanzábamos flechas para ocuparlos. Eran demasiados, demasiados y, aún así, aguantamos más de dos horas y media antes de que pudieran sobrepasarnos. Luego estuvieron más de media hora para cogernos vivos a los que quedábamos, pero vendimos cara nuestra piel.

– General, ¿cree que habrá más de los nuestros?

– Esa es una de las cosas que vamos a comprobar cuando volvamos a la capital. Si queda alguno de los nuestros lo liberaremos.

Traición 10: El interrogatorio

Traición 10: El interrogatorio.

Después del intento de emboscada, en el claro del bosque sólo quedan tres de los asaltantes con vida. Están totalmente sujetos tanto por las cuerdas que atan sus muñecas como por las espadas que les apuntan.

Mientras su guardia los mantiene presos, la reina se acerca para interrogarlos:

– Tengo entendido que no queríais que acabara así. La pena por un intento de asesinato real es la horca.

– No diremos nada – dice uno de los presos. Mantiene la cabeza alta, orgullosa; no tiene ninguna herida visible. El otro se ve que sufre por la herida que tiene en el estómago, provocada por una flecha.

– Cogedle y sacadlo del claro.

– ¡Moriré sin decir nada! – grita mientras le obligan a irse a pie por la hierba.

La reina espera hasta que desaparece de la vista y no puede oír lo que le dice al otro.

– Si no se te hacen las curas morirás aquí mismo. Tú lo sabes y tu compañero también. Tengo una oferta que no podrás rechazar. Me dices quién te envía y qué quiere y a ojos de todos has muerto por la herida.

– ¿Me va a matar después de todo?

– No. Te ofrezco seguir con vida si me cuentas todo. Para el resto del mundo has muerto, pero podrás huir siempre que no vuelvas.

– El ejército mercenario planeó este ataque. Si matábamos a la reina como si fuéramos seguidores del Gran Sol, el rey nos dejaría sueltos y tendríamos plenos poderes. Queremos gobernar el reino.

La reina le mira fijamente y se vuelve tranquilamente ante las dos personas que la habían avisado de la emboscada. Los dos asintieron con la cabeza.

– Nosotros nos encargaremos de sacarlo del reino. Le esconderemos, protegeremos y les ayudaremos a pasar la frontera.

– Entonces todo de acuerdo, solo falta que el rey se enteré de esto.

– Majestad, perdone que la interrumpa yo recomiendo que el rey no sepa nada. – interrumpe la capitana de su guardia -Ahora mismo estamos fuera de cualquier ayuda de nuestro ejército. Los mercenarios tendrán más gente que nosotros y pueden lanzarse al ataque. Hemos sufrido una emboscada, pero la hemos rechazado sin tener ningún rehén. Han muerto todos. Cuando mi hermano y su amiga vuelvan de la frontera planearemos el siguiente golpe.

– Entonces ¿yo voy a morir o no? – pregunta preocupado el mercenario.