La Batalla de Alia

A lo largo del río Alia, el día dieciocho del mes de julio del año trescientos sesenta de la creación de Roma*1, nos desplegamos las seis legiones de ciudadanos para defender Roma. Más de cuarenta mil soldados, todos los romanos que podemos empuñar un arma estamos preparados para combatir a los bárbaros galos. La tribu de Brenno, los senones, quieren venganza tras el enfrentamiento entre un líder galo y Quinto Fabio que acabó en la muerte del primero.

En primer lugar, están los ciudadanos con menor armadura, nuestra infantería ligera, ciudadanos que no se pueden pagar o no tienen, como es mi caso, una armadura completa. Detrás de la infantería ligera nos encontramos los que tenemos escudo, espada, dos pilums*2, coraza completa y un casco, somos la infantería pesada. Los galos cruzan el río para enfrentarse con nosotros. Agarramos fuertemente los escudos y empezamos a liberar los pilums de sus guardas para poder lanzarlas.

Los galos no necesitan mucho tiempo, ni ninguna estrategia avanzada. Una vez que han cruzado todos, cargan como demonios de Plutón hacia nuestra infantería ligera que no aguantan el choque y salen huyendo. Nosotros, la infantería pesada, cargamos lanzado nuestros dos pilums ocasionando bajas para evitar el colapso total del ejército y pudiendo parar algo el empuje de los galos. El problema es que toda la infantería ligera entra en pánico y nos deja los flancos descubiertos. Los centuriones nos gritan que aguantemos, ya no para ganar la batalla, para dar tiempo a la mayoría de los soldados a que lleguen a Roma y defenderla. En estos momentos sí que luchamos por Roma, para no sea conquistada. Y toda la infantería pesada dejamos hasta la última gota de nuestra sangre para que Roma tenga defensa.

*118 de julio de 390 antes de Cristo, pero historiografía moderna estima que la fecha más plausible sería el año 387 antes de Cristo.

*2Jabalinas usadas por los soldados romanos de origen etrusco.

De un lugar caliente

De un lugar caliente

Después de una semana en el mejor lugar en el que he estado, me echan. No puede ser. Es muy duro dejar un sitio tan cómodo, tan caliente. Yo no había hecho nada. Había aceptado a todo lo que me echaban.

Me arrastran hasta la temible caja de acero. Me encierra dentro y de repente se mueve. Nunca había sentido esa sensación tan rara; es como si me desplazara hacia abajo, pero sin que se moviera nada. Él me seguía sujetando fuertemente… En cuanto tuviera oportunidad me libreraría hacia la independencia.

Abre otra vez la caja de metal. Ahora me arrastra por un suelo diferente y mucho más frío que el anterior. Pulsa algo de la pared y abre una puerta más grande que la anterior: es completamente negra, con barrotes, fea.

Escalera. La baja mientras me arrastra. Me hago daño con cada escalón.

Y de repente sucede…  Se despista.

Miró a la libertad a la cara, saboreo la independencia. Me empiezo a mover para bajar el último escalón cuando oigo una voz:

-Psst, ¿qué haces tío?

Otra compañera también abandona en el penúltimo escalón.

-Libertad, compañera, libertad. Volveré al sitio caliente y cómodo del que me acaban de echar.

-Así no lo vas a conseguir. Si te vas, pasarás frío. La única forma es dejar que nos tiré. Y volveremos.

– ¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo puedes estar segura de que mi método no funcionará?

-Porque yo ya he sido una bolsa reciclada. Fui libre, pero todo fue a peor. Sólo frío y mucho viento; pisotones y desgarros Alguien me recogió y me tiró. Me reciclaron. Volví.

Nos levantan del escalón. Ya no había escapatoria. Mi compañera me desea:

-Recíclate volveremos más fuertes.

Ladridos

Ladridos

Me despierto un día nuevo estirando todos los músculos del cuerpo. Por lo menos esta noche no ha habido nada preocupante que me sobresaltara. Estoy hambriento, queda comida de ayer por la noche, algo es algo.

Rodeo toda la casa buscando algo que hacer, algún olor interesante que seguir. Nada. Al final, vuelvo a las escaleras en dónde he dormido todos los días para tumbarme esperando algo, cualquier cosa.

Un rato después, huelo que viene gente. Interesante. Me acerco a la reja de la casa para verlos. Están andando tranquilamente como llevan haciendo varias veces en los últimos tiempos. Ladro para saludarlos; asustando a uno de ellos, pero el más grande se acerca para saludarme. Buen hombre.

Después de que el Sol llegue a la mitad de su camino, mis dueños salen de la casa, me acercó para saludarles, pero no me hacen caso. Están muy cargados de cosas que meten en mi caseta los días de lluvia. Y se van sin mí. Me encargaré de cuidar la casa en su ausencia.

Olfateo el aire, hay más comida en el comedero. Como tranquilamente, y sin nada más que hacer me vuelvo a tumbar en las escaleras esperando a que vuelvan mis amos.

Varias personas más andando, varias comidas más, ya de noche vuelven mis amos. Me acercó, ahora sí que vamos a jugar. Se meten en casa, me dejan fuera otra vez. Otra noche cubriendo el terreno.

La batalla de Munda

La Batalla de Munda

Después de la victoria de Ulia1*, salvando la población de las huestes de los rebeldes aún nos queda la batalla que decidirá el destino de Roma, del mundo.

Por fin hemos conseguido que las tropas del Cneo Pompeyo, el hijo del gran amigo de nuestro imperator, tengan que enfrentarse a nosotros. El pequeño Pompeyo, seguramente por sugerencia de Labieno, se ha dedicado a quemar y matar toda población que no ha querido ayudarles además de hacernos correr tras ellos. Pero César les devolvió la trampa; queréis correr, corred; sabed que me situaré en un sitio por el cuál querréis pasar. Ya lo hicimos en Alesia con Vercigentorix y en Farsalia con tu padre. Esta vez nos pondremos entre vosotros y Corduba2*.

Deciden que quieren esperarnos en lo alto de la colina. Esta vez en tierras hispanas. Pero cada vez más se parece a Farsalia, en la cual derrotamos a su padre. La mejor legión, nuestra legión, la Décima Legión de Roma, nos encontramos en el lado derecho de toda la batalla.

Si entonces no nos importó cargar cuesta arriba para ganar, hoy tampoco nos importará. Pero esta vez, Julio César nos ordena esperar. Mientras los rebeldes nos insultan, nosotros esperamos. El imperator3* se pasea entre nosotros, nos da ánimos, nos llama por nuestro nombre. Esperamos. Esperamos a su carga. Que, por sus propios nervios, no tarda de llegar.

Lanzamos nuestros pilum4* mientras recibimos los suyos. Después cargamos, ellos cuesta abajo, nosotros cuesta arriba. Al fin y al cabo, somos dos ejércitos romanos, nuestras formaciones, nuestras respuestas son prácticamente idénticas. Lo único que nos diferencia son los dirigentes. Nosotros tenemos al mejor, al imperator, a Julio César. Ellos tienen a Cneo Pompeyo y, a la sombra, como toda su vida, Labieno.

Tras la carga no podemos hacer mucho más. Tenemos dos legiones completas contra nosotros. Somos la mejor legión, algo que no sea dos contra uno lo consideramos incluso un insulto. Esta vez no podemos ganar terreno y nos llegan malas noticias del otro flanco, ha tenido que intervenir Julio César en persona.

Tras evitar que el flanco izquierdo cayera, Julio César se dirige a nosotros. A su legión decisiva. Y nos pide lo que parece un imposible. Presionar más. Ganar terreno hasta el final. Nombre a nombre, batalla a batalla, anécdota tras anécdota, nos recuerda que somos algo más que legionarios de Roma, somos legionarios del glorioso Julio César. Nuestros centuriones no opinan, solo van a seguir las órdenes, nuestro trabajo. Si César quiere que el flanco izquierdo de los rebeldes decaiga por nuestros gladios, ya puede asumir que ese flanco dejará de existir.

Poco a poco, paso a paso, sangre a sangre, ganamos el terreno que quiere César. Dos legiones son poco para la Décima Legión. Y, de repente, gritos en el otro flanco. Miedo en su cara. Su flanco está perdido pero el otro ha sido destruido. Se dan la vuelta y empiezan a correr. No necesitamos ninguna orden. Es el momento de la matanza y no dejaremos ningún rebelde con vida. Julio César ha ganado, por lo que, Roma ha ganado y es el fin de la Guerra Civil. Volvemos a casa.

La batalla de Ulai1* http://www.tierradeficcion.com/relatos-sueltos/ulia/

Corduba2* Actual Córdoba

Imperator3* Denominación de las tropas al legado como gran general.

Pilum4* Jabalina que lanzaba las legiones romanas antes del enfrentamiento. Su propósito más que matar era inutilizar los escudos contrarios.

Ulia

Ulia

Tras casi doce años a las órdenes del mejor comandante de Roma. Tras derrotar en las Galias a los bárbaros, en los montes griegos de Farsalia a los propios romanos de Pompeyo, vengar al mismo Pompeyo en Egipto, pacificar Mauritania de más romanos que quieren quitar la paz…, estamos aquí, en Hispania, para acabar esta guerra.

Nuestra primera meta es rescatar a las dos legiones leales que están siendo asediadas en la ciudad de Ulia. Julio César nos llama; siempre que necesita que alguien le haga el trabajo sucio, nos llama. Somos la legión que destrozó el flanco derecho pompeyano en los montes de Farsalia. La Legión X* de Roma. De nuestras diez cohortes* llama a solo seis para una trampa de las suyas. Sin nuestras segundas pieles, como las sentimos después de tantos años llevándolas, sin nuestras cotas de mallas que se quedan en el campamento. Nosotros, los elegidos, nos subimos en las grupas de nuestros compañeros, como ya hicimos en las Galias. El objetivo es cruzar la distancia que nos separa de Ulia durante la segunda vigilia, atravesando a los asediantes. Entrar en Ulia y atacar por sorpresa para liberar a nuestros hermanos de armas. Misión difícil, sí; porque si no ¿por qué nos lo ha ordenado a la Legión X César? Si fuera sencillo no sería nuestra tarea.

Esta misma noche, los dioses quieren ayudar a los valientes, y dejan caer una leve llovizna que, sin perjudicar el movimiento rápido de caballería, no permite la rápida identificación; al fin y al cabo, es una lucha entre romanos. Gracias a esa lluvia cruzamos sin ningún problema todo el terreno cercano a la ciudad. El único obstáculo que tenemos es cerca del campamento enemigo; un antiguo centurión, más perspicaz, nos detiene para preguntarnos:

– ¿A dónde vais?

En este caso lo mejor es esperar que la diosa de la Fortuna este contigo y contestar lo más cabreado que puedas:

– ¿A dónde vamos a ir centurión? A tomar Ulia de una vez por todas.

Dicho esto, el centurión nos deja pasar. Sin más incidentes, llegamos a Ulia donde nos abre las puertas. El legado elegido por César para esta misión es Lucio Vibio Pacieco. No espera ni un solo momento para ordenarnos que nos preparemos. Nos ponemos otras cotas de mallas que tienen las legiones de Ulia y dejamos de sentirnos desnudos, nos ajustamos las grebas. Los asediantes, sorprendidos por nuestro ataque desde el interior de la ciudad con más de tres mil ochocientos legionarios con los que no contaban, salen huyendo. Esta guerra entre romanos, entre hermanos, se decidirá en una última batalla. En una batalla en tierras hispanas.

Legión X* : Décima Legión de Roma.

Cohortes: Unidad militar de los ejércitos romanos. Una legión romana estaba compuesta por diez cohortes. Cada cohorte estaba formada por seis centurias. Cada centuria tenía ochenta legionarios.

La Toma de Steenwijk

La Toma de Steenwijk

– Señor, ¿cuánto nos costará tomar Steenwijk? Los hombres quieren recuperar a toda costa las casullas, las cruces y, sobre todo, la imagen de San Juan y la imagen de la Santísima Virgen. Estamos dispuestos a lo que sea, señor.

Francisco Verdugo, nuestro capitán general, me mira calmado, como casi siempre.

– No se preocupe Teniente Coronel. Nos costará justo lo que tengo aquí- Abre la mano enseñando cuarenta táleros de oro. Mi cara de sorpresa la recibe con una sonrisa. El Capitán General de Frisia nombrado por nuestro emperador Felipe II es especialmente bueno.

Antes del mediodía; tan solo él y yo miramos desde lejos Steenwijk, en manos de los rebeldes. Anoche parte de la guarnición de dicha ciudad había profanado varias iglesias que estaban a mi mando provocando mi rabia al no haber sido precavido robando lo anteriormente mencionado. Mientras estamos reunidos, una buena señora se reúne con nosotros, sin sombrero.

– Capitán general Verdugo, la altura del foso de Steenwijk, lo puede ver en mis piernas, no llega a mis rodillas. El sombrero no lo he podido recoger. Además, he oído decir a la guarnición que dejaban las imágenes católicas para proteger el portillo y que ellos se iban a coger una buena borrachera.

– Muchas gracias buena mujer por la información. Espero que estos dineros le permitan comprar un nuevo sombrero y pague nuestros agradecimientos a usted y a su marido.

Verdugo le entrega los cuarenta táleros de oro mientras que la señora asiente y se marcha alegre. Se fija en mí y me ordena.

– Teniente Coronel Taxis, coja los hombres necesarios y tome Steenwijk en nombre de nuestro emperador. Devolvamos a la Santísima Virgen al lugar de dónde nunca debió salir.

– Sí señor, cuente conmigo.

Los hombres ya están casi preparados para poder llegar. Anochece cuando nos dirigimos a cumplir nuestras órdenes. Las últimas lluvias han anegado todos los caminos; aún así, todos los hombres van felices a cumplir sus órdenes. Saber que esas imágenes están en manos de los herejes les quitan todos los males de encima, incluso con el agua a la altura de la cintura. Solo saben que esta misma noche pueden devolver a su origen a las imágenes o morir en el intento. Solo necesitan eso para pasar por caminos embarrados y zonas anegadas en plena noche con el equipamiento de una encamisada. Sin picas, espada en mano y mosquete preparado, pero sin tener nada encendido. Ni una luz. Dios nos provee la luz necesaria con la Luna y las estrellas que juraría yo que hoy iluminan más que ninguna otra noche sabiendo de nuestra misión.

Al llegar a Steenwijk, cruzamos rápidamente el foso que lo circunda, que,  como dijo la buena mujer, no llega a más de la rodilla. Situamos las escalas, subiendo a toda velocidad. Al llegar arriba de la muralla, comprobamos que no hay ni un solo defensor. La guarnición se tomó en serio en que las sagradas imágenes guardarían la muralla y, seguramente, ellos estén borrachos perdidos. Mejor para nosotros.

Doy la orden de tomar rápidamente todas las zonas de control que habíamos estudiado antes de llegar. Steenwijk lo tomamos en la noche de 17 de noviembre del año 1582 desde el nacimiento de nuestro señor Jesús Cristo sin tener que lamentar ni una sola pérdida católica en nombre de nuestro emperador español Felipe II

Al amanecer del día siguiente pudimos realizar una procesión con nuestra banderas en todos lo alto y nuestra mejores vestimentas para que todo lo robado por los herejes fuera devuelto a sus lugares sagrados.

* Una encamisada es un golpe de mano o golpe rápido dado por la noche para objetivos concretos. Los Tercios Españoles, y, sobre todo, los españoles que luchaban en ellos se convirtieron en unos expertos en las encamisadas. El nombre se da por la camisa blanca que se ponía encima de las armaduras para ser diferenciados de los enemigos.

El Socorro de Goes

El Socorro de Goes.

Es el 20 de octubre en el año 1572 del nacimiento de nuestro Señor Jesús Cristo, siendo el sexto año de guerra entre los rebeldes y las tropas de Su Majestad el emperador Felipe II.

Estando los soldados leales a Su Majestad, nuestros hermanos, defendiendo la ciudad de Goes al mando de don Isidro Pacheco, llega a nuestro conocimiento, a nosotros, las tropas del duque de Alba, que no aguantarán. No dejaremos solos a nuestros hermanos.

Don Fernando Álvarez de Toledo llama a nuestro mando, Sancho Dávila, para que acudamos prestos al auxilio de don Isidro Pacheco. Goes es una ciudad casi completamente rodeada por el mar, prácticamente una isla. Debido a que los herejes tienen controlados los puertos y el mar que podríamos ayudar, tendremos que utilizar alguna imaginativa operación para poder socorrerlos.

En buena hora llega el capitán Plomaert, flamenco pero leal al Emperador, con un plan. Cruzar uno de los ríos a pie, aprovechando que la mar se retira, con todo lo necesario para atender a la guarnición. Nuestros señores, tanto Sancho Dávila como Cristóbal de Mondragón, lo vieron viable con tres mil de entre mis hermanos. Los valones* y alemanes nos juntamos para poder llevarlo a buen término.

Fueron repartidos entre todos panes de munición de un kilo y la pólvora para nuestros compañeros de Goes que guardamos en una bolsa. Algunos de nosotros también guardamos nuestros antiguos doce apóstoles, es decir, nuestra bandolera con los frascos de pólvora y balas para doce disparos.

Una noche de verano con bastantes luces en el cielo. Nuestro Dios nos ayuda para cruzar el río. Cuando el mar se retira, situamos la bolsa en una pica que sujetamos con los dos brazos por encima de nuestras cabezas junto a nuestros arcabuces. Todo sea para que nada se moje. Sin ninguna armadura más, nos adentramos en el río. El agua nos llega hasta el pecho. El fondo lodoso dificulta el andar; el oleaje también nos golpea llevando el agua a la altura de nuestras barbillas. El agua sigue estando  fría. Tendremos que darnos prisa, antes de que la mar vuelva o se haga de día. Cualquiera de las dos cosas es nuestro final. Tanto el de Mondragón, Dávila y un tal Francisco Verdugo se dedicaron durante la noche a animarnos para seguir adelante mientras que los leales flamencos comprueban el camino por el que ir.

Cuando los primeros rayos de Sol empiezan aparecer en el horizonte, llegamos a la otra orilla. Aunque estamos cansados sabemos que no podemos esperar, Goes nos necesita y todavía nos encontramos lejos. Don Cristóbal de Mondragón y Sancho Dávila nos ordenan como un escuadrón, los españoles en la vanguardia, alemanes y valones detrás de nosotros. Así reactivaremos nuestros cuerpos entumecidos por el paso por el río. Marchando hacia el enemigo. Arcabuces cargados, las picas están listas.

Los rebeldes no nos esperan, cuando nos ven llegar solo hacen una cosa, correr. Correr a sus barcos. No necesitamos órdenes. El sufrimiento de nuestros compañeros de Goes y los muertos cruzando el río son vengados esta misma mañana. Muchos de los rebeldes no llegan a sus barcos. El resto tienen que huir. Goes sigue siendo de Su Majestad.

*habitantes de una de las tres regiones que componen Bélgica.

El Emperador del Sol

Desde lo alto de la loma se puede observar perfectamente la cantidad de soldados que ha traído el emperador. No es que sean ni dos por cada uno de los nuestros; tendremos suerte si el balance está en diez soldados por cada uno de los nuestros. Pero, nos favorece la altura; el que no se consuela es porque no quiere.

Mil quinientos piqueros están formados como lo hacían las antiguas falanges griegas. Líneas de picas en diferentes alturas convirtiéndose en un erizo. Justo delante, quinientos arqueros, los mejores de todos. Y ya están todos los soldados. Todos los soldados profesionales que hemos podido reunir para evitar que el Paso de los Elefantes caiga en manos del emperador del Sol.

Enfrente miles y miles de soldados entregados a la causa. A llevar su religión a los sitios más recónditos del continente, incluso a nuestro pequeño reino. Llevarlo con armas, fuego y sangre.

Al mediodía se ponen en movimiento hacia nuestra posición. Los arqueros empiezan tirando hacia el cielo para que las flechas lleguen más lejos mientras, que según se acercan, no tienen que tirar en perpendicular; solo tienen que tirar al bulto. Hay tantos soldados mal equipados que cada flecha lanzada es un enemigo caído. Pero no es suficiente, no sirve ni para que les entre el miedo. Siguen avanzando, son una ola imparable.

Los arqueros se retiran corriendo entre las filas de la falange. Al llegar a la parte de atrás sigue disparando sin parar. Hemos traído flechas de sobra. La falange cierra filas, aseguran los pies, se preparan para el choque que no se hace esperar. Las primeras filas de la marabunta son pinchadas y mueren en el lugar donde se encuentran. Empezamos a caminar hacia delante, empujando las últimas filas a las primeras para expulsar el poco espacio que habían conseguido ganar de la loma.

El resto de tarde intentamos mantener el terreno de la loma; la fuerza empieza a fallar cuando queda un cuarto de día. Los arqueros han conseguido situarse por encima de nosotros y disparar más a gusto hasta que su capitán grita:

– ¡¡LOBOS!! ¡¡Lobos de poniente!! ¡¡Los refuerzos han llegado!!

— ¡¡Falange adelante!! – gritó como puedo. Como un solo cuerpo, mi falange hace caso a su general.

Recuperamos toda la loma perdida hasta situarnos en el borde. Esta vez no vuelven a presionarnos inmediatamente. Vemos porque a su espalda, en la loma dónde construyeron su campamento, aparece una gran columna de humo de la que surgen miles de soldados montados sobre lobos.

– ¡¡Falange!! ¡¡HACHAS!!

Todos soltamos nuestras picas ensangrentadas para recoger las hachas que tenemos en la espalda. Me situó en la primera fila. El lobo del general se eleva en dos patas, a la vez que el general me saluda con su propia espada. Elevó mi hacha devolviendo el saludo. Es hora de acabar esta batalla. A nuestros pies los soldados del Emperador del Sol, que ahora no tienen a dónde huir.

Informe de Batalla

INFORME DE BATALLA

Soy la comandante Nikana Enitaplap, líder del escuadrón Omega de la Nodriza Cuarta. Quiero redactar este informe para alabar y ensalzar las muertes de mis compañeros en el cuarto vuelo de reconocimiento dentro del Sistema Solar Nori 39308.

La nave principal  llamada Nodriza -una gran bola en medio del espacio que no tiene defensas- está diseñada para la vida fuera de los planetas. Su función es mantener a todos los científicos haciendo su trabajo. Por eso salimos nosotros, los escuadrones de defensa. El escuadrón Omega tenía programada su salida para el viaje entre el cuarto y quinto planeta del Sistema Solar Nori 39308.

Durante el resto de las patrullas en este Sistema Solar no ha habido ningún problema, nada sospechoso. Parecía un buen Sistema Solar para instalar una esfera de Dyson y empezar la terraformación. Salimos rodeando la Nodriza preparados para cualquier imprevisto. Estamos todos tranquilos, alguna broma entre naves, nada por el radar. Tranquilidad.

Justo cuando ya llevábamos más de la mitad de camino al quinto planeta, aparecen de la nada. Más de cuarenta aeronaves ocupan todo el espacio posible del camino trazado. El radar, en ningún solo momento, mostró nada. Empezaron los juramentos, la tensión. Pasan rápido, son los pilotos más profesionales posibles.

¡Toda aeronave que pueda volar que salga ahora mismo de Nodriza; nosotros ganaremos tiempo! Mis pilotos entienden que hay que lograrlo como sea, lo que incluye dar su propia vida. Nadie dice nada más. Nos lanzamos en dirección de todas las naves enemigas como si no hubiera nada más en este mundo. Es nuestro deber y lo cumplimos sin miedo.

Cuento como cuarenta rayos saliendo de los enemigos en dirección a la Nodriza. Son rayos sostenidos y nuestra nave principal no aguantará mucho.  Mis pilotos se lanzan como perros salvajes hacia sus objetivos. No puedo seguir. Hicieron todo lo que era necesario. Ninguna de las naves atacantes logró sobrevivir. Por nuestra parte, el escuadrón Omega fue destruido casi hasta la última nave. El escuadrón Omega, mis pilotos, dieron la vida por los demás.

Ahora me llaman heroína. Puede que lo sea, pero mis pilotos también lo son. Solo yo sobreviví, pero ellos se merecen los mismos honores o inclusos mayores que yo.

Agustina

Por toda la ciudad se escuchan las explosiones de los cañones franceses. Pocos civiles nos atrevemos a salir de las casas para ayudar tanto al ejército como a la milicia que defiende Zaragoza. En la puerta más cercana a mi casa hay un cañón propio. Aunque las explosiones me mantienen en tensión, les llevo agua para que puedan calmar su sed y algo de comer, mientras mantienen a los franceses fuera. Voy cargada con un cubo en cada mano.

Al llegar me doy cuenta de que algo falla, en la puerta no suena el cañón. Dejo los cubos en el suelo y subo corriendo las escaleras. Toda la dotación del cañón está en el suelo, muerta o herida. Me entra el pánico. ¿Quién defenderá la puerta? Empiezo a gritar para que venga algún tipo de refuerzo mientras me asomó por la muralla mirando hacia fuera. Los franceses se acercan a la carrera para tomar la Puerta. Los cabrones deben saber lo que ha pasado; se me pasa todo el pánico y empiezo a llenarme de ira. Algo me sujeta la manga. Es uno de los artilleros con toda la camisa ensangrentada.

– Toma, tenemos cargado el cañón, sabes lo que tienes que hacer. Mata a esos malditos por mí.

Me entrega la mecha del cañón. Si quieren tomar esta puerta primero deberán aguantar un cañonazo. Pongo el cañón orientado hacia los franceses que vienen corriendo, preparó la mecha y cuando los tengo en lo que yo creo que es a tiro, la quemo. Me tapo los oídos cuando se acaba la mecha y sale disparada la bala. Se estrella cerca del grupo que corría incluso hiriendo a alguno de ellos. No quieren otro porque se dan la vuelta de nuevo a sus filas.

Un grito de alegría sale de lo más hondo de mi cuerpo mientras que un cabo llega a la carrera. Los refuerzos ya están aquí.